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Literalia

Caracoles

Loli y Ron son pareja desde hace unos diez años. Se divierten juntos. Salen los jueves por la noche. Viven en un barrio cercano al centro histórico de una acogedora ciudad del sur de España. Los viernes cruzan el puente que les conduce al centro para disfrutar de algún espectáculo y después tomar unos vinos.

Loli trabaja desde hace quince años en una antigua fábrica de cerámica ahora convertida en tienda y museo. Cerca de casa, sueldo digno y seguros sociales. Hace funciones de dependienta y guía excursiones concertadas para dar a conocer el proceso de alfarería y los hornos antiguos conservados en la trastienda. Así también practica su inglés, afianzado en los dos años que pasó en Irlanda tras graduarse en finanzas.

Una o dos veces por semana Ron la recoge en la tienda de camino a casa. Paran en el barecito de la esquina: dos cervezas, seis gambas, y unas aceitunas.

—Hola cariño, ¿cómo te ha ido la mañana? —pregunta Loli dándole un beso en la mejilla.

— Bien, ¿te pido una cerveza?

— Sí, por favor y pregunta si hay caracoles.

Ron regresa con dos cervezas, una tapa de ensaladilla y un platito de altramuces que Loli le ayuda a dejar encima de una mesa alta.

—Lo siento, no hay caracoles.

—¡Porras! Estoy deseando comerlos. ¿Pero cuando es la época?

—Ni idea, me dicen que todavía son pequeños y tienen bicho.

—Tengo que contarte —Loli saca unos papeles del bolso.

—Cuenta —responde Ron.

—¡Mira la fecha!, ocho de mayo de 2008, hace dos años que hicimos la solicitud y esta mañana me han llamado de un número largo, en la pantalla del teléfono ha quedado marcado, debe ser una de esas centralitas de la administración. He devuelto la llamada pero nada.

—Observa esto —dice Ron enseñándole su teléfono.

—¡Oh! —responde Loli cogiéndolo y comparándolo con su llamada perdida—. Es el mismo. Son ellos, Ron, ha llegado el momento. Estoy segura.

Hace un par de años que Loli y Ron han solicitado la adopción. Han hecho lo imposible para ser padres biológicos. Así que después de unos miles de euros gastados en clínicas de fertilidad y varios abortos, deciden utilizar el recurso que el destino les pone en bandeja. En la solicitud, señalan la casilla de grupo de hermanos para acelerar los trámites. La lista de espera es de seis a ocho años, con la opción marcada se reduce el tiempo de espera a más de la mitad.

—Necesito saberlo ya, no puedo esperar. Podríamos quedar con Fran y Emilia, se lo contamos y a ver si ellos pueden averiguar algo. El tiempo ha pasado volando. No puedo creerlo. Dijeron que tardaría mucho más.

—Lo dijeron, sí, lo dijeron —afirma Ron dándole un sorbo largo a la cerveza hasta acabarla.

Una gitana vendiendo romero va de mesa en mesa y se acerca hacia ellos.

—¡Romero! —Exclama Loli—. Cariño, eso es buena señal, no le digas que no. Vamos a comprar.

—A ver si es verdad, dicen que el romero trae buena suerte —le dijo Ron.

Loli asiente con la cabeza y da un euro a la gitana a cambio de dos trozos de romero.

Loli es positiva, alegre y con mucha vitalidad. Aunque últimamente, el deseo maternal frustrado mina su carácter optimista. Ya no le parecen perfectas las escapadas de los fines de semana y empieza a dolerle la cabeza los viernes por la noche.

Al atardecer, Ron espera a Loli de nuevo en la puerta de la tienda. Habitualmente se desplaza en bici o andando. Hoy ha cogido la Vespa. Viven en un piso pequeño pero muy acogedor y situado cerca del trabajo que les permite tener una vida social intensa y no usar vehículos a motor ni trasporte público a diario.

—Otra vez en la puerta. ¿Me lees el pensamiento? Me muero por una cerveza y unos caracoles —De un salto se sienta Loli en la moto—. ¿Dónde vamos? ¿Por qué has cogido la moto?

—He quedado con alguien, y… de paso, vamos a ver si tienen caracoles en Caracol´s Plaza.

Loli besa complacida a Ron y sonríe mientras se monta en la parte de atrás de la moto, aprieta las rodillas a los muslos de Ron, se ajusta el casco y lo besa en el cuello.

—Vamos cariño —dice apoyando las palmas de las manos en los hombros de Ron justo cuando la moto arranca.

