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La era

Éxodo rural

En Mayo del 68 estaba yo todavía en Pruna, el pueblo donde nací. Ocupados en sobrevivir en la posguerra, Francia nos quedaba muy lejos. Sabíamos de su existencia por un bote de cristal que se cerraba herméticamente y que llevaba escritas las palabras “Le parfait” y que usábamos para echar uvas en aguardiente. Nadie sabía lo que querían decir aquellas palabras que podíamos tocar con las manos, sólo que nos lo regaló un familiar que iba todos los años a la vendimia.

Al poco tiempo, principios de los 70, nosotros marcharíamos a la ciudad. Mis padres siguieron los pasos de otros familiares (efecto llamada) que habían salido para trabajar en los hoteles de Torremolinos, Mallorca o Barcelona. Primero partían solos y al poco tiempo, iba llegando el resto de la familia (reagrupación familiar).

En mi caso, seguimos a mi hermana que había encontrado trabajo en una confitería y vivía con mis tíos en este pueblo tan cercano a Sevilla, Alcalá de Guadaíra y donde se creó, en los años sesenta “el polo de desarrollo”, o sea, la industria. Mis tíos habían montado un bar y mis primos se habían colocado en las fábricas.

Aquí llegamos todos, a un piso alquilado, y donde no hubo otra que adaptarse. Veníamos del campo, donde teníamos casa grande, animales…mucho aire y todo el horizonte para explorar.

Ahora estábamos nueve personas encerrados entre cuatro paredes-tres habitaciones, una pequeña cocina, una salita, el baño y el salón-. Mis hermanas habían entrado en los almacenes de aceitunas que eran muy numerosos en Alcalá por aquel entonces. Todos “arrimaban el hombro”, menos los más pequeños que seguíamos los estudios en el Instituto.

Y no es que quiera contaros “mis memorias”, sino mi infancia y mi juventud, en aquellos años duros en los que sólo conocíamos lo que se nos decía por la radio-del régimen-o en la escuela, la sección femenina, o la casa de la juventud a cargo del cura del pueblo. Ya os las iré desgranando.

¿Forman parte mis recuerdos de la tan traída y llevada “Memoria Histórica”? Pues sí. Ya con veinte años, no conocía más que la “Formación del espíritu Nacional” que nos daban en clase de Política, donde nos hacían estudiar los nombres de todos los ministros de Franco que memorizábamos muy bien, porque siempre eran los mismos. También hablábamos sobre la Justicia social (¿Cuál?).

Cuando era chica, vivíamos todos en el campo, en La Fuente Del Duque. En la casa no había luz ni agua corriente. Nos alumbrábamos con unos candiles, un carburo y algún quinqué. Mi padre iba al pilar a por agua con una mula a la que ponía unas angarillas con cuatro cántaros. Si queríamos lavar la ropa, acudíamos al pilar y lavábamos con un jabón redondo llamado “Flota”, en la última pila, y la tendíamos en los matorrales. En las otras dos bebían las bestias, y en la primera cogíamos el agua para beber, hacer la comida y asearnos. Recuerdo que en el fondo del agua había unas sanguijuelas que se les pegaban a los mulos y les chupaban la sangre y había que quitárselas con las manos.

Teníamos también una radio que poníamos por las tardes para escuchar las “radio-novelas”-Ama Rosa, Lucecita, La rata blanca-que eran como las telenovelas de ahora o las series modernas. Por las noches, cenábamos una “olla” de garbanzo con “pringá” y un “vinagre” que se hacía con agua, sal, cebolla, aceite y vinagre, en un plato de porcelana. Ese era el postre. A las diez oíamos el diario, sentados en el umbral de la casa, junto a mi padre, que esperaba a que terminaran las noticias-todo iba bien, Franco, el caudillo, había inaugurado otro pantano o había pescado un pez enorme-para escuchar el “Cante Flamenco”. Le encantaba Rafael Farina, La niña de la Puebla, Dolores Abril y Manolo Caracol, Juanito Valderrama, La Niña de Los Peines y Antonio Molina.

