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Rueda de reconocimiento

Quinto centenario

Lo confieso. La actualidad me causaba sopor. No podía enfrentarme, una semana más, a lo mismo y lo mismo, y después más de lo mismo. Estoy cansado de políticos que no se ponen de acuerdo, tramas de corrupción que no son las últimas que habrá en la historia, ofensas a un Dios que está muy por encima de aquello que dicen los que no le conocen. Esa es la actualidad, y me tiene harto.

Estamos en dique seco, hemos encallado, por mucho que se empeñen los periódicos y las televisiones en meter cuñas y ráfagas de temas intrascendentes, de esos que en los diarios de papel, amarillo ya, complementaban a la perfección las noticias serias y verdaderamente importantes. Ahora ya no hay nada serio, ahora todo es igual de relativo. Quiero volver, con Cernuda, a esa Arcadia, a la que debería llevarme él, porque este mundo no es el que yo conozco, no es el que quiero ver.

Volveré a la Arcadia, maestro Cernuda. Y, dado que tenemos la suerte de que compartimos gran parte del ideario, vayamos a esa Arcadia de nuestra imaginación, una Sevilla mirando al progreso cara a cara, una ciudad abierta a su futuro y no encerrada en un pasado que no le aporta mucho más. Una ciudad en la que hay mucho que mostrar pero hay que buscar fórmulas nuevas (y en ello estamos, se lo aseguro).

Hoy, la hoja de anales y conmemoraciones nos devuelve un grato recuerdo. A lo largo del día se cumplirán 25 años de la conclusión del Puente del Centenario, para todos del Quinto Centenario y, por aquel entonces, para la guasa sevillana “Puente del Paquito”. Hasta noviembre no celebraremos el cuarto de siglo de su inauguración por el ministro José Borrell, luego Josep, luego Presidente del Parlamento Europeo y ahora felizmente retirado de esa monstruosa tiranía para la vida de quien la ejerce que es la política democrática.

El puente del Paquito sirve de peine para esa Sevilla del Sur, que yo conocí bien gracias al estanco de Los Bermejales y que termina donde el Prado de San Sebastián linda con la fábrica de Tabacos. Podría ser otra república independiente como lo es Triana, como podrían serlo Pino Montano-San Jerónimo o el campo de la Feria, por aquello de territorios liminares o fronterizos. El Puente del Quinto Centenario, desafiante tras la Plaza de España, marcando la aduana de la sevillanía meridional.

Con el puente del Alamillo pienso que son los dos grandes supervivientes de aquel Rinascimento que supuso la Expo del 92. De aquella progresía, poco queda ya. Quiso brotar por las Setas y la Torre Pelli, pero la Sevilla arcana la arrancó como una mala hierba una y otra vez. Ahora, convertidas torre y parasol en bien fornidos vegetales, se antoja más complicado hacerlas desaparecer. Centenario y Alamillo, de nuevo puntas de brújula para esa ciudad que “tiene en el mapa el norte hacia la izquierda”, se han mantenido. El tiempo les ha plateado la sien, pero, como quien ve la Giralda de lejos y suspira, hacen mantener la calma. La ciudad tiene unas puertas fuertes, por las que salir a ver el mundo y por las que volver para sentirse vivo de nuevo.

– ¿Es que hoy no va nadie a la rueda, Segura?

– Sí, mujé, verás como a alguien le echamos la culpa de algo.

– Eso, eso, que no falte.

A la rueda de reconocimiento aquellos que, con afán de conservación de una esencia inalterable, promovieron alejarse de aquella idea tan grande de crecimiento y expansión. A la rueda los que, sin escuchar tales cantos de sirena varada en la Playa de María Trifulca, siguieron adelante y peinaron los cabellos de Sevilla con esos puentes atirantados que tan guapa la dejaron para siempre. Caigan los puentes como murallas de Jericó, que ya nadie olvidará aquella hermosura de la Sevilla del 92 de la que vamos, poco a poco, celebrando las bodas de plata.

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Francis Segura

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