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Pista de despegue del aeropuerto / SA
La era

Viajes low cost: barato, barato

Hace décadas, ya nos animaba la Orquesta Mondragón a realizar este tipo de viajes con su canción ‘Viaje con nosotros’: “Viaje con nosotros/si quiere gozar./Viaje con nosotros/a mil y un lugar/ y disfrute/de todo al pasar… Quien compra nuestro billete/compra la felicidad”.

Este verano viajamos “por todo lo alto”, de low cost, que quiere decir en nuestra lengua ‘bajo costo’. O, lo que es lo mismo, barato, barato.

Nos fuimos a una agencia de viajes y nos lo arreglaron todo. No tuvimos que mover ni un dedo. Por poco más de 3.000 euros, nos llevaron y nos trajeron a los cuatro. ¡Una semana en Tenerife, todo incluido!

Primero, claro, al ser un paquete, tuvimos que coger dos aviones, porque no había vuelo directo. ¡Mira que a mí me dan yuyu los aviones y, por más que crea en la física, no me explico cómo un trasto tan grande es capaz, primero, de levantarse y alcanzar esas alturas y, después, de saber por dónde va, sin chocar con otro avión, o atravesar esas turbulencias, que parece que fuéramos en un carrusel de feria. Y, por último, tomar tierra, que algunas veces dan un panzazo… como si nos fuéramos a hartar.

Pues dos aviones. Nos fuimos a eso de las 15:00 horas, casi sin comer, porque el avión hasta Valencia salía de San Pablo a las 16:30 horas. Y, aunque no teníamos que facturar, íbamos con tiempo por si surgía un imprevisto. Cada uno con nuestra maleta individual, llegamos al aeropuerto en un taxi y allí esperamos hasta la hora del embarque, a las 15:55 horas. Era un avión de Ryanair. Menos mal que no nos pilló la huelga.

– ¡Atención, embarcamos! Bueno, es un decir. Porque nos hicieron bajar por unas escaleras con las maletas a cuestas para llegar a las pistas, a pleno sol, y nos obligaron a ponerlas en el suelo y llevarlas en la bodega. Eso sí, sin sobre coste. ¿Pues no decían que no teníamos que facturar? Vaya, primer inconveniente: había dejado los bocadillos en mi maleta. Tendríamos que comprarlos en el avión, con lo malos y caros que son, que una botella de agua te vale tres euros y una cerveza, cinco. Y un sándwich de pan Bimbo, por lo menos 3,5 euros. Habíamos comprado agua esperando el embarque, cara también, porque la que traíamos de casa nos la quitaron al pasar por el control. Ésa es otra, unas colas… ¡de Expo 92!

Subimos, por fin, las escaleras del avión, que parecían que fuéramos a volar antes de tiempo de lo endebles que eran. Al final, no íbamos juntos, cada uno tenía un asiento diferente. Se entiende que como es de low cost… Todo el mundo se puso a intercambiar asientos y, antes de que las azafatas comenzaran a decir que por favor ocupáramos nuestros asientos, ya nos habíamos cambiado y, por lo menos, cada uno iba con un chico, aunque tres filas más atrás. Los asientos, de tres en tres, van tan juntos que apenas nos podíamos mover. Y, encima, si te querías levantar para ir al baño, tenías que molestar a los otros pasajeros.

Comienza la azafata a dar las explicaciones del vuelo, las salidas de emergencia y cómo ponerse el salvavidas de una manera tan rápida que no me había dado cuenta de que estaba hablando, primero, en inglés. Cuando repitió las instrucciones en español, pude asomarme y ya no vi ni la azafata ni el salvavidas por ningún lado. Entonces, me puse a leer las instrucciones que vienen pegadas al asiento delantero para caso de emergencia y el señor de al lado me dice: “el avión es el medio de transporte más seguro que hay, el que tiene menos accidentes y, además, si por un casual pasa algo, ni te enteras”. Sí, ya me sentía mejor… ¿…?
Bueno, vamos allá. Cinturón puesto, mesa cerrada y… ¡a volar!

Terminas de abrocharte el cinturón y oyes una voz que te dice que, en breve, pasarán a ofrecerte los productos del catálogo que, tan amablemente, te han ofrecido a la entrada, después de que pase el carrito con comidas calientes y bebidas frías. Y, por último, nos venderían unas papeletas de rasca y gana con premios desde 100 a 3.000 euros, al precio de dos euros. Y, por cinco euros tan sólo, siete… La primera vez que cogimos un avión, si mal no recuerdo, nos ofrecieron un aperitivo, una bebida y un periódico gratis. Claro, pero entonces era Iberia, la única que había, y volar te costaba una pasta. Ahora, dicen algunos que han cogido vuelos por tan sólo 20 euros para Londres. ¡Eso tiene que ser una leyenda urbana!