Cuando radiaban el fútbol, venía su primo Joaquín, que era “mocito” y se quedaban todo el rato con la oreja pegada a la radio, porque él no tenía.

Y después, todos a la cama, a dormir en aquellos colchones de paja que fuimos cambiando poco a poco por los de lana. Algunas noches contábamos historias o nos íbamos a la casa de los primos de mi padre. Su tío Serafín nos contaba cuentos de príncipes y princesas, de lobos e historias de miedo. ¡Cómo narraba aquellas historias! ¡Nos parecía estar viendo todo lo que él contaba!

Por la mañana, muy temprano, a eso de las cuatro de la madrugada, mi padre se levantaba a echar de comer a las bestias y ponía la cafetera en el anafe preparándonos un café negro de malta. También nos hacía unas rebanás o pan frito. Siempre nos preguntaba, niños ¿qué os gusta más, el pan frito o la rebaná? Y mi madre, cuando veía que no nos levantábamos, nos llamaba más fuerte diciendo “levantarse, hijos, que tu padre ha comprao un cortijo, poco pan, pero buen cortijo”.

Había que ayudar y, según la época del año se hacían unas faenas u otras: arar, sembrar, escardar, segar, barcinar o trillar en la era y después aventar con la pala y el viergo para que quitar la paja y poder guardar el trigo en los talegos que llenábamos con una cuartilla. Con la paja que quedaba en la era hacíamos unas “camas”, en la que poníamos las sábanas, una manta y una cabeza de ajo para espantar a los alaclanes. Más de una noche tuvimos que salir corriendo porque se ponía a llover y nos teníamos que meter dentro de la casa.

Yo no fui al colegio hasta que no tuve seis años, empezando por el catón, después el parvulito y luego el de ingreso. Pero mis hermanos habían tenido un “maestro nacional” que venía a darles lección, a lomos de un burro, casi siempre a la hora del almuerzo: un huevo frito con pimientos, recién recogidos. Con una pizarra y un pizarrín, mis hermanos aprendían las cuatro reglas-sumar, restar, multiplicar y dividir- y en un cuaderno que mi padre les había traído del pueblo, hacían muestras hasta llenar una plana-una cara de la hoja-.

Como yo era muy chica, no daba lección, pero me ponía al lado y algo iba pillando. Mi madre, por su parte nunca recibió “lecciones”, pero aprendió a leer las cartas que su hermano Pepe le mandaba desde el frente…esa es otra historia que, como decían en “Don Quijote” no queríamos recordar. El éxodo del campo a la ciudad, porque el campo ya no se sostenía, supuso para nosotros un cambio , una ruptura con nuestros orígenes, aunque mejoráramos económicamente. A mi padre le hubiera gustado tener cinco gañanes por lo menos que le hubieran ayudado a trabajar la tierra, pero como a la casa sólo llegaban hembras…tuvo que dar su brazo a torcer . Allí quedaron todos los aperos y casi todo el mobiliario. Pero conseguimos traernos los recuerdos y mantenerlos vivos, mientras la enfermedad del olvido no se acuerde de nosotros. Dicen que un pueblo es también su historia. Lo que fue y lo que es conformarán su futuro.

Decía mi tío que en Pruna éramos cabeza de leones y ahora, en Alcalá, nos habíamos convertido en cabeza de ratones. De tener trabajadores a su cargo, mi padre había pasado a peón albañil. Después trabajó en una fábrica. Pero a pesar de ello, no quiso volver más al campo, mientras que mi madre, cuando el tiempo del olvido la alcanzó, quería volverse todas las tardes.

Sobre el autor

Lucre Romero

Lucre Romero

Maestra, especialista de francés. Titulada por la Escuela Oficial de Idiomas, colabora en La Voz de Alcalá desde el año 2003 y en el periódico local 'La higuerita' de Isla Cristina desde el año 2010. Desde 2014 coordina El Club de Lectura en Francés en la Biblioteca José Manuel Lara.

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