Editorial

Oda a los difuntos

Octubre es un mes hermoso, la transición de estaciones y los festivos continuados. El décimo del año se despide de nosotros con una hoda al miedo y a la tradición yankee. Mucho se discute de la idoneidad de que este país haya adaptado la calabaza terrorífica, el truco o trato y los disfraces macabros. Lo cierto es que España no ha sabido poner en valor y adaptar su propio día de los muertos.

Y es que aunque sin calabazas, el Día de los Difuntos nacional tiene un gran potencial por explotar y poco somos los jóvenes conocedores de tales tradiciones que darían un matiz especial y festivo a esta jornada tradicionalmente de luto y recogimiento. Cierto es que Sevilla ha sabido explotar la figura de Don Juan Tenorio, escenificando la obra a lo largo del callejero hispalense y difundiendo la lección que los difuntos proporcionaron a este gallardo caballero.

Pero no sólo la obra de José Zorrilla es digna de rememorar el primero de este mes. Un autor de la tierra, un tal Gustavo Adolfo Bécquer engendró las leyendas más tétricas y perfectas para este día de los muertos. Aquellas almas de los templarios deambulando por el Monte de las Ánimas, la osadía de Beatriz y el fatal destino de Alonso, un cóctel perfecto muy superior a todos los filmes de terror barato que las parrillas televisivas ofrecen a estas alturas del calendario.

Todas estas lecciones literarias sólo pretenden dilucidar que si Halloween está cuajando en nuestro territorio es porque no hemos sabido ensalzar nuestros propios mitos y leyendas, y es que si algo tienen los americanos es el saber hacerlo todo a lo grande. Cuan maravilloso sería ver a este país salir del luto y el recogimiento sin emsombrecer la tradición, difundiendo nuestro propio terror morboso y, porqué no, reirse de la muerte. Porque al fin y al cabo, la sociedad lo que busca es el festejo, momentos de dispersión ya que para dramas ya tenemos el telediario. El hueso de santo, las flores, el teatro… cuánta materia prima malgastada.

Por otro lado, es inexplicable que en un país en el que la hamburguesa y la cheesecake no sólo están asentadas sino que además son deseadas, se desprecie que nuestros pequeños asimilen la indefensa fiesta de los monstruos y fantasmas norteamericanos siempre y cuando no olvidemos lo propio. De sobra cabe decir que en Sevilla somos más papistas que el Papa, y que todo lo extranjero primero nos choca y después se critica, sin embargo tal actitud carece de valor cuando los rancios sevillanos no hemos sabido asentar nuestra propia oda a nuestros difuntos aun teniendo una gran materia prima. 

Sobre el autor

Candela Vázquez

Candela Vázquez

Licenciada en Periodismo por la US. Sus primeros pasos fueron como reportera y locutora para los informativos locales. En prensa escrita sus informaciones se han seguido en Estadio Deportivo y en ElDeporteFemenino.com. Y ha pasado por el gabinete de comunicación de la Coordinadora Andaluza de ONG para el desarrollo.

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