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Plaza del Altozano/Pablo Alonso en Flickr
Por fin viernes

Botecitos de colores (parte 2)

Durante un rato has perdido la noción del tiempo. Las campanas de alguna torre cercana dan las tres. Subes las escaleras para encontrarte con tus amigos. Aún no ha llegado nadie, confirmas la hora con el móvil, miras el WhatsApp:

—Lo siento, me retraso.

—Yo no llego hasta y media.

—Atasco.

Decides pedir una cerveza y esperar en el Altozano a que aparezca el primero. Tus ojos te llevan hasta María, que a un par de bares de distancia espera sentada al camarero. Te detienes en su rostro, lo observas y de nuevo te pierdes en su pasado.

«Mientras mi abuela hacía negocios con los marineros de la otra orilla, yo me quedaba fregando el suelo, enfriando bebidas y limpiando sardinas; lo que más me gustaba era lavar temprano la ropa en el río, porque casi siempre encontraba en algún bolsillo, una moneda extranjera, un papelito escrito en un idioma desconocido, chicles o caramelos. Todo lo que encontraba lo guardaba en una lata de galletas oxidada por la humedad. Mi cajita del tesoro.

La abuela se encargaba sobre todo de comprar los productos frescos y presumía de conseguir lo mejor del mercado. Después, yo vendía en la playa lo que la abuela me daba. Pasear por la arena hirviendo a cuarenta grados era demasiado para cualquiera, pero me daba la oportunidad de enterarme la primera de los acontecimientos. Esta información nos daba ventaja sobre las otras chozas de venta. Sabiendo los lugares de procedencia de los barcos, la abuela, hacia sus gestiones para poder canjear los productos preferidos por los marineros extranjeros: los americanos disfrutaban con los quesos, chorizos y salchichones; a los franceses les gustaba la manzanilla en rama y los albures en adobo; los italianos degustaban las papas con choco y otros guisos de la abuela. Yo solo tenía que averiguar la procedencia y la abuela me premiaba con roscos de azúcar que preparaba los lunes.

—Abuela, hoy ha llegado un barco de americanos y mañana se espera uno de italianos.

—Anda niña toma un rosquito que te lo has “ganao” vete a jugar y no me molestes hasta la noche y llégate donde Aurelio que te anda buscando.

Después la abuela con todo lo que le había contado, pensaba hablando en alto para no olvidar. Y listaba la jornada del día siguiente. Ella sabía con quien tenía que hablar para conseguir productos para los extranjeros y cambiarlos por cosas que aquí no se encontraban. No solo salazones, bebidas o latas de frutas exóticas, también trapicheaba con pantalones, camisetas y botines. La información que yo le daba era muy importante.

Los lunes era día de descanso. En verano nos bañábamos y jugábamos en la playa de Tablada tirándonos al agua desde un tronco doblado sobre el río que hacía las veces de trampolín.

Pero lo que prefería de todo: era escaparme con mi amigo Aurelio a ver como llegaban los barcos al puerto y observar como bajaban los marineros. Soñaba con viajar y con ser marinera. Aprender idiomas y surcar los mares verdes.

Al rato de llegar barcos al muelle, aparecían las mujeres contoneándose, coquetas y descaradas. Se perdían con los hombres entre eucaliptos, y al anochecer los espiábamos escondidos entre adelfas o plumeros. Los veíamos hacer el amor. A veces, tirábamos piedras a las parejas metidas en faena porque Aurelio decía que se quedaban enganchados como los perros. Los marineros gritandoy haciendo aspavientos corrían en nuestra dirección dando pasitos cortos, con los pantalones por las rodillas y cayendo de boca al suelo. La situación nos dotaba de un repertorio cómico de anécdotas que contábamos en secreto a los demás niños.

Pero al cumplir los trece años, la abuela me llevó a la capilla del Carmen y me hizo jurar por mi abuelo no acercarme a los barcos ni a los marineros.

Desde aquel día mis días se hacían eternos y pasaba las tardes de descanso y ratos libres leyendo alguna novela de aventuras que me prestaban en el colegio. Por la mañana muy temprano, bajaba a la orilla para poner a enfriar las sandias amarradas a un palo, ayudaba a preparar los bocadillos y bebidas frescas que se venderían más tarde.

Después, en la vieja barca del abuelo cruzábamos las dos, la abuela bajaba a hacer sus negocios y yo la esperaba lavando la ropa.

