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Imagen: Manuel Alfonso
Literalia

Ocho de Marzo

Hace tres días que llueve sin parar, desde el balcón puedo ver los árboles del Parque de María Luisa, se inclinan hacia un lado y otro. Freud me da en la pierna con la pata. Sabe que es viernes. Espera su paseo largo por el parque y después la tapa de chicharrones que nos comemos a medias en el quiosco o en la bodega. «Está bien bajaremos ahora» le dije al perro.

Hizo pis en la esquina y seguimos caminando con dificultad alrededor del parque cerrado. Algunos árboles estaban cayendo, el fuerte viento y la lluvia puso la ciudad en alerta amarilla. Freud tenía las orejas hacia un lado descontroladas y me miraba sorprendido. Freud no hace caca cuando llueve por lo que nos dirigimos a la bodeguita para hacer tiempo. «Los viernes no hay prisa, tranquilo». Empapado pedí un vermú y unos chicharrones.

Antes de enamorarme de Celia, fui un hombre respetado, un psicólogo audaz, empático e inteligente. Mi experiencia me permitía calar un paciente apenas pasados cinco minutos de conversación.

Pero cuando ella apareció me pilló desprevenido. Era tan guapa, pensé que debía de ser un ángel caído del cielo.

Dijo que tenía problemas en casa que había cometido un error y que ahora no le permitían salir con sus amigas. Sus padres no comprendían su situación. Era una mujer adulta y la desquiciaba que la tratasen cómo a una niña. No soportaba pasar los días encerrada en su dormitorio sin wasap, sin internet, sin nada. Su tutor del colegio había recomendado a sus padres que la enviasen al psicólogo y aquí estaba.

Sólo estábamos allí y sí que habíamos fumado un poco de maría, la música estaba demasiado alta. Después cuando estábamos besándonos apareció la vecina del segundo. Yo intentaba explicarle a Bea que no era escrupulosa porque ella decía que me daba asco su pequeña verruga en el labio y que nunca tendría novio. Yo intentaba demostrarle que eso era una tontería por eso la besé. La vieja siempre se estaba quejando y nos espiaba, entraba despacio y nos sorprendía. Pasábamos los días allí fumando, bailando y tocando la guitarra. No hacíamos daño a nadie. Siempre subíamos a Rufo, le gustaba tomar el sol y que le rascáramos la barriga. Él tenía mejor oído que nosotras. Ladraba cuando desafinábamos. En el trastero de Bea guardábamos un par de sillas viejas y una pequeña mesita que cogimos de un contenedor. Cuando hacía buen tiempo que era casi siempre sacábamos los muebles del trastero y dejábamos pasar las horas.

Era como si Celia viniera de otra ciudad, de otro mundo, de un universo paralelo. Su forma de hablar apasionada y ese pequeño colmillo que sobresalía apenas sonreía, le daba un matiz gracioso y sexi a la vez. Por alguna razón me puse de su parte.

—Ellos quieren que estudie y demuestre que soy adulta. Mientras no saque buenas notas no podré salir ni contactar con nadie.

—Bueno, ahora estas aquí, estamos hablando. ¿A quién te refieres al decir nadie? Yo soy alguien.

—Bueno sí, nadie de mis amigos. Y eso me ahoga, me dan taquicardias cuando lo pienso. Mi frente se llena de pensamientos terribles que luchan por salir a través de mis ojos, de mis oídos y entre los dientes, tropezando con mi cráneo. Creo que morir sería un gran alivio para todos. Una solución. Ni siquiera puedo estudiar. Paso las horas encerrada en mi cuarto sin hacer nada. Siento que la vida se me escapa haciendo cosas inútiles.

—Debe ser muy doloroso sentirse así. Que quieres decir con cosas inútiles…

—Todo es inútil, mi vida es inútil. Llorar es inútil.

—Parece que eso es lo que necesitas ahora, a veces hay que parar para poder pensar y encontrar respuestas. ¿Llorar es inútil?

—Sí, porque nadie me ve. Ellos me mandan aquí para que vea las cosas como ellos. Pero qué hay de mí. Es mi vida y solo se vive una vez. Me voy a ir. Lejos. Necesito un plan. Todo es inútil. Tiene que ayudarme a salir de allí, me asfixio.

Ella pensaba que yo sería quien resolvería sus dificultades, me parecía tan tierno. Trabajar con adolescentes siempre es una dificultad añadida. Los padres se entrometen e intentan controlarte. A veces dificultan el trabajo porque quieren saberlo todo. No saben que la solución es soltar carrete y eso era justo lo que Celia pedía.

Mientras ella hablaba yo tomaba notas.

—Cuando llegaron esos chicos diciendo que eran polis estábamos en la azotea con la guitarra, el micro y el altavoz. Ni siquiera teníamos tabaco.

—Si… polis… pues enseñarnos la porra —dijo Bea—. Y todos nos reímos.