Llegamos a Valencia a las 18:35 horas. Otra vez bajar las escaleras, atravesar la pista, asaítos de calor, recoger las maletas y a esperar. Misma operación de embarque. Soltar las maletas. Me apresuré a sacar los bocadillos. El vuelo no salía hasta las 21:30 horas, hora peninsular, y llegaría, después de dos horas, a Tenerife a las 22:40 horas, hora canaria. Total, que ganamos una hora. Ponte tú a buscar un taxi en el aeropuerto, a las 23:00 horas, después de haber recogido las maletas y comprobar que el último autobús salió a las 22:30 horas.

A eso de la media noche, estábamos registrándonos en el hotel. Los críos estaban muertos de sed y les ofrecieron unas botellas de agua para cada uno. Y no se las cobraron ni nada. Después de anotar nuestros DNI, nos dieron unas pulseritas azules y nos dijeron que teníamos que llevarlas siempre puestas, hasta que terminara nuestra estancia en el hotel. O sea, toda una semana con la dichosa pulserita. Dicen que así se distinguían los que íbamos de todo incluido de los de media pensión.

Un guarda jurado nos acompañó a la habitación y comprobamos que nos habían preparado una cena fría -unos sándwich, zumo y fruta-. Mañana debíamos aparecer por el comedor para el desayuno entre las 8:00 y las 10:30 horas. Pusimos el reloj a las 9:00 horas, para que nos diera tiempo de prepararnos y no llegar tampoco de los últimos, que seguro que después quedaba lo peor…

¡Oh, sorpresa! Eran las 10:15 horas, por lo menos, y comprobamos que había buffet. Así que siguiendo el refrán de adonde fueres, haz lo que vieres, nos dispusimos a observar a la gente. No sabíamos dónde mirar, pues había de todo: frutas, zumos, chacinas, huevos, pan de molde, de barras, dulces… En el almuerzo y la cena, toda clase de comidas: de estilo inglés, asiáticas, carnes, pescados, tortilla francesa o española, paellas valencianas. Te podías hacer todas las combinaciones posibles. Y, los postres, todo lo que te puedas imaginar: helados, chocolate y chuches… ¡Qué derroche! Si allí había para dar de comer a un regimiento… El primer día nos dimos un atracón y poco a poco fuimos bajando el ritmo y comíamos menos -un poquito de cada cosa-.

La verdad que el hotel estaba muy bien, sobre todo para los niños. Había un montón de actividades, con un monitor, durante todo el día. Después del desayuno, se apuntaban en un panel digital que había a la entrada del comedor. Así sabíamos a qué hora hacían una cosa u otra. Total, casi todo el día estaban divirtiéndose, unas veces en las piscinas, en el parque, jugando, competiciones de videojuegos, caza de tesoros… Por eso pudimos hacer pocas excursiones para las que el hotel nos había preparado picnis, dos en concreto: una para hacer la ruta de Los Dragos, en la Guagua, y otra al Parque Nacional del Teide, montados en camellos. Ésta última nos encantó.

El hotel tenía dos piscinas familiares, una sólo para adultos y una olímpica. También tenía un gimnasio, zonas infantiles y varias tiendas alrededor, donde compramos los souvenirs. Por las noches tomábamos cócteles mientras oíamos una orquesta o una cantante y… ¡sin tener que pagarlos! Cogíamos una… había preparada una barra entera y tú te servías lo que quisieras. Todo el día nos lo pasábamos comiendo y bebiendo gratis.

La semana pasó… volando. Los niños se lo habían pasado pipa y nosotros nos habíamos hartado de todo. Pero, claro, ver lo que se dice ver la isla… muy poco. Apenas sí salimos del hotel, que de noche, con las luces, parecía una gran ciudad.

La vuelta, Tenerife-Sevilla directo. Vinieron a recogernos unos amigos porque había huelga de taxis. Al final, gastamos más de la cuenta. Como decía mi abuela, lo barato, sale caro.

La próxima vez nos vamos a Punta Umbría, que hay un hotel igual que éste, también del todo incluido, y nos ahorramos el vuelo.

Sobre el autor

Lucre Romero

Lucre Romero

Maestra, especialista de francés. Titulada por la Escuela Oficial de Idiomas, colabora en La Voz de Alcalá desde el año 2003 y en el periódico local 'La higuerita' de Isla Cristina desde el año 2010. Desde 2014 coordina El Club de Lectura en Francés en la Biblioteca José Manuel Lara.

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