—Espérate a que vuelva. Si se acerca un hombre no le hables que te engañará con golosinas para subirte la falda.

—No abuela. —Decía yo mientras comenzaba a frotar los encargos de ropa de la mañana.

A mediodía, aparecía sonriente con la bolsa del dinero tintineante metida en las tetas. Cuando llegaba yo ya tenía la ropa limpia escurrida y a punto de plancha para regresar a casa.

Ahora, los días libres voy a la Compañía de Vapores para observar cómo “Las familias decentes que no hacen cochinadas” compran sus pasajes. Embarcan con sombrillas y cestas dirección: Sanlúcar mar; Una playa de verdad, de agua salada y verde. Les vendo bocadillos y refrescos para el camino. El sonido de las turbinas, el olor de las calderas y el trasiego de vecinos me inspiran poemas que después escribo en cartulina, los recorto y los guardo en mi cajita de galletas oxidada por la humedad.

He oído que al puerto llegó hace unos días un barco americano, en la choza no se habla de otra cosa.

—Hola Aurelito. ¿Quieres un bocadillo y un refresco?

— ¡Lárgate María que estamos hablando de cosas de chicos!

Aurelio ha dejado de contarme cosas. Ya no se junta conmigo. Y entre la abuela y yo se ha instalado un silencio espeso y palpable».

Por eso leo a todas horas. Sueño con enamorarme de un marinero que me cuente historia de otros lugares, sueño con hombres valientes que surcan los mares sin miedo y se enfrentan a pulpos gigantes. Hombres que me rescaten de este lugar de batas blancas y botecitos de colores.

«El verano de 1941, conocí al gran amor de mi vida, Bob. A finales del mes de junio, mientras lavaba la ropa en el río se me acercó un chico rubio y dorado con los ojos azules más o menos de mi estatura y me dijo algo que no entendí ni con gestos que me hacía. Pero desde ese día no pude pensar con claridad, sus ojos metieron en mí la mala suerte y el veneno del que me advertía la abuela me quemaba la sangre. Al regresar del cole me apresuraba para terminar las tareas que me mandaban en casa. Ordenar y clasificar las estanterías con los productos exóticos que la abuela escondía tras unas cortinitas ya que, el negocio prosperaba y las comidas caseras con productos de calidad daban al ventorrillo de la playa una fama internacional. Ya no lavaba ropa de marinero con tesoros en los bolsillos. Ahora blanqueaba servilletas y manteles.

En la zona de lavanderas me encontraba con él. Me proponía mantenerme distante cada mañana pero cuando Bob aparecía mi voluntad se esfumaba como una nube alejándose despacio.

Pasábamos rato mirándonos y manteniendo conversaciones paralelas e indescifrables. Me ayudaba a escurrir los manteles y cargaba la ropa de mesa camino de la choza. Nos besábamos y el resto del día parecía un sueño porque la realidad de mi vida a los trece años se condensaba en las escasas dos horas y media que estaba con Bob. Nunca estuve tan viva y a la vez tan muerta. No se lo podía contar a nadie ni siguiera a Bob que no entendía ni una palabra».

Aunque mis recuerdos ahora se ahogan en pócimas de colores, la voz de la abuela retumba constantemente en mi corazón: Los hombres tienen una varita mágica hija aléjate de ellos, te hechizan y nunca vuelves a ser la misma hasta que la varita se convierte en arpón y pasas de sirena a “pescailla” sin que te des cuenta.

«Una noche de calor insoportable salí descalza y me tumbe en la arena boca arriba. Mirando las estrellas tome una decisión. Yo ya no tenía remedio, el hechizo se hizo en mí .Al día siguiente escondidos entre los eucaliptos, hicimos el amor por primera vez, encima de una sabanita blanca que robé a la abuela. Y las historias que anhelaba de los labios de Bob, de los que no entendía ni una palabra, ya no tenían importancia. Abandonar a mi abuelita para irme con él se convirtió en mi único pensamiento. Su voz, su aliento y su piel, se fundieron con mi yo de adolescente y la guitarra del abuelo vibraba en mi interior con sus caricias».

(Continuará…)

Sobre el autor

Stella Bono

Stella Bono

Tras ejercer como psicoterapeuta durante quince años, es Master de Escritura Creativa por la Universidad de Sevilla. Leer y escribir le brindan la oportunidad de entender el mundo a través de la vida de sus personajes. Mostrar las emociones en lugar de ocultarlas es la manera de convivir en este planeta tan fragmentado

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