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El patio

El 28F y la dignidad del andaluz

Hace 25 años, dos niños nacieron en el mismo día, la misma ciudad y bajo el mismo techo. Por motivos que no merecen la pena ser descritos, Luis, uno de los dos pequeños, viajaría a Andalucía unos meses después. En el caso de Manuel, sin embargo, el destino quiso que se quedara en la ciudad que lo había visto nacer, Madrid.

Los primeros años de sus vidas fueron muy felices. En casas distintas, pero con unos padres igual de atentos, cariñosos y orgullosos del porvenir de sus hijos. Cada día, aprendían una palabra nueva que les ayudaba a expresar lo que tenían en sus corazones. De vez en cuando, eran corregidos porque, según decían los mayores, cometían algún que otro error al hablar. Ellos, por supuesto, escuchaban atentamente y trataban de corregir sus fallos.

En la escuela, los dos pequeños comenzarían a aprender un sinfín de cosas nuevas. Entre ellas, palabras que no habían oído nunca, y otras que sí conocían pero que, en el caso de Luis, nuestro protagonista radicado en el sur de la península, había pronunciado mal durante su corta vida. Como si esto no fuera suficiente, algunas de las expresiones que Luis había aprendido de sus padres y abuelos tampoco eran bien recibidas en la escuela. Mientras tanto, Manuel no tenía este problema ya que su forma de hablar, sin que él lo hubiera elegido, se correspondía con la norma establecida.

Los dos niños pasaban las tardes frente al televisor viendo películas, dibujos animados y series. Manuel no se percataba, pero Luis veía que los personajes de sus programas favoritos no hablaban como él, sus padres o sus amigos. En algunas ocasiones, sí que reconocía su forma de hablar en algún personaje gracioso, vago o con cierta tendencia a hacer cosas estúpidas. Él se reía con ellos, todos lo hacían.

Pasados los años, los dos adolescentes comienzan a tener experiencias, cada vez más frecuentes, con personas de otras comunidades. En sus viajes, a Luis le dicen que no habla bien y no se le entiende, algo que nunca había escuchado antes. Para convencerle de sus supuestos errores, le dicen que muchas de las palabras que ha utilizado desde pequeño, a pesar de la insistencia de algunos profesores, no se encuentran en un diccionario al que todos acuden para decidir quién lleva la razón y quién no. Luis lo piensa con detenimiento, y le da rabia darse cuenta de que no puede argumentar contra esos comentarios. Es verdad, él no habla como los periodistas que aparecen en el telediario o los personajes que aparecen en sus libros y películas favoritas. Duda, y piensa que a lo mejor tienen razón, quizá él no habla bien.

Tras acabar sus estudios, nuestros dos personajes se reencuentran, aunque no lo sepan, en una sala de espera para hacer en su primera entrevista de trabajo. Manuel entra primero, y contesta a todo con soltura. Una vez llegado su turno, Luis no es menos, y habla con la misma capacidad. Sin embargo, no se ha expresado como él suele hacerlo. Es consciente de su ‘acento’ – imposible no serlo, si se lo han repetido hasta la saciedad- y ha tratado de suavizarlo, aunque sabe que lo podrían haber entendido igualmente. Piensa que no lo van a tomar totalmente en serio, ya que su forma de hablar a menudo se asocia con chistes y contextos en los que el andaluz no sale bien parado. A pesar de que nuestros dos protagonistas nacieron en el mismo año, el mismo día y bajo el mismo techo, uno no está seguro de su forma de hablar en ciertos momentos de su vida, y el otro sí. La injusticia se manifiesta de muchas formas en nuestra sociedad, y esta es una de ellas.

La acumulación de experiencias de este tipo hacen que un día Luis se pregunte por qué le siguen diciendo que habla mal, y por qué siente que tiene que cambiar su forma de expresarse en algunas ocasiones. Sabe que si pregunta, todos le dirán que lo que él utiliza tiene un carácter secundario, lo llaman dialecto, y es un derivado de algo más grande que lo envuelve todo. Sin embargo, estas explicaciones ya no le valen y decide no aceptar las reglas que le han enseñado desde pequeño sin criticarlas. Todas las veces que fue corregido en base a unas normas que otros escribieron, no determinan quién se expresa bien y quién no. Nadie puede tener tal poder en nuestra sociedad, ya que un lenguaje no es algo inamovible y constante que puede ser controlado de esa manera, aunque lo intenten.

Hoy, en el día de Andalucía, Luis sonríe al pensar que aquellos que creían, y todavía creen, tener la razón cuando le corregían, no podían estar más equivocados. Él nunca ha hablado mal, sino distinto; ese diccionario que regula lo que es ‘correcto’, y lo que no lo es, ya no le sirve. Hoy, Luis, reivindica lo andaluz en todas sus dimensiones sin tratar de ser más que nadie. Lo hace para defender su dignidad y la de su familia a la hora de comunicarse y convivir con los demás. No se da cuenta, pero esta reivindicación también la hace por Andalucía, España, y la humanidad.

Sobre el autor

Daniel Gallardo

De padres gaditanos, nació en la Alemania dividida de 1987. Lo único que tiene claro es que la humildad y el olor de su tierra no se le han olvidado y que, a pesar de que cada región es especial en sí misma, a la hora de entender problemas locales y globales es necesario considerar a todos los pueblos por igual.

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