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La piscina de Tomares

Una canción de Los Delinqüentes empieza “esta es la canción de un viaje en tren, una expedición de alto nivel…”. La mía particular tiene otro comienzo: “esta es la canción de un viaje en coche… un calentón de alto nivel”.

Belén Zurbano Berenguer. Después de una buena semana de mañana y tarde de currele, soportando el calor y las cortas noches –recordemos, tengo fichadas al menos 3 obras que dan a mi habitación y que comienzan bien temprano- a duras penas nos levantamos el sábado a las 08.00. Prepara nevera, ensalada, toallas, cremas protectoras y demás maravillas que demandan un día playero.

 Y ni a oler el mar llegamos porque a escasos –escasos son apenas 10 y molesta, molesta mucho la cercanía- kilómetros de Huelva, el coche decidió calentarse “una jartá”. Nada: parar, llamar grúa, esperar taxi… y a todo esto, ¿qué hacemos? Quedarse en casa debajo del aire acondicionado no era una opción. ¡Busquemos una piscina!

 Y fuimos a dar con la de Tomares, que pillaba cerca y parecía que tenía buena pinta. Todavía nos quedaba un coche vivo en la familia así que cambiamos los enseres de coche y rumbo Tomares. No sabíamos que íbamos a revivir ese statu quo que persiste en esta sociedad aparentemente sin clases y que en lo generalizadamente vulgar de las barrigas veraniegas al aire parece pasar desapercibido.

 Nada más llegar una señora no especialmente amable pero muy correcta nos saluda: “las sillitas no, están prohibidas”. ¿Ah sí? –respondo yo que no estaba tampoco muy de buenas a las 1 y pico de la tarde, acalorada y sin haber hecho otra cosa desde las 8 de la mañana que ir de un lado para otro para finalmente acabar en Tomares que está a escasos 10 minutos de mi casa. Pues sí, aseguraba la buena señora, sólo podías entrar con ellas si tenías una autorización del ayuntamiento. A ver, qué hace falta para una autorización, pregunté acostumbrada a las piscinas de “ mi pueblo Córdoba” dónde entras hasta con la colchoneta de dos plazas en las piscinas publicas. Por lo menos un papel del médico que diga que es necesario, me contestó. Las sillas de vuelta al coche.

 Pasamos el día entre esas democratizantes barrigas al aire, todas iguales de feas o bonitas según a qué lado de la piscina mires. Comimos en una especie de recinto para gallinas con tres mesas estilo merendero que es a donde mandan a la gente que no come en el bar y trae su propio alimento, porque, mira por donde, tampoco se podía comer en el recinto de la piscina. Nos bañamos en unas limpísimas aguas, sesteamos un ratito y ojeamos ese número de la Cosmopolitan del que ya hablaré en otra ocasión porque da para mucho rato. Y estábamos ya para irnos, hacía rato que el cabreo de las sillas se me había pasado, cuando, de repente, entra “la familia”. Toda la piscina los mira llegar. Ella, él y dos críos de unos 7 u 8 años. Bueno, y las sillas. Sillas, dos, no una, que todos mirábamos con envidia desde nuestras toallas extendidas en el suelo. Bueno, que nosotros mirábamos con envidia, creo que los demás, habituados a tales distinciones piscineras, contemplaban a la familia entera porque debían de ser alguien en el pueblo o en el ayuntamiento. Por cierto, ninguno de los dos tenían pinta de tener problemas de espalda ni de haber enseñado credencial alguno en la entrada.

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