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La triste pena y la dura realidad

Lunes, 01 Abril 2013 10:00

Mercedes Serrato

Cuando termina la Semana Santa, es fácil caer en la desgana, la melancolía, incluso la pena. Pero si te sacudes un poco esas cosas, echas la vista atrás con algo de objetividad y miras analíticamente esta semana, tela marinera.

Quien no piense que aquí necesitamos una revisión de cabo a rabo de gran parte de lo que al gobierno de las cofradías se refiere, habrá visto la Semana Santa de cualquier ciudad menos la de Sevilla.

Lo de Los Panaderos debe ser el ejemplo de cómo no debemos quedarnos en la superficie. Los hermanos de esta hermandad que defienden lo ocurrido el Miércoles Santo se excusan en la prensa, en el rosa que a veces tiñe el mundo morado, en una serie de cuestiones que a mi parecer son absurdas. La prensa saca zumo de lo que hay. Si no hubiera nada, créanme que nada se podría comentar.

Pero, además de que las imágenes hablan por sí solas, si hablas con algún responsable de La Lanzada, como ha sido mi caso, te das cuenta de que la cosa quedó en la anécdota, porque el ambiente era para liarse a ciriazos como antaño. Y que nadie se confunda, aquí la cuestión no es pitarle a un palio o una Virgen. La pitada era a una Junta de Gobierno, a una presidencia y, si me apuran, al fiscal de palio que parece no poder gestionar nada en esta ciudad sin generar discordia.

Lo peor es que a mí me parece que lo de La Lanzada es secundario. Es decir, si te vas, te vas, pero no te pegues un bailoteo en La Campana para un absurdo lucimiento que tiene un fin difuso, ya lo de que haya otra cofradía esperando empeora una situación que de por sí es dantesca.

También es de traca lo de cierta hermandad trianera, que además de lo que ya comenté en una crónica de estos días (celebraron un recibimiento a puerta cerrada de cierta señora megaestrella de la tele matinal), ahora resulta que no contentos con el gasto que les habrá supuesto la pernoctación en la SIC, hacen un traslado en el triple del tiempo previsto. Tienen la suerte de que en esta ciudad no tenemos un organismo con mínima capacidad sancionadora, porque la cosa sería digna de estudiar.

Lo mejor es escuchar en la radio al director del acompañamiento musical del Cristo, opinando alegremente con más valor que inteligencia de cómo debería haberse hecho el traslado. Vaya por delante que el buen señor parece no tener ni pajolera idea de lo que es un traslado, una Estación de Penitencia o una charanga, pero lo surreal es que incluso volviendo sin música hubo un amago por parte del Hermano Mayor de pararse en el Baratillo, por no perder la costumbre digo yo…

Contrasta con esto la presurosa vuelta de otra hermandad de Madrugá, aunque imagino que la perspectiva de verte privado de los donativos e ingresos en general que ocasiona el permanecer varios días fuera de tu templo te hace llevar el paso en helicóptero si se encarta.

Estamos llegando a extremos que en mi vida creí posibles. Hermandades de ruán con un puñado de siglos de seriedad en sus espaldas mojándose con una predicción que les dijo que se mojarían. Soy la primera a la que le desgarra perder jornadas completas de Semana Santa a causa de la lluvia, pero la temeridad que muchas veces se critica a hermandades jóvenes parece que ya no entiende de clases.

Hay mucho que revisar, no sólo lo del Consejo, que para qué profundizar en un charco de las dimensiones del Atlántico. Hay que plantearse quiénes nos gobiernan en nuestras hermandades, a quién votamos, por qué los votamos… El peso del voto masivo de colectivos concretos, cómo éste luego esclaviza o es traicionado.

No me cansaré de decirlo. Enrique Henares dijo que había un importante bajón de calidad y clase en las hermandades y se le puso como los trapos por entender esto como una afirmación clasista. Esto lo entiende así quien considera que la clase es una cuestión de dinero o apellido, pero yo, que la atribuyo a otros parámetros, suscribo la frase del pregonero. Ojalá no pudiera hacerlo porque no fuera cierta, pero dolorosamente en muchos casos lo es.

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