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Rueda de reconocimiento

Noche Blanca, noche fatua

Seguramente recuerdan ustedes aquello de los ‘fuegos fatuos’, unas misteriosas luces que pueden verse por encima de animales o seres vivos en estado de putrefacción, y que asustan a más de uno. Les han buscado respuesta, origen, explicación, sin que hayan llegado a ponerse de acuerdo.

Yo también le tengo miedo a los fuegos fatuos. Llámenme cobarde, torpe, creedor… Pero me asustan. He visto ya en la vida demasiados, conociendo su desenlace y, esta vez, su auténtico origen y desarrollo, y por ello, cuando se me ponen delante, me hacen dar un paso atrás y buscar otro camino.

Esta vez voy a poner todo mi esfuerzo en no salir corriendo. Esta vez no, esta noche. Esta Noche en Blanco, que se ha puesto tanto empeño en organizar, y que cada vez acoge a más colectivos y entidades, monumentos y edificios que la hacen más grande y más dinámica, más abierta y cercana a las miradas de todos y más participativa. No quiero criticar eso, puesto que celebro toda iniciativa que, en relación con el disfrute de lo que tenemos y lo que somos, vincule a actores y espectadores en esta Sevilla tan barroca que no ha dejado de poner lo mejor de sí misma en los fuegos fatuos de efímera complacencia.

Sí, Sevilla, sigo encantado de conocerte. Sigues siendo la que, entre pólvora, flor, papel, madera y cartón piedra, es capaz de poner en pie cualquier ilusión en el menor tiempo posible. Las cartas del Rey, las noticias extranjeras… Ahora las has sustituido por Twitter y por los trinos del ave azul que lo gobierna todo…y lo desgobierna todo (pongamos que hablo de Madrid).

Esta noche, mi Sevilla querida, la de tantas caras y un mismo rostro auténtico, te vas a poner de punta en blanco para la fatua exposición que has organizado en honra tuya. Todos vamos a participar de alguna forma, todos vamos a dejar que «a oscuras y en celada, estando ya la casa sosegada» entre por las puertas de obra y de humanidad de nuestras tripas culturales, religiosas, monumentales y sociales todo el que quiera. Porque sí, porque te gusta a ti hacerlo de esa forma. Para esta noche todo. Pero luego, por falta de espectadores o falta de actores, habrá que reducir funciones o bien cerrar el garito en previsión de la escasez de clientela.

Esta noche saldrás con el tambor y el clarín diciendo «Sicut luna lucet in coelo, ita Hispalis hac nocte» (como la luna brilla en el cielo, así Sevilla brilla esta noche). Y todo serán cartelas, y folletos, y anuncios y llamadas de atención. Pero para yo no pierda la costumbre de disgustarme contigo, porque te quiero y te sueño de una vez liberada de cadenas y vicios inservibles, mañana será otro día.

Volverás a lo de siempre, a lo anclado, a lo anquilosado, y dejarás de ser esa Sevilla atrevida que me enamora en sueños como a aquellos que te conocieron en mejores épocas.

¿Qué voy a hacer contigo? Gocemos pues nuestro amor antes de que amanezcan, porque al despuntar la mañana conocerás escarchadas las flores del rosal. Y yo volveré a creer que, en verdad, podías haberte mantenido en esa lozanía que duró mientras octubre dormitaba en lo azul marino de la Noche en Blanco. Hoy me voy a dejar conquistar por ti. Como algunos dicen que tú y yo nos casamos una tarde de marzo en el Maestranza, seré buen esposo y te querré esta noche, pero (o tempora, o mores) ya el sábado volverás a ser tú, la que me guiñó el cristal de una fuente o la corriente de un río cantado y mal cantado por cualquier trovador.

Y sin embargo, cuando mese mis cabellos (y me tire de los pelos, que así nos entendemos todos) viendo tornada tu fecundidad en campos de soledad, como Rodrigo Caro cantó sobre Itálica, yo te seguiré queriendo. Y te pondré en la rueda de reconocimiento, y seguiré señalándote como la culpable de todas mis palabras y todas mis respuestas.

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