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El patio

Igualdad y cuotas de representación

El mes pasado fue el Día Internacional de la Mujer, un día que pone de relieve la lucha por conseguir que la mitad de la población tenga los mismos derechos y posibilidades que la otra mitad.

A pesar del apoyo multitudinario de nuestra sociedad a alcanzar cuotas superiores de igualdad de género, las acciones o políticas para conseguirlo suelen ser, en algunos casos, bastante controvertidas.

Una de las medidas que suelen generar bastante polémica son las cuotas de representación femenina que, como ya sabéis, se establecen para asegurar un cierto equilibrio entre el número de hombres y mujeres en ciertas instituciones u organizaciones.

¿Por qué son tan controvertidas estas cuotas? Por un lado, los que las defienden entienden que con este tipo de medidas, las mujeres que son tan capaces como los hombres lo tendrán más fácil para acceder a ciertos puestos que de otra forma no podrían acceder. Por otro lado, los detractores de las cuotas de representación femenina argumentan que son discriminatorias y que violan los principios de la meritocracia. Se preguntan, ¿por qué el género de una persona tiene que ser más importante que su experiencia u otras cualificaciones para un puesto de trabajo? Si hay menos mujeres en política o en consejos de administración de grandes corporaciones, dirían, es porque ellas tienen otras prioridades, y deciden voluntariamente no optar a esos puestos.

Mientras que ambas posiciones tienen argumentos que no se deberían desmerecer a priori, creo que antes de comenzar a discutir sobre si este tipo de políticas son justas o no, hay que demostrar si existe realmente un problema de desigualdad, o si la situación actual obedece a diferencias entre las preferencias de hombres y mujeres.

Sin lugar a dudas, y con datos serios a mano, en la sociedad española tenemos un problema tremendo de desigualdad de oportunidades. En nuestro país, una mujer gana de media un 20 por ciento menos que un hombre en igualdad de condiciones (es decir, con el mismo nivel educativo, experiencia, edad y un largo etcétera). Si usted es particularmente escéptico del caso español porque no cree que los datos sean fiables, debería saber que la brecha salarial entre personas de distinto género es algo común en otros países de nuestro entorno y que, además, tiene una larga historia.

Por lo tanto, aquellas personas que se opongan al establecimiento de cuotas de representación, porque piensan que el género de una persona no es un atributo relevante para un puesto de trabajo, deberían tener en cuenta que, en la práctica, el simple hecho de ser hombre o mujer determina una parte importante de su salario. Uno de los factores que influyen en este proceso es la mayor carga de trabajo doméstico que tradicionalmente soportan las mujeres, ya que las hace menos flexibles y, por lo tanto, las penaliza en ocupaciones que requieren estar presentes en el puesto de trabajo durante muchas horas (por ejemplo en la abogacía). Otro factor mucho más sutil, y que varios estudios han demostrado, es que los niveles de desigualdad de género vigentes crean una especie de círculo vicioso, en el cual consejos de administración, formados principalmente por hombres, emplean con menos frecuencia a mujeres, a pesar de que tengan las mismas cualificaciones que los candidatos masculinos.

Si usted está a favor de la equidad de género, estará de acuerdo conmigo en que esta dinámica es muy injusta, ya que determina la posición de una persona en nuestra sociedad en función de algo que no puede elegir, en vez de usar como referencia otros elementos más relevantes para un puesto de trabajo como la capacidad de trabajar en equipo, el dominio de idiomas o el nivel de estudios.

En muchas ocasiones he escuchado y leído a gente a favor de la igualdad de género, pero que no está a favor de las cuotas de representación. Sin embargo, si estamos de acuerdo en que la mitad de nuestra población vive actualmente en un sistema que la valora de una forma injusta, creo que también estaremos de acuerdo en que este tipo de medidas con potencial para romper dinámicas discriminadoras pueden ser muy útiles para construir una sociedad más justa con nuestras abuelas, madres o hermanas. Una sociedad que les permita liberar su potencial para crear una sociedad donde todos vivamos mejor.

Sobre el autor

Daniel Gallardo

Daniel Gallardo

De padres gaditanos, nació en la Alemania dividida de 1987. Lo único que tiene claro es que la humildad y el olor de su tierra no se le han olvidado y que, a pesar de que cada región es especial en sí misma, a la hora de entender problemas locales y globales es necesario considerar a todos los pueblos por igual.

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