Caracol’s Plaza es uno de esos sitios de cerveza helada y caracoles picantes en una plaza de albero y naranjos. Aunque suele estar lleno, en ese momento la barra del bar no tiene mucha gente, es temprano todavía, y en la parte de fuera hay algunas mesas vacías. Entran en el interior los dos juntos, se cogen de la mano con un gesto de inercia, se miran, se sonríen.

—Dos cervezas, por favor —pide Loli al camarero mientras Ron manda un mensaje con el móvil—. ¡Aprovechemos! —le dice—. Solo Dios sabe cuánto nos queda de disfrutar estos ratitos, abrázame Ron.

Ron parece no haber oído lo que dice Loli.

—Tardarán media hora —dice Ron mientras le muestra a ella el teléfono. He quedado aquí con Fran y Emi. Llegan en media hora.

—¿En serio? ¡Hoy es el día de las sorpresas!. Voy por los caracoles —dice, acercándose a la barra y cogiendo un plato humeante.

—Pídeme otra jarra grande y helada —responde Ron.

—¡Qué sean dos! Nos van a hacer falta muchas de estas.

Hablan de las posibilidades que tienen de que sean niño o niña, de las edades que tendrán. Se tocan, se ríen y comen los caracoles hirviendo. Hasta los más difíciles salen, haciendo un agujerito con el colmillo en el centro de la concha, donde empieza la espiral.

A lo lejos aparecen sus amigos que se acercan a la mesa en la que esperan dos sillas vacías.

—Hola, cariño —dice Emi a Loli, abrazándola y besándole el pelo. No sabes cuánto me alegro.

—En realidad no sabemos nada, solo una llamada pero queremos estar preparados. ¡Ay Emi! Tanto tiempo esperando y ahora tan de repente…Mañana queremos pintar el dormitorio, e ir a IKEA. Pero hasta que no tengamos más detalles no podemos avanzar mucho.

—Claro, estando Fran dentro todo saldrá de maravilla —dice Emi mirando a su marido.

—Desde luego, el lunes mismo empiezo a ver que puedo averiguar y os llamo —responde Fran, acercándose a Ron y dándole unas palmaditas en el hombro derecho mientras sonríe.

Son las doce de la noche cuando Loli y Ron entran en su apartamento, la llave en la mano de Loli, hace tres intentos en la cerradura hasta entrar a duras penas. Los dos ríen, Loli gira la llave y consigue abrir. Ron prepara un par de sándwiches y saca dos sillas a la entrada. El apartamento da a un corredor que bordea un patio central con dos arriates y una fuente. Se sienta en una de las sillas dejando el plato en el suelo. Loli se ha puesto el pijama y se sienta en la otra silla, a su lado. Coge a Ron de la mano mientras con la otra come el sándwich. Permanecen en silencio. La luna creciente es la única luz encendida.

A la mañana siguiente, muy temprano, Ron empieza a arrastrar muebles de la otra habitación y a dejarlos en la puerta de entrada al apartamento. Un escritorio y un sillón de orejas con tapicería en terciopelo verde.

—Buenos días cariño —dijo Loli besando en los labios a Ron.

—Tienes café en la cocina— responde él.

Loli asiente con la cabeza y camina hacia la cocina. Al rato vacían juntos la estantería y apilan libros en el pasillo. Sacan el equipo de música y el reposapiés, la silla del escritorio, una cama plegable y un cojín de lino con flores bordadas a mano en tonos rojos, azules y verdes.

—¡Toma! Deja esto en el sofá —dice lanzándoselo a Ron como si fuese un balón.

Ron lo coge en el aire, lo mira, lo huele y recuerda aquel mercadillo de Perú de donde lo trajeron. Tardaron una mañana entera antes de elegirlo. Loli abrazó a la señora que le explicó el proceso de bordado; cómo se lo turnaron en el largo viaje de vuelta en aquel avión.

—Bueno, esto es lo último. Ahora a ver si conseguimos reubicarlo todo —dice Ron señalando las cosas que han dejado en la entrada.

—Algunas cosas podemos bajarlas al trastero y pensar en mudarnos a un piso más grande —responde Loli—. Quizá con jardín y piscina —añade ella.

—Por nada del mundo, ya lo hemos hablado Loli. Eso significa atascos y más atascos. Vamos a esperar, primero una cosa y luego otra.

Loli asiente sin mirarlo. Encima de la mesa del salón hay un catálogo de IKEA, un papel con unas referencias apuntadas y un boli. Coge todo, lo mete en el bolso y moviendo las llaves del coche dice:

—Vamos cariño, tenemos que ir por la pintura y la litera.

