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28-sept-2016-parody
Lo que nos hace humanos

El poder de la palabra escrita

Abres el portátil, lo enciendes, esperas a que se inicie correctamente. Te vas al word, le das al clic y te sientas frente a una página en blanco. Te abstraes del exterior, de la mesa, de cualquier cuadro o póster que tengas delante, hasta que sólo ves ese color, el blanco, y no percibes la contaminación exterior en forma de distracciones, no ves ya un boli o una goma, o el cuaderno pequeño de al lado, ni el librito, ni el mismo móvil.

En una chispa inesperada, tu cerebro se activa. No sabes cómo, habías intentado hacerlo en alto, hablándolo para ti mismo, y no te salía. Habías pensado mientras hacías la compra, o en el autobús, o andando solo o mientras te tomabas una cerveza con alguien, pero no se te había ocurrido ningún giro argumental o reflexión de cualquier objetivo que tuvieses delante: iniciar una novela, continuar un capítulo, dar forma a un artículo. Pero al tener el folio en blanco y las letras a escasos milímetros de las yemas de los dedos todo se vuelve más fácil.

Escribes la primera palabra, logras completar una frase, y esa te lleva a otra que lo que consigue es borrar la anterior e iniciar una temática distinta y más acertada a la inicial. Finalizas un párrafo, y cuando comienzas el segundo te das cuenta que el primero es una obviedad, y lo borras entero: ya tienes la idea. Ahora no tardas nada en completar un nuevo primer párrafo, y entonces las ideas se vuelven cristalinas, y el folio en blanco, que amenazaba con extenderse a tu cerebro, ahora es un receptor de palabras incontroladas, que ningún portero podría detener, y empiezas a sospechar que vas a sobrepasar el límite que te habías impuesto, ya sea de contenido o de continente. Salen palabras duras, que dulcificas, salen conceptos que podrían no ser comprendidos si se sacasen de contexto, entiendes que nadie tiene por qué conocerte y comprender qué era lo que querías decir, así que visas y revisas todo una y otra vez, hasta dar con lo que crees es el fondo y la forma correcta de presentar tu historia.

Te alejas, te sitúas en el lugar más objetivo de tu subjetividad, como si estuvieses viéndote a ti mismo escribir, como si hubieses dejado de sentir los dedos teclear en el ordenador, como si verdaderamente ese escritor que escribe y se parece tantísimo a ti utilizase ideas y motivaciones diferentes a las tuyas propias. Te empiezas a sentir a gusto con lo que has producido. Has alcanzado el lugar y la sensación idóneos para comenzar a cerrar tu escrito.

Después de todo ese cuidado y dedicación casi personalizada a cada letra, lo publicas, y ves cómo lo que era tuyo, algo abstracto encerrado en tu cerebro, se ha convertido en una materia casi física, que es recibido por otras personas, otros cerebros con inquietudes iguales, parecidas o completamente distintas, y cuando recibes los feedback se convierte en un mejunje de sensaciones, en las que a unos emociona y a otros indigna, a unos les llega y a otros les resbala, y te das cuenta cómo casi nunca logras que se capte de manera exacta lo que habías pretendido exponer. Y es cuando lo flipas con esto de las palabras, con que la misma sucesión de conceptos, frases, párrafos, historias y reflexiones expuestas en un papel signifiquen cosas completamente distintas según haya sido el camino vital del lector determinado hasta enfrentarse a ellas. Y te sorprendes entonces al darte de bruces con el poder de la palabra escrita, ese por el cual convierte en un auténtico vicio el proceso de escritura y de lectura. Y entiendes que ese poder se quedará anclado en alguna parte de tu cerebro, y que nunca podrás dejar de seguir practicándolo, como el Gran Héroe Americano practicaba con su capa sus superpoderes, hasta lograr su uso perfecto.

Sobre el autor

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Eduardo Parody

Biólogo de formación con filósofa deformación, escritor, autor de la novela 'La soledad del escribido' y del blog 'Mi Mundo Descalzo', ha sido infectado por dos moscas ciertamente peligrosas: una, no le permite dejar de viajar; otra, no le permite dejar de escribir.

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