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Barrio de Triana/Jepeto en Flickr
Literalia

Botecitos de colores (parte 1)

Durante esta época afortunada de tu vida, cada viernes quedas con los amigos para tomar unas cervezas, hoy te ha tocado Triana. Además de un lugar para tapear el barrio te parece un observatorio y una oportunidad para poder relacionarte y charlar con personas de vidas y lugares diferentes. A todos los que allí os reunís os unen dos cosas la cerveza y el sol. La cercanía del río, el cielo azul y la belleza de la calle Betis es un decorado para dejarte llevar por «tu momento». Aunque hace frío te acercas a la orilla del río, bajas las escaleras que desembocan en el puente, el sol calienta tu piel. Una gitana te ofrece flores y compras un clavel rojo. Buscas una horquilla en tu bolso y te lo pones en el pelo, en el lado izquierdo, justo debajo de la oreja. Encuentras la barra de labios que te regaló el viernes anterior una amiga del alma cuando le dijiste que te gustaba el color. Sonríes agradecida por la vida, por el sol, por la cerveza, por los viernes, por los amigos. Respiras profundamente y percibes olor a sal. Hace muchos, muchos años, barcos de vapor salían desde aquí mismo hasta la playa, ahora una tabla de paddle surf pasa por delante de ti. Saludas al hombre que rema de pie con un niño sentado en la proa, él te devuelve el saludo. Quizá, los abuelos del hombre subieron a un barco aquí mismo. Piensas en la relación de las cosas. Te preguntas si muchos trianeros veranean en Sanlúcar de Barrameda gracias a aquellos barcos.

Pensando en todo esto y mirando al infinito mientras esperas a tus amigos, reconoces una cara familiar, «María». Te da un vuelco el corazón. Dudas mientras se acerca, parece como si no hubiese pasado el tiempo. Delgada, derecha. Su melena canosa recogida en una coleta, ese porte y esa manera de caminar como si no pisara el suelo, como desplazándose en una cinta andadora invisible. Conversa animadamente con el hombre que la acompaña. Camina en tu dirección. Se acerca. Sí, seguro, es ella. Ese modo de parpadear seguido, dos veces cada rato. No puedes apartar la vista. Algo se retuerce entre tu estómago y tu corazón. La conociste a finales de un caluroso mes de junio. Parece como si los veinte años que han pasado solo los hubieras vivido tú. Está igual, más joven dirías. Pero es ella. Tu corazón se acelera cuando pasa a tu lado, te mira, no te reconoce, sigue andando hasta desaparecer subiendo las escaleras desde la dársena a la calle Betis. Ella marcó tus primeros años de trabajo en la unidad de salud mental. Una mente lúcida que te aportó mucho más de lo que recibió y que cada miércoles te contaba la misma historia:

«Cuando la vida se pone dura se pone para todos y aunque ahora hace mucho calor y la ciudad te asfixia no siempre ha sido así. ¡Niña, qué bien nos vendría un bañito ahora! .Antes, Sevilla tenía playa. Y yo, vivía en la playa.

Mi infancia fue muy feliz sobre todo en verano. Vivía con mis abuelos en un chozo cerca de la orilla del río. Los meses de verano y cualquier día caluroso, los chiquillos después de ayudar en casa nos refrescábamos en el agua dulce y cristalina del Guadalquivir. Mis abuelos, me han criado, cómo a una princesa. Nunca me faltó de nada. Trabajé duro eso sí, sobre todo en julio y agosto.

Mis abuelos se dedicaban a vender bebidas, sardinas, fruta y todo lo que se le puede apetecer a cualquiera un día de playa. Lo que viene siendo un chiringuito; ¡El que tenía las bebidas más frías y las sardinas más frescas de la playa! El Ventorrillo de La Fernanda tenía fama mundial y no lo digo en broma. En el chozo trabajábamos y vivíamos. Eso de abierto veinticuatro horas no es invento ni de los chinos ni de los americanos. Lo inventó mi abuelita que en paz descanse. Yo a la abuela la ayudaba en todo. Éramos socias.

Nos teníamos la una a la otra. Mi abuelo se ahogó siendo yo pequeña y ese no parar de trabajar nos dio para convertir la choza en un ventorrillo.

Barcos de todos los lugares del mundo llegaban a puerto cargados de mercancías. Y mi abuelo en su barca cruzaba pasajeros de orilla a orilla durante todo el día y por la noche cruzaba con la abuela a por ropa sucia de los marineros. En casa se aprovechaba cada oportunidad para ganar dinero. Hacíamos negocios y juntamos bastante. Ellos se las arreglaban para trapichear con algunas cosas que les ofrecían en los barcos o que compraban por poco y luego revendíamos en la playa. . A mí me tocaba lavar la ropa en el río. Las sacas de ropa sucia de los marineros que al día siguiente devolvíamos limpia y planchada.

