Laura Rosal. Acabo de llegar a mi parada y mi cuerpo se desvela roto contra la ventanilla. Los músculos entumecidos proporcionan ese dolor tan propio del despertar. Estoy abrazada a mi cuaderno que se entreabre sobre el vientre y me señala una cita de Wallace Stevens, “la poesía es una forma de melancolía”. Ay, la poesía. El autobús, lugar para escribir. Lugar para dormir. Hagan sus apuestas. Lugar para mirar fijamente un punto que se perpetúa, a pesar de que todo marcha rápido. Porque todo se está yendo.
Miro fijamente a la niña que mira fijamente la ciudad reflectada en el susurro de los cristales. En cualquier ciudad, en este mismo momento, alguien mirando por la ventanilla del autobús. Alguien observando a las personas, sus vidas. Inventando otras personas, otras vidas (la vida que no tenemos y deseamos). Los cruces de miradas. Asustadizas a veces, apasionadas otras. Me gusta la velocidad que poseo desde el dichoso transporte público.
Rodrigo Fresán hablaba de la velocidad de las cosas, de observarnos como el actor que se ve a sí mismo en la pantalla: un vivirnos vivir, un morirnos morir. Desde el asiento, mirarnos mirar.
¿Escribir las instrucciones para qué? ¿Para quién? El hombre del asiento contiguo me intimida durante todo el viaje. Sus ojos azul metálico clavados sobre mi mano. Mi mano temblorosa sosteniendo un bolígrafo también azul metálico, incapaz de dar instrucciones a nadie. Un bolígrafo que se pierde en su propio viaje, en su ir y venir en el asfalto de las miradas. Una instrucción que me confieso incapaz de seguir. Un viaje que no acaba, no hoy.









