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El Graderío de la Catedral

El increíble y fascinante ser humano Mercedes Serrato

Los anuncios de refrescos y compañías de seguros nos han repetido hasta la saciedad que el ser humano es fascinante, una criatura maravillosa, capaz de las mejores cosas y a veces, con el añadido de que quiere pasarlo bien en todo momento.

El Mirador

MonarquíaManuel Visglerio

Ahora que se ha conocido la sentencia del caso Nóos, en la que el cuñado del rey ha sido condenado a seis años de prisión y su hermana a una multa de 265.000 euros, que no es exactamente una absolución, es cuando me he decidido a meterme en el charco de la controversia sobre la monarquía.

Marea escorada

‘El mar’ de John BanvillePaco Ramos

Hace unos días leía una entrevista en la que Javier Marías afirmaba que John Banville poseía la mejor narrativa anglosajona de la actualidad. Entre las muchas obras de este autor irlandés, decidí hacer con El mar, una novela publicada en España en 2006 por la editorial Anagrama y que recibió el premio Booker Prize como mejor novela de l [ ... ]

Lo que nos hace humanos

¡Corred, insensatos!Eduardo Parody

El futuro asociado a nuestro modelo de desarrollo tiene una idea que lo riega en toda su definición, y que a su vez condiciona nuestro comportamiento y los efectos secundarios de éste: la velocidad.

Rueda de reconocimiento

Selfgo: La búsqueda de uno mismoFrancis Segura

No había visto cosa igual desde que la aplicación para móviles y tablets Pokémon Go resucitara aquellos horrorosos muñecotes que había que reunir no me acuerdo cómo (de pequeño nunca me interesé en buscarlos).

El patio

Desarrollando nuestro potencialDaniel Gallardo

Hace un tiempo escribí sobre lo maravilloso que ha sido el progreso en términos de educación en España y, concretamente, en Andalucía.

La Sevilla Moderna

Otro obituario a Rita BarberáGermán Jiménez

Reconozco que, pese a nuestras diferencias, siento cierta empatía por Mariano Rajoy y me imagino lo difícil que ha tenido que ser esta última semana para el presidente, amigo y admirador de Rita Barberá.

La vuelta de tuerca

Comen y comen y vuelven a comerMaría José Santos

En los últimos años se ha convertido en una cita obligada contar en la agenda con una media de 10 comidas de Navidad: la de los compañeros del trabajo, la de los compañeros del gimnasio, la de los amigos de toda la vida, la de los compañeros del colegio de cuando teníamos 5 años, la del grupo del Whatsapp ese de la despedida de soltera q [ ... ]

La ira silenciosa

Martes, 02 Octubre 2012 10:00

Jesús Benabat

La indignación de los diputados se aplacaba paulatinamente. Las primeras horas habían sido tensas. Nadie sabía nada. Se vertían acusaciones entre los diferentes grupos arbitrariamente, con una ira hibernada durante meses, incluso años, que ahora desbordaba la lógica de la situación.

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Dos portavoces se habían enzarzado en una acalorada discusión que acabó en unos golpes fugaces reprimidos por la determinación de algunos compañeros en separarlos y evitar la violencia en el hemiciclo. Fue el punto culmen del nerviosismo en la sala. Tras este hecho, la tirantez de la atmósfera se fue distendiendo. Pero aún nadie sabía nada.

Como cada martes, la sesión parlamentaria se inició con toda normalidad. Los protavoces de los diferentes partidos políticos se sucedieron en el atril y las críticas desde uno y otro bando se desarrollaron, del mismo modo, con toda normalidad. Nada parecía presagiar que algunas horas más tarde las puertas del Congreso permanecerían cerradas impidiendo que todos los allí presentes pudiesen abandonar el edificio.

Eran las once y media de la noche. Todavía quedaban algunos corrillos de diputados comentando los sucesos o elucubrando posibles soluciones, pero la mayoría se hallaba ya en sus respectivos asientos, algunos con la mirada perdida, otros con las manos ocultando su rostro, incluso dos o tres veteranos parecían dormitar con la boca levemente abierta. Hacía algo más de dos horas que habían perdido el contacto con el exterior. Los teléfonos móviles habían dejado de funcionar en torno a las nueve, la conexión a Internet cayó poco después. Lo último que conocieron es que una muchedumbre había rodeado el Congreso.

No existía ninguna convocatoria en las redes sociales que previese una manifestación de estas características. Los últimos meses habían sido especialmente turbulentos en la capital, pero la actuación de las fuerzas de seguridad coartaron cualquier tipo de brote insurrecto. Las críticas arreciaron, naturalmente, a raíz de la represión ejercida contra los manifestantes. Incluso desde algunos grupos parlamentarios se exigía la dimisión del Ministro del Interior y el jefe de la Policía Nacional. No obstante, con caracter informal, los dirigentes de estos partidos felicitaban a los acusados por la labor desempeñada.

Tras estos hechos y sumarias detenciones, las situación pareció estabilizarse. Al menos hasta hoy. Algunas voces comenzaron a hablar de un posible golpe de estado y de la necesidad de sacar al ejército a las calles. El presidente del Gobierno pidió calma. Pero ciertamente, este tampoco parecía estar sosegado. El mayor temor de un político es que la ciudadanía se percate del engaño que ha sido objeto. Y todo parecía indicar que así habia sido.

Justo a la medianoche, una voz del exterior resonó en la Cámara. "Señores diputados, están todos ustedes relevados del cargo para el que fueron elegidos democráticamentes pues democráticamente el pueblo ha decidido retirarles su confianza. Las fuerzas de seguridad del Estado, como parte integrante de ese pueblo al que además sirve diligentemente, secunda las disposiciones decretadas por los colectivos miembros de esta iniciativa. Hoy comienza un proceso constituyente del cual están excluidos por la irresponsabilidad demostrada a lo largo de los últimos años (sino siglos). Pueden abandonar el edificio, no deben temer por su integridad física".

El silencio se forjó en el hemiciclo. Se podía oir la respiración entrecortada de algunos de los diputados. La primera en hablar fue una ministra del gobierno conservador: "Debemos responder con toda la firmeza posible. Esto es intolerable. Si la policía y el ejército no responden, es necesario acudir a fuerzas extranjeras para solucionar este disparate". Muchos asintieron con convencimiento, otros sacudían la cabeza en sentido negativo. El siguiente en intervenir fue un diputado de un grupo minoritario; "Lo que hay que hacer es conformar un gobierno de coalición con todas las fuerzas del Parlamento y presentar un frente común". Algún aplauso aislado. "Esto puede ser simplemente un estafa, un bulo. Propongo que salgamos y conversemos con los golpistas", se escuchó a otro integrante del partido de la oposición.

Tras media hora de debate, se acordó mayoritariamente salir de la sala y exigir la protección de la Policía para poder negociar. Se llegó incluso a hablar de sustanciosas sumas de dinero y cargos de importancia para sobornar a los líderes de los sublevados.

Cuando la puerta del Congreso se abrió, los diputados y miembros del gobierno pudieron ver una calle solitaria, vacía de ruidos y personas, un páramo urbano azotado por un viento frío e inclemente. Tan sólo había, justo frente a la puerta del edificio, a unos diez metros, una pancarta de grandes dimensiones con letras negras impresas; "No mereceis nuestra ira. Marcharse y no volvais".

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