Así transcurría mi vida, entre días soleados, orillas y ropa sucia. Los niños, andábamos libres por las tardes al salir del colegio. Donde yo vivía siempre había algo que hacer y que contar. Debido a la cercanía del río y a la compraventa nos enriquecíamos con avatares de personas de distintos lugares.

Con el tiempo, los abuelos fueron prosperando, hasta cierto punto.

—En la vida, hay que trabajar mucho mientras eres joven hija, pero con un objetivo: guardar. ¡Qué a todo se acostumbra uno menos a no comer! De vieja se te mete la humedad en los huesos y el rencor en el corazón si no has comido y bebido lo suficiente.

La abuela aspiraba a tener un restaurante alejado del río. El abuelo parecía estar perdiendo interés por el ventorrillo y el comercio en la otra orilla. Se apoderó de él una actitud desentendida e inquietudes ociosas. Vivía obsesionado por el vino, la guitarra e ir a Sanlúcar de Barrameda en el vaporcito que salía desde el puente».

María aquí suele hacer una pausa y se levanta de la silla anodina de hospital para sentarse en la solitaria cama de la habitación:

—Ven aquí, siéntate a mi lado. —Te Dice dando golpecitos en la sábana blanca.

Tú obedeces en silencio. Sentándote a su lado la dejas continuar.

«Un domingo por la noche al regresar de la otra orilla, los abuelos discutieron, gritaron y se pegaron. El abuelo quería coger un vapor por la mañana para ir a la playa como un señor:

—Fernanda son trece pesetas, iremos a Sanlúcar de Barrameda ¡Cómo señores! Veremos el mar —el derroche desmedido del abuelo provocó la ira de la abuela.

— ¡Estás perdiendo la chaveta Antonio! ¡Pero si en Sevilla el agua es una maravilla! Además no sacaré de los ahorros ni un centavo. Lo necesitamos para dejar el trapicheo nocturno. ¡Que vamos cumpliendo años! ¡No, no y no! Estás loco, ese dinero es para el ventorrillo y para dejar de cruzar la orilla cada noche.

—Anda reina mora, anda Fernandita. —El abuelo reía. —Llevamos a la niña a ver el mar para que sus ojos rompan a verde ¡No seas judía!

— ¡No y no! Dentro de poco compraremos una casita lejos del río y haremos un restaurante. Con el tiempo Antonio. Ahora nos toca juntar y aguantar. ¡Mientras seas yugo aguanta, Antonio!

—Juntar y juntar, ¿Cuánto más hay que juntar? ¿Cruzamos la orilla para que te abras de piernas? ¡Así juntamos antes!

— ¡No irás, Antonio! Si sales no vuelvas—dijo la abuela amenazante.

Los abuelos forcejearon, gritaron, lloraron y se pegaron en la puerta del chozo. La abuela amaneció con un ojo morado y llena de arañazos, no dijo nada en toda la mañana, solo suspiraba negando con la cabeza.

Esa misma noche el abuelo se echó al agua río arriba. Me hice la dormida cuando entró a despedirse. Recuerdo sus palabras, su aliento dulzón a vino y los tropezones:

—Mariquilla, tendrás tus ojos verdes como está escrito. Te traeré agua de mar en una garrafa y algún “pescao” para que la abuela no se enfade. ─dijo abriéndose los ojos con los dedos y riendo a carcajadas.

Sí, se puede decir que hasta entonces tuve una infancia feliz; las noches de luna el abuelo tocaba la guitarra y la abuela cantaba bajito. Yo me quedaba dormida mecida por las notas y el sonido de agua dulce.

El abuelo decía que a mis ojos pardos le faltaba un último empujón para romper a verde. Que yo nací sirena con destino Cádiz, pero la cigüeña pasó por Sevilla y distraída con la belleza del río me dejó caer en la choza. Me quedé con los ojos “entreveraos” pero no para siempre. Algún día vería el océano y recuperaría lo que estaba en mi destino, unos ojos verde mar.

Dos días después lo trajeron muerto.

La abuela quemó la guitarra y lloró durante seis días seguidos. La sal le quemó las pestañas y dibujó dos surcos en sus mejillas. Cuando terminó de llorar me dijo:

—Ahora, te encargarás de la barca. —Yo le respondí con un gesto afirmativo y silencioso».

(CONTINUARÁ…)

Sobre el autor

Stella Bono

Tras ejercer como psicoterapeuta durante quince años, es Master de Escritura Creativa por la Universidad de Sevilla. Leer y escribir le brindan la oportunidad de entender el mundo a través de la vida de sus personajes. Mostrar las emociones en lugar de ocultarlas es la manera de convivir en este planeta tan fragmentado

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