Los chicos se sentaron con nosotras. Dijeron que cantábamos muy bien que quizá podríamos…ser amigos. Estudiaban en la universidad. Dos chicos mayores interesándose por nuestras canciones. Las letras de Bea eran perfectas, tenían algo. Dijeron que tenían un contacto en una discográfica, un amigo que nos gustaría conocer. Estábamos eufóricas aunque yo intentaba no parecer emocionada. Ya sabes, hacerme la dura.

—Podríamos quedar esta noche —dijo uno de los chicos.

Bea y yo nos miramos desconcertadas, así precipitadamente nos cogió por sorpresa. Yo estaba castigada y ella no iría a ninguna parte sin mí. No se atrevía ni a mirarlos de frente. Nos negamos, pusimos una excusa tras otra que ellos rebatían. Empezábamos a sentirnos incómodas. El más bajito le pasó a Bea un brazo por el hombro. Pero entonces Bea le dio un empujón porque le había pasado la mano por encima y se estaba poniendo pesado. Y él le dio un puñetazo que le hizo sangrar por la nariz. Le dijo puta. Y Bea cayó de espaldas golpeándose la cabeza.

—Oye deja a mi amiga —eso es lo único que pude decir.

El chico más bajito que estaba a mi lado y yo, nos acercamos a socorrer a Bea. Busqué un clínex dentro de la mochila y le limpié la sangre de la nariz. Con cuidado con un poco de agua de un grifo que había al lado de la puerta. La puerta estaba cerrada y pensé que quizá pudiésemos saltar a la casa de al lado si la cosa se ponía fea. Pero la cosa ya estaba fea.

Mientras le limpiaba la sangre a mi amiga, el chico bajo y moreno me abrazaba por detrás y yo deslizaba los hombros intentando quitármelo de encima. Miraba a Bea haciéndole gestos con los ojos e intentando que se levantase del suelo pero el puñetazo la había dejado aturdida. No había ni rastro del chico rubio. Solo había desparecido. Estaba rezando y esperando que apareciese algún vecino a tender la ropa, « Dónde estará ahora la maldita vieja» me pregunté.

Intentando ser amable con el imbécil que tenía detrás y retorciéndome como una anguila, dije:

—Incorpórala un poco para que pueda limpiarle bien la sangre —Y él lo hizo.

Entre los dos sacamos a Bea de allí por la terraza colindante que siempre tenía esa puerta de metal abierta. Los días de viento daba portazos hasta desquiciarnos.

En el al ambulatorio le hicieron pruebas y dijeron que necesitaba estar en observación 24 horas. Bea se recuperó y sus padres se encargaron de que entrase en el cole cada mañana.

Decidimos denunciar. Los chicos llevaron un abogado y muchos testigos. Todos entramos en una sala. La vieja entró sonriendo y dio su testimonio. El rubio era su nieto. Dijo que éramos unas pervertidas maleducadas que cantábamos y tocábamos la guitarra a cualquier hora sin respetar a los vecinos. Que éramos tortilleras y que no nos venía mal un poco de macho para enderezarnos. Dijo que ella había cerrado la azotea para que aprendiéramos.

—Tuvimos que salir por la terraza de al lado, saltando. Pasamos a Bea casi inconsciente, recuerdo perfectamente su nariz hinchada. Solo pensaba en conseguir un médico —dije al abogado.

En el juicio también declaró la directora del colegio, dijo que hacía un mes que no aparecíamos por allí.

—Si, llevábamos un mes sin aparecer en el colegio, lo que hacíamos en casa de Bea era más interesante que toda esa mierda que aprendíamos en clase. Componer canciones y ensayar desde las ocho y media de la mañana era todo lo que necesitábamos.

—Sí, claro que me sentía alagada porque unos chicos que estaban en la universidad se interesaran por mí —respondí al otro abogado—. No entendía a que venía eso.

Celia hablaba de una manera distinta a las demás chicas que pasaban por la consulta. Describía los acontecimientos cotidianos como si narrase una novela. Y su voz quedaba perfectamente modulada a su antojo. Si describía una situación dramática, respiraba profundamente bajando levemente la cabeza y la mirada, después la subía poniéndose recta, apretando los labios y mirándome intensamente decía:

—Estoy enjaulada, lo entiende verdad, ayúdeme a escapar, no puedo vivir así, me iré muy lejos, me ahogo.

Entonces yo me sentaba muy cerca de ella, le tomaba las manos y dejaba que sus lágrimas saliesen de sus párpados lentamente, resbalando y golpeando encima de nuestros dedos como gotas de lluvia.

Bea no permitía que ningún tío se le acercase. Cuando era una niña un tío cerdo amigo de su padre la arrinconaba y la abrazaba cuando tenía oportunidad. Solo eso. Ella no hacía nada porque le daba pena del pobre hombre, de despreciar su cariño. Pero ahora estaba muy enfadada por eso. Con ella misma, con ese hombre y con el mundo en general.

– ¿Cómo te explicas que siempre apareciese cuando no había nadie delante? Tu qué crees, eres psicólogo y además hombre…No puede ser casualidad.

