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Marruecos en Sevilla

Sucedió como suceden las grandes cosas: por casualidad. Íbamos buscando una carnicería halal de carnes por lo visto exquisitas y nos topamos con un trozo de Marruecos en mitad de la capital hispalense.

Nos habían hablado en varias ocasiones de cierto polígono en el que varios marroquíes habían abierto carnicerías. No es sólo que fueran halal, que para quienes profesan el Islam es un elemento de importancia, sino que otros más ateos hemos descubierto que algunas de sus carnes no tienen parangón español. La kefta, por ejemplo, carne de ternera picada y aliñada, es uno de los placeres que más extraño nada más poner un pie en territorio español cuando vuelvo de mis viajes magrebíes.

Además, tienen especias más puras de las que se encuentran en la mayoría de nuestros mercados y algunas que ni existen, o que se venden por un ojo de la cara, como el caso del cilantro o la hierbabuena (aunque dudo de si éstas son especias o simplemente hierbas). Sólo hay que probar la canela para reparar en la diferencia. Y aquella mañana, hace sólo un par de días, andábamos a la búsqueda de uno de estos establecimientos donde comprar unos trozos de carne de ternera para hacer guiso con ciruelas, uno de mis preferidos y al que creo que sólo supera el cous-cous de cebolla y pasas de mi suegra. 

Después de vueltas y vueltas y de que varios asiáticos (parecían chinos, no sé de dónde procedían) nos repitieran “aquí no, no sabemos nada, nosotros solo trabajar”, dimos con una de estas carnicerías. Ya al bajar del coche olía a medina marroquí y el aroma del cilantro y el comino se imponían sobre el olor a tráfico y a polígono industrial. Varios hombres bien vestidos y morenos hablaban en la puerta, miraban las estanterías (hasta mantas almacenaba aquel “todo marroquí” que muchos identificaban como “carnicería halal”) o simplemente, las veían pasar con un vaso de té en la mano. Despachando, un hombretón  imponente, de unos cuarenta, al que le faltaba un diente y que cogía kilos de carne como quien levanta a un niño de meses.

A pesar de la mezcolanza de aromas, dentro de aquellas paredes bien pintadas y repletas por completo de estanterías con los elementos más variopintos (hinojo, chicles, almendras, cepillos del pelo, sémola de trigo, henna, couscouseras…) un olor predominaba entre los demás: el de carne a la brasa y thé menthe. Mientras el carnicero charlaba y atendía, y charlaba, unas intrigantes escaleras se abrían ante mí en el lado derecho del local. Y de arriba, provenía aquel olor. Con un gesto del hombre, ya que las palabras se me hacían completamente lejanas  inasequibles, indicó que subiera. Y sonrió, por fin esa sonrisa que tanto tardan en soltar los marroquíes pero que cuando la dibujan, hace que se multiplique el brillo natural de sus ojos. Al final de la escalera, una habitación enorme, con azulejos hasta mitad de la pared en tonos verdes y que tanto se convertían en marroquíes en aquel entorno como podían haber adornado cualquier casa antigua de pueblo andaluz, albergaba una decena de mesas bien dispuestas. Bien separadas las unas de las otras, con mucho espacio entre ellas y vestidas con un impecable mantel de papel y un servilletero de madera. En la pared frontal, una gran tele de plasma mostraba un partido de fútbol en árabe. En la pared posterior, la cocina: una enorme plancha donde se asaban diferentes tipos de carne, una máquina de café expreso y varias teteras humeantes. 

Sin poder resistirnos a entrar en ese Marruecos que nos mostraban todos nuestros sentidos (sólo en Marruecos huele la carne como allí se cocinaba, sólo en sus restaurantes puedes encontrarte siendo la única mujer) compramos medio kilo largo de kefta y nos lo subimos para deleitarnos de esa regresión. Nos lo cocinaron en el momento y comenzaron sirviéndonos primero aceitunas verdes y negras picantes y una ensalada de tomate picado y cebolla en platos lacados de flores rosas y azules. El té, insuperable. La carne, en forma de pequeñas hamburguesas con cebolla asada en el centro.

Y mientras el mando de la tele cambiaba de manos cuando unos comensales salían y otros se hacían con él, nosotros nos regodeábamos en el contraste divino entre el sabor de la kefta y el dulzor del té y un fiel rezaba en la pequeña sala alfombrada dispuesta para ello en un esquina del local en ese discurrir desordenado, calmo y místico que tienen los acontecimientos en este nuevo Sevilla donde hemos encontrado un trozo de Marruecos.

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Sobre el autor

Belén Zurbano

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