Martha Gelhorn
Vientos de estraperlo

La guerra tiene nombre de mujer

Una noche. Un momento. Un mes. Y, con todo, la noche no deja de ser un mero momento circunstancial roto por la luz del sol que no quiere irse. Como el alba en África que rompe y rasga sin permiso. Un momento y dos extraños, dos descalzos en el parque, que juegan a conocerse y a intentar a adivinar en qué momento jugarán cartas de ases bajo manga en ese juego de hacerse daño consciente.

La vida es en ese momento y esa noche un tatuaje que deja verse para descubrirse, como la lluvia. Como la bruma. Y con la lluvia siempre distingo ese rubor de balas que golpean contra el blanco equivocado del suelo, pues la gravedad no puede dejar de trabajar; y una caída de pestañas desata un huracán a miles de kilómetros, un efecto mariposa inexplicable por lo inevitable. Y entonces recuerda aquella historia. Aquellos días últimos de los padres que dejaban la puerta de casa abierta esperando que el hijo volviera habiendo dejado atrás el fragor de la batalla.

Papá gastaba vidas en España. Había caído enamorado de España. La de la razón y la bohemia, la de varones plenos asomados al borde del abismo que tenían por droga ese baile con la muerte. No. Papá y Orson Wells no se enamoraron de esa España de corazón helado y acero en la que empezaban a no valer banderas de libertad en las que bordar los amores más grandes de nuestra vida. España era un matadero lo suficientemente pequeño para dos egos tan grandes. Hemingway y Welles se odiaban porque no entendían que el uno necesitara del otro y al final acabaron forjando una extraña amistad basada en el encadenamiento de caracteres dispares e insoportables.

Mientras aquella extraña se va camino del tajo nocturno en ese bar de voluntades rotas y almas oxidadas, la historia de padres, hijos y mujeres queda en standby esperando que Dios decida que sean las 4 de la mañana. Era curioso que aquellos yankees creyeran a aquella reportera de la revista Collier´s. Martha Gelhorn llegó excusándose y pidiendo ver aquél barco de enfermeras que serían las primeras mujeres en pisar Normandía. Mujeres que vinieron a sanar a esa Europa que se desangraba sin remedio y con mucho coraje. Y allí se coló Gelhorn. Presa de ella misma. Presa de aquél afán de combatir las armas con la palabra. El bueno de Ernst incluso se reveló contra la decisión de su mujer de cubrir el desembarco aliado, no podía ver su terreno invadido por una mujer, por su propia mujer, y su envidia fue peor que cualquier arma. Pero allí estaba ella. La primera reportera que desembarcó en Normandía se llamaba Martha, la primera reportera en informar sobre el campo de Dachau se llamaba Gelhorn. Pero a día de hoy muchos solo la recuerdan por haber sido la mujer de un Nobel que marcó mi vida.

Lo primero que uno lee al abrir Por quien doblan las campanas es esa dedicatoria a Martha Gelhorn. Donne le regaló a Hemingway el título de un libro y las campanas dejaron de doblar desde entonces por todos nosotros para sonar silbando el nombre de Martha. Un imperio de ecos de balas que rasgan el viento. Como el viento y la esperanza reventada de Gerda Taro, aquella fotógrafa indomable que retrató la guerra de España y acabó destrozada por fuego amigo. Vidas paralelas, perpendiculares. Entre espías y juegos de poder. Entre renglones torcidos e inescrutables del Dios que fuere. Dos mujeres que dejaron la palabra guerra con un significado distinto, con una identidad rota, porque ninguna guerra se parece a otra. Porque las batallas las escriben vencederos, pero todos sabemos que estos son presos de los vencidos.

Gerda y Martha jamás miraban atrás, porque sabían el camino de vuelta a casa pero querían aprender el camino hacia la eternidad. Taro -como saben- acabó presa de las balas; Gelhorn murió rompiendo el Alba. Muchos pueden encontrar al Hemingway más auténtico e intenso en una antología de reportajes que reunió su hijo titulada Al romper el alba. En ella, encontramos a un hombre intenso preso del retrato de la belleza intermitente de la conducta humana en un lugar en el que parecen no existir los relojes ni la guerra. Pero siempre es necesario recordar que no hubo ni habrá más y mejores damas que sepan danzar y hablar con la muerte. Como lágrimas en la lluvia¡, como ceniza y agua. Y tras acabar la historia, aquellos dos extraños quedaron solos en aquél bar. Presos de aquellos tragos ahogados en el roble de la barra. En silencio. Ella quedó impresionada por ese relato de balas de carmín que podían detenerse con una mirada amarga. Le gustó aquella historia contada entre humo y a través de ojos vidriosos. Le gustó saber que Gerda era algo más que la escudera de Cappa. Le gustó saber que Gelhorn no se dejó amilanar por el temperamento de Hemingway.

Siempre es necesario recordar que todo lo que se tiene se debe a otros que murieron con las botas puestas y besaron los talones de la muerte. Siempre, siempre, siempre, mañana y todavía es obligatorio ser consciente de que la guerra es como la belleza: una caída de ojos es lo que decide todo. La vida o la muerte. Y ella cayó presa de aquella historia y vendría luego una última ofensiva como aquél frío y dolor de las Ardenas. Lo importante, al fin y al cabo, fue que Hemingway y aquellos extraños entendieron que la guerra tiene nombre de mujer.

Sobre el autor

Jaime Fernández-Mijares

Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de ‘Andaluces, Regeneraos’, proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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