Después de verse en la sala con los abogados, Bea y Celia no quedaron más. Dejaron de sentarse juntas en clase y tampoco fumaban en el recreo. Celia empezó a ir con el grupo de las empollonas. Y Bea al terminar el trimestre se cambió de colegio.

Desestimaron la demanda, no vieron conveniente montar un escándalo por todo aquello. Los padres de Bea culparon al colegio por no comunicarles el absentismo en un mes. Los padres de Celia volcaron su rabia sobre las chicas y culparon a los padres de Bea. El colegio alegó negligencia paterna. Todos se acusaron mutuamente. Los dos chicos estuvieron en la audiencia previa como si no fuese con ellos, luciendo una sonrisita.

—Con Bea era como contigo ahora. Hablábamos de todo. Hablábamos de nuestros padres. De chicos. De salir de gira este verano.

—La echas de menos. — Afirmé anotando en mi libreta.

—Nostalgia y decepción. No entiendo mis sentimientos. Excepto de sexo, contigo puedo hablar también de todo. Pero si cierro los ojos puedo ver un agujero entre mi pecho y el estómago, aquí mismo —dijo tomando mi mano abierta con el pulgar hacia arriba entre sus pechos pequeños y separados—. Aquí justo aquí no tengo nada. Estoy acabada. Nunca seré nada en la vida. No sé lo que quiero ni a donde puedo ir. Ni siquiera tengo fuerzas para venir a las sesiones cada semana.

Costaba creerla, pronunciando cada palabra tranquilamente mientras bajaba levemente la cabeza y la mirada, después poniéndose recta en la silla, acomodándose, apretaba los labios y me miraba intensa y profundamente como si esperase de mi mucho más. Parecía sentirse cómoda. Le gustaba que la escuchara y que la consolara mientras enjugaba sus lágrimas con un clínex del paquetito que siempre ponía en la mesa.

Pronto la mejoría se hizo notable. Decía que gracias a mi veía la luz al final del túnel. Que cada semana se sentía más fuerte para sacar sus estudios, que sacaba buenas notas y que por fin tenía paz. Pero no parecía ilusionada, contenta solo hacía una mueca con la boca dejando a la vista ese colmillo.

Estar con Celia era una especie de retroceso en el tiempo. Era volver a tener ilusión, esperanza, pasión. Desde el primer momento habíamos congeniado y trabajado duro para conseguir el objetivo. Le dije que hiciera un resumen de sus progresos de la evolución que había experimentado a nivel cognitivo y emocional. Me sentí ninguneado, invisible.

—En fin, supongo que ya soy capaz de volar sola —me dijo—: estoy consiguiendo un buen expediente y creo que me aceptaran en el Downup School el próximo curso. Me ha venido bien charlar contigo. ¡Guau! Un año en Irlanda casi me da vértigo.

Aquel día los dos fuimos conscientes de su mejoría. Todo había sucedido tan rápido. Se levantó de repente, yo también me puse en pie cerrando la libreta. La acompañé hasta la puerta tomándola del brazo. Esperaba alguna palabra de agradecimiento de reconocimiento, una despedida algo más cálida.

—En fin, supongo que algo habré hecho bien—le dije molesto

—Por supuesto, sin tu ayuda nada de esto sería posible—respondió bajando la cabeza para subirla despacio, dándose media vuelta y acercándose para despedirse, mirándome dulcemente.

La abracé rozando su naricilla y tocando con la lengua su colmillo. —Siempre disponible para ti—le susurré al oído—. Ella se separó esforzándose por ser amable por encajar las piezas.

Supuse que no contaba con esta alternativa y ahora desconcertada pensaría en mí de esa otra forma en la que los sueños se hacen posibles al materializarlos.

A las dos semanas, Celia me dejó un sobre en el buzón. Lo olí respirando su aroma un buen rato mientras subía en el ascensor. Los cuatro pisos se me hicieron eternos. Con el corazón desbordado entré en la consulta. Me senté en la mesa. Metí el abrecartas despacio por un extremo sacando una cuartilla blanca con apenas una línea. Cerré los ojos, para disfrutar el momento. «Quizás sería un poema, una hora y un lugar para vernos». Despacio, nervioso, aturdido; « Celia», pronuncié en voz baja abriendo los ojos mientras leía:

«No entiendo lo del otro día, he estado intentando encontrarle sentido y pensar si yo había hecho algo…eres un cabrón. Celia»

Afuera seguía lloviendo y Freud me daba con la pata para que le diera un chicharrón. Lo tiré y lo pilló al vuelo. Pedí otro vermú y me acerqué a la puerta para encender un cigarrillo. El cielo gris ceniza. La tormenta golpeaba el toldo de la puerta de la bodega con fuerza. Esperaremos a que escampe le dije al perro mientras le acariciaba la cabeza.

Fin

Sobre el autor

Stella Bono

Stella Bono

Tras ejercer como psicoterapeuta durante quince años, es Master de Escritura Creativa por la Universidad de Sevilla. Leer y escribir le brindan la oportunidad de entender el mundo a través de la vida de sus personajes. Mostrar las emociones en lugar de ocultarlas es la manera de convivir en este planeta tan fragmentado

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