Ron abre los brazos y ella se acurruca en su pecho. Ron la abraza. Loli tiembla. Se besan.

Ron trabaja como vendedor de repuestos náuticos. El lunes sale del trabajo a primera hora de la mañana para visitar a un cliente, le va a ocupar toda la mañana, dice. Se monta en el coche y arranca en dirección al centro. Aparca en zona azul, en frente de la Consejería de Igualdad y Políticas Sociales. Allí trabaja Fran. Se conocen desde hace cuatro años cuando Francisco acude a “Nautilus S. A.” con un motor de barco estropeado.

Saca un ticket del parquímetro. «Máximo dos horas», lee en la máquina. Pulsa los botones para añadir los datos de su matrícula, vuelve al coche, abre la puerta y deja el ticket en el salpicadero para que pueda verse desde fuera.

Sube las escaleras de las oficinas centrales, cuatro plantas sin descansar y llama a una puerta de conglomerado blanco que pone: “Pase sin llamar”. Su respiración es agitada. En una sala grande con un pasillo central varias mesas de trabajo pueden verse en fila a ambos lados, cada una con un ordenador y un funcionario tecleando o hablando por teléfono. Al fondo a la derecha se encuentra Fran con las gafas puestas escribiendo algo en su PC. Ron se acerca despacio y se sienta frente a su amigo aun jadeando. Charlan un rato, levantándose al mismo tiempo, recorren juntos el pasillo para salir de la sala. Hace calor, Ron se acerca a la fuente de agua, da un sorbo y lo escupe.

—Está caliente. —Exclama.

Bajan las escaleras y salen a la calle entran en el bar de abajo. Hay gente desayunando.

—¿Qué vas a tomar? —pregunta Ron.

—Una cerveza, por favor —dice Fran encendiéndose un cigarro.

—Dos cervezas heladas y un plato de caracoles, creía que lo habías dejado —dice Ron señalando el cigarrillo de Fran.

—¿Los caracoles? —ríen los dos—. Sí, lo he dejado hace ocho meses, pero de vez en cuando… No se lo digas a Emi.

Escúchame, subo arriba, cojo vuestro expediente y me asomo a la ventana. Me leo tu expediente y te doy toda la información básica por wasap. Y a las tres cuando salga te llamo. Dile a Loli que se quede tranquila que va a tener toda la información esta tarde.

Los dos amigos beben cerveza a la hora del café. Cuando las terminan, Ron mira el reloj y se despide de Fran con un abrazo. Ron se dirige al coche abre la puerta sentándose dentro y baja las ventanillas.

Fran en vez de entrar en su departamento atraviesa una puerta de conglomerado verde agua con un letrero que pone “asignaciones”. Se va directamente a los archivos, unos expedientes en carpetas azules están a la derecha: “Menores”. Abre la primera carpeta: “Grupo de dos hermanos de 2 y 4 años”. Mira la foto apretando los labios, mueve la cabeza hacia los lados y la vuelve a cerrar.

Después busca otra carpeta del montón amarillo: “Familias pendientes de asignación”, mira la foto de Ron y Loli. La cierra y la deja en su sitio. En ese momento oye la voz de una compañera.

—Hola Fran, ¿necesitas algo? Había bajado a desayunar —dice con una amplia sonrisa.

—Nada. Solo he venido a beber un poco de agua fresca. Abajo, la fuente no enfría.

Fran se dirige hacia las escaleras; baja hasta la puerta de su departamento; abre la puerta y se sienta en su mesa de trabajo, al fondo a la izquierda. Suspira, se lleva las manos a la frente. Se levanta de la mesa, está sudando y se dirige otra vez a la fuente de agua.

—¡Maldita sea!, ¿es que no piensan arreglar esta fuente?! —dice en voz alta.

Fran camina hasta la ventana, saca un pañuelo del bolsillo y se limpia el sudor de la frente. Ron sale de su coche aparcado en zona azul, mira hacia la ventana de la cuarta planta una y otra vez. Hay cáscaras de caracoles en el asfalto, y colillas, y cacas de perro. Fran le saluda con la mano, le hace un gesto negativo con la cabeza. Suena un mensaje en el móvil. «Lo siento Ron, seguís pendiente de asignación». Ron le devuelve el saludo, arranca y se aleja.

Sobre el autor

Stella Bono

Tras ejercer como psicoterapeuta durante quince años, es Master de Escritura Creativa por la Universidad de Sevilla. Leer y escribir le brindan la oportunidad de entender el mundo a través de la vida de sus personajes. Mostrar las emociones en lugar de ocultarlas es la manera de convivir en este planeta tan fragmentado

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