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Lo que nos hace humanos

A mí no me preguntaron

La ropa que llevo puesta fue fabricada en Camboya por personas que trabajan por 0.89 euros al día durante cerca de dieciséis horas cada día en condiciones lamentables de hacinamiento y seguridad laboral.

El móvil por el que hablo y wasapeo contiene un mineral, el coltán, que principalmente se extrae del Congo, en unas circunstancias que nadie querríamos para nosotros ni para nuestras familias y amigos. Es extraído y cargado por niños, mujeres y hombres descalzos y sin ningún tipo protección, por menos de cuatro perras. Los aparatos electrónicos que tengo proceden de China, o de Tailandia, y son fabricados por personas que trabajan de sol a sol, sin verlo, en almacenes escondidos que no cumplen ni los más mínimos requisitos de ventilación para aceptar la respiración de tantas personas encerradas, y por un sueldo mísero. La basura electrónica de nuestro mundo va a parar a vertederos que se encuentran en países africanos como Ghana, donde niños y adultos pululan buscando chatarra entre materiales tóxicos y peligrosos. La gasolina que le echo al coche proviene del petróleo de países donde no es posible ir por la calle paseando sin ver a gente con un kalashnikov, donde se alternan los conflictos armados, donde la gente muere con más asiduidad y por muchas más razones que el simple paso del tiempo. La madera de los muebles que tengo en casa procede de bosques que contienen los últimos árboles que dan oxígeno a nuestra atmósfera. La fruta y la verdura que tomo proviene de agricultores nacionales o extranjeros a los que las grandes superficies someten a un estado similar al de la esclavitud, en el que de un día para otro pueden hacerles desechar toda la producción comprometida con ellos porque han encontrado otro lugar donde comprar la fruta aún más barata.

Existen reuniones que tienen lugar en despachos que no están tan alejados de nosotros como podría parecer, en los que gente que gana cientos de miles, o millones de euros, decide que otras personas cobren 0.89 euros al día; aceptan que se compre coltán sin preguntar su procedencia y sin atender a las consecuencias; ignoran informes que hablan de las condiciones de las fábricas donde producen la ropa o los aparatos electrónicos que luego ellos venden, “no es nuestro problema”, dicen; deciden a qué país irá a parar nuestra basura electrónica, en qué lugar “apartado” de nuestro mundo depositaremos lo que a nosotros ya no nos sirve; resuelven despreciar sin remordimientos la carga de un agricultor con el que se lleva trabajando varios años porque ya han encontrado a otro que lo hace más barato; deciden talar árboles en los últimos bosques y selvas vírgenes del planeta; ponen en común subir el precio de la gasolina en cuanto sube el precio del petróleo, y miran hacia otro lado cuando el precio del petróleo baja; ordenan intervenciones armadas, secretas o no, en cualquiera de esos países productores del oro líquido, con el objetivo de desestabilizar el país en cuestión y hacer que los precios suban o bajen según sus intereses. En definitiva, personas con nombres y apellidos oprimen a masas de personas sin nombre.

El progreso y el desarrollo nos obliga a los ciudadanos de a pie a cargar con unas injusticias de las que nadie nos preguntó si queríamos ser partícipes. No quiero mi ropa a costa de cualquier cosa, no quiero mi móvil ni mis aparatos electrónicos, ni la gasolina a cualquier precio, ni mis frutas y verduras y demás alimentos a costa de la explotación de otros. No quiero esas formas, no quiero ese fondo. A mí no me preguntaron si admitía la repetida violación de derechos humanos que produce nuestro consumo, ¿y a ti? ¿Es tan complicado que nadie obligue a otra persona a hacer lo que uno no estaría dispuesto a admitir para sí mismo ni para su propia familia?

La comprobación reiterada de que la Economía siempre vence a la Sociedad, a la Libertad, a la Igualdad, a la Democracia, a la Ecología y a cualquier concepto absoluto que se le ponga enfrente, ahoga. SOS. Estamos ahogando a gente por carencias, y nos estamos ahogando nosotros por excesos.

Sobre el autor

Eduardo Parody

Eduardo Parody

Biólogo de formación con filósofa deformación, escritor, autor de la novela 'La soledad del escribido' y del blog 'Mi Mundo Descalzo', ha sido infectado por dos moscas ciertamente peligrosas: una, no le permite dejar de viajar; otra, no le permite dejar de escribir.

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