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Tribuna

De la arrogancia de unos y el pesimismo de otros tras las elecciones generales

Nuestro país se encuentra sumido en un mar de sentimientos encontrados desde que se conocieron los resultados de las últimas elecciones.

El Graderío de la Catedral

"Trabajo Social", no "Voluntario"Mercedes Serrato

No es la primera vez que cierta ONG, generalmente con renombre, y hasta "prestigio", lanza una oferta supuestamente laboral, y digo supuesta porque todo respondería a una oferta de este tipo si no resultara que la remuneración se especifica como "Voluntariado", que va a terminar por ser el "Dios te lo pague" de este siglo.

Lo que nos hace humanos

AcostumbrarseEduardo Parody

A que ya no tienes edad de buscar la teta, a las comidas buenas y las no tan buenas, a que no siempre tienes razón, a que no se puede hacer todo lo que quieras sin pensar en el resto, a que el planeta lo habitan más personas que tú mismo, a que no todo el mundo está en tu contra, a crecer, a que vuelvas a tener edad de buscar la teta a [ ... ]

Marea escorada

Insuflar el miedoPaco Ramos

El final de los años 60. El comienzo de los 70. La Primavera de Praga, el Mayo del 68, la Revolución de los Claveles, Woodstock contra Vietnam, Latinoamérica levantándose contra sus regímenes. Un mundo en lucha.

Rueda de reconocimiento

Los cielos de ce...NizaFrancis Segura

Tenía que haberme puesto a escribir. Debía haber superado la crisis de los últimos días y dejar puesta en pie la Rueda con antelación, como le había prometido al director en propósito de enmienda. Me arrepiento sobremanera, porque ahora, cuando debe comenzar el día y todavía ahí fuera ese de noche, no soy capaz de eludir, sobrevolando l [ ... ]

La Sevilla Moderna

Apología del cuñadoGermán Jiménez

El concepto cuñado (brother-in-law en inglés), según el abecé de la nueva política, responde a aquel hombre de más de dieciocho años que cuenta con una habilidad natural para opinar con aplastante autoridad sobre todo.

La vuelta de tuerca

Reflexión de jornadaMaría José Santos

Cada jornada electoral en mi familia celebrábamos nuestra particular fiesta de la democracia. Nos levantábamos a eso de las 8 con nuestras papeletas ya preparadas, íbamos a desayunar al bar que estaba cercano a nuestro colegio y no más tarde de las 10 ya habíamos depositado nuestro voto. Volvíamos a casa satisfechos por el deber cumplido e  [ ... ]

El blog de la redacción

Desahucios

Miércoles, 20 Febrero 2013 10:00

Jesús Benabat

La reciente noticia de un nuevo suicidio a causa del laberíntico drama de los desahucios suscita una reflexión cada vez más necesaria acerca del reparto de responsabilidades en un fenómeno social inédito hasta ahora.

Son muchas las personas que se sienten atrapadas en una situación irrevocable que implica la pérdida de todas sus posesiones materiales y un deterioro manifiesto de su bienestar fruto de la incapacidad para hacer frente a las deudas contraídas con las entidades bancarias. La época de bonanza económica hace ya años que concluyó de forma súbita y sin previo aviso; de lo que hablamos ahora es de pura supervivencia.

Las personas afectadas por los desahucios no pueden aferrarse al magro consuelo de empezar de cero una vez han perdido todo. Por un lado, la entrega de la vivienda, del hogar, no significa que el banco se haya dado por satisfecho en la recuperación de lo que considera suyo; por otro, el exiguo (o inexistente) horizonte de oportunidades laborales en nuestro país coarta cualquier tentativa de poner las bases de un futuro medianamente digno. Y sin esperanza en el porvenir, no hay lugar para el presente.

Es decir, una parte nada desdeñable de la ciudadanía española se halla en una encrucijada vital en la que nadie parece interesado en aportar soluciones. Al menos nadie entre los mal llamados gobernantes. En las últimas semanas el descrédito generalizado sobre una clase política simplona y codiciosa ha provocado un repliegue de esta hacia una ridícula defensa de la "profesión" bajo el lema "no todos somos unos corruptos".

Y así, con esta cantinela desfilan cada día por emisoras de radios, platós de televisión y comparecencias públicas sin mayor fundamento que recordar a los hastiados ciudadanos de que aún están ahí, que a pesar de la inoperancia y la desidia con la que mancillan sus cargos, continúan cejados en su empeño de hundir el país en la más absoluta ruina y con él a sus ciudadanos, aunque este no sea su deseo pero sí la consecuencia del henchido orgullo de quien se cree superior.

Cuando transcurran unos años, el necesario ejercicio de retrospección juicioso del pasado desencadenará no pocas disculpas ceremoniosas, acusaciones veladas y un franco sentimiento de culpa por el auténtico genocidio que han tolerado durante todo este tiempo. Se determinará entonces que las cláusulas de los bancos eran abusivas, que la ley amparaba el latrocinio financiero frente a los derechos básicos de la sociedad, que la casta política no hizo nada para paralizar las muertes de aquellas personas que no pudieron más con su desesperación, que los desahucios son una de las más lacerantes vergüenzas de nuestra historia reciente.

Pero mientras tanto, el fenómeno continuará. Cada ve más personas se tirarán de sus balcones o protagonizarán macabros espectáculos públicos como un último acto de reivindicación, un desesperado intento de llamar la atención sobre el infierno que viven día tras día. Por su parte, los medios de comunicación seguirán acudiendo a la exclusiva del horror, a la lucrativa cobertura de la tragedia ignorando su abrumadora capacidad para aportar soluciones límite para quienes ya han agotado todas. Se debe proclamar alto y claro; los desahucios son un crimen contra la humanidad y aquellos que lo permiten, auténticos asesinos.

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