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Salvemos al Oviedo

En un clima de angustia existencial tan acuciado como el vive actualmente España, cualquier propósito, por absurdo y escandaloso que sea, puede llegar a adquirir tintes mesiánicos. Cada persona se busca su propia meta, el objetivo irrenunciable mediante el que vertebrar la poca esperanza en un mundo que parece derrumbarse a nuestro alrededor.

Y es que cuando el capitalismo nos ahoga en el espejismo material que él mismo conformó ante las miradas fascinadas de todos, tan sólo quedan las ideas, los valores vacuos y retóricos del imaginario colectivo más rampante, para salvar los restos del naufragio a los que aferrarse como únicas posesiones de un nuevo proyecto fracasado, de un golpe de estado más a la historia humana y a su incapacidad para conformar algo de lo que sentirse orgulloso.

Por ello, mientras las personas saltan al vacío desde sus hogares hipotecados, rebuscan en los cubos de basuras y hacen cola disimuladamente en los comedores sociales, otras tantas, quizás en una situación similar, se obcecan en rescatar arquetipos tan peregrinos como un equipo de fútbol. Cuando ya no queda nada por lo que luchar en la vida, lo más factible es esconder la frustación bajo los colores de una bandera, los simbolos de una enseña o los deshilachados valores del pasado.

En los últimos meses, la catastrófica situación financiera del Real Oviedo, equipo histórico que milita actualmente en la 2ºDivisión B tras una gestión administrativa y deportiva lamentable, impulsó una campaña institucional continuada por distintos colectivos ciudadanos para evitar su disolución definitiva. Para ello, se debía recaudar algo más de 2,5 millones de euros a partir de pequeñas donaciones de 10 euros y del apoyo más sustancioso de otros inversores. De este modo, jugadores de su cantera como Juan Mata, Michu, Santi Cazorla o Adrián han contribuído a la causa, así como equipos como el Real Madrid, que ha donado 100.000 euros.

En total, han sido más de 20.000 accionistas minoritarios los que han participado en la campaña, coronada por la fulgurante entrada en el escenario del magnate mexicano Carlos Slim, el hombre más rico del mundo según la revista Forbes, quién ha inyectado dos millones de euros a las necesitadas arcas del club y se ha convertido en su accionista mayoritario con una participación de en torno al 35%.

De algún modo incomprensible y absolutamente kafkiano, la causa del Real Oviedo ha llegado a los corazones de todos los españoles tras la pertinente propaganda sentimental de los medios de comunicación deportivos, lo cuales corroboran su preocupante discapacidad cognitiva (es decir, su estupidez supina). Pero, ¿en base a qué? ¿qué extraño resorte puede ser accionado para sentir como algo tuyo, algo adherido a tu identidad, el futuro de un equipo de fútbol?

Los recovecos de la naturaleza humana son inescrutables, pero aún lo son más los de las distintas formas de su idiotez. Más allá de la inmoralidad sustancial que supone pedir dinero con el objetivo de que una empresa continue existiendo para mayor gloria de sus administradores en una coyuntura económica marcada por las carencias patentes de la población (no sólo en lo que se refiere a comida, techo o servicios básicos, sino también a decencia política o sentimiento de comunidad), cabe examinar por qué extraña inducción mental la afición de este equipo cree que, a partir de ahora, tendrá algún rol trascendental en la trayectoria del mismo, como si el bueno de Carlos Slim fuese un samaritano que devuelve al pueblo lo que es suyo.

Hay tantos motivos para no creer en el futuro de esta sociedad que la posición ideológica más acorde para subsistir sería la de un nihilismo existencial de nuevo cuño mediante la que fomentar un aislamiento total de aquellos focos de imbecilidad más peligrosos. O quizás, en un ejercicio de supervivencia pragmático, deberíamos poner en standby nuestra conciencia, cubrirnos con una bufanda de los colores que más nos gusten y gritar consignas sin sentido apelando a los sentimientos más primitivos del ser humano. Cuestión de gustos. Todo sea para no afrontar la tétrica realidad que nos circunda.

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Sobre el autor

Jesús Benabat

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