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Cofradías

En sus ojos, el mundo

La ciudad construye un mundo interior apuntalado por columnas que llevan inscripciones que vienen a resultar imperativos indiscutibles.

Lo que no se conoce no “es´´… no existe para el espíritu. Y creemos que José María Izquierdo se equivocaba al creer eso. O, más bien, probablemente nos equivoquemos nosotros al pensar que la ilusión desconocida existe en ese espíritu que está por florecer.

En el jardín que Forestier diseñó y que María Luisa regaló a la mujer que se bañaba en ese río que aún conserva esperanza perdida de querer ser mar, vive y ríe el espíritu que se desconoce pero que se sabe de su existencia.

-Oiga, que lo que no se ve no existe. No puede ser.
-¿Y lo que se ve y se toca, por tocarse y verse existe?
-Touché.

Y, ahí, mientras los caballeros dejan de serlo y vuelan, y discuten sobre lo terrenal y lo idolatrado en esta corte sin rey, dueño ni infanta afrancesada, aparece un hombre de ojos rotos que vienen de dónde tiene que venir. Ese barrio de casas en las que el sol entra sonriendo y el hombre vuelve a ser niño recreándose en la palabra eterna de la madre. Barrio del Porvenir, calles que son rostro de mujer acariciado por la pureza verde de las ramas de los árboles.

El niño que una vez fue reposa sus esperanzas en la paz de esas manos que sostienen su cabeza mientras le besaron en noches que regalaban la ilusión del lejano amanecer. De ese barrio que es ciudad de la Alegría llega ese hombre con ojos rotos por lágrimas que no llegan a bañar su rostro cuando está a punto de tomar la cruz. Las calles lo abrazan hasta llegar al parque y escoltado por legionarios queda revestido ese Jesús de alegría y de esa extraña belleza del fragor del sufrimiento que Por-venir está.

Ojos rotos que bañan todo en esta mañana de domingo en el jardín de María Luisa. ¿Quién dice hoy que la tristeza no es bella?, ¿Que lo trágico no conmueve?, ¿Qué el sufrimiento no es bello?

Los ojos rotos de dolor de este nazareno escoltado por legionarios de ese barrio dan fe del hecho de que existe una extraña belleza en el fragor de la batalla interior del hombre. Hasta el niño que agarra la mano del padre cae en la cuenta de que ese hombre, encarnado del Dios de la ciudad, llora pero ríe, llora porque sufre y ríe porque pocos pueden presumir de ser alcalde de esa ciudad de la Alegría que empieza y acaba en el Porvenir.

Sobre el autor

Jaime Fernández-Mijares

Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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