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Prismáticos, El Mirador de Manuel Visglerio
El Mirador

Derecho a decidir

Como todo el mundo sabe, al menos los que han seguido alguna vez al roquero sevillano Silvio lo saben, cuando el rey San Fernando conquistó Sevilla lo primero que se preguntó fue: ¿dónde está mi Betis? Pero lo que muchos no sabrán, bromas aparte, es que entre las huestes que conquistaron el reino sevillano se encontraban cien caballeros catalanes y aragoneses y un grupo indeterminado de peones del mismo origen; a los hidalgos, en el repartimiento posterior, les correspondieron casas en Sevilla en la calle Albareda, llamada entonces de los Catalanes y, además, tierras en distintos pueblos, especialmente en Camas y Coria del Río.

La presencia catalana se explica porque el príncipe Alfonso, el futuro Alfonso X el “Sabio”, se había casado con Violante de Aragón, hija de Jaime I el “Conquistador”. El enlace tuvo sus consecuencias, porque después de los conquistadores vinieron los repobladores catalanes (Arnau, Berenguer, Bernat, Vidal…) que se repartieron por todo el reino de Sevilla y con el paso de los años los mercaderes, entre los que, curiosamente, según documentos de la época de los Reyes Católicos, aparecen un Gabriel Mas y su hermano Pedro Mas y un tal Perot Forcadell, apellidos, por cierto, muy en el candelero en estas calendas.

Pero ésta no fue la primera vez en la que los catalanes metieron sus “sucias manos” por estas tierras, siguiendo el vocabulario rufianesco, que por cierto no comparto; ya en el año 1212, en la Batalla de las Navas de Tolosa, que no está en Guipúzcoa precisamente, sino en Santa Elena (Jaén), un ejército al mando de Pedro II de Aragón formó parte de las tropas de todos los reinos cristianos de la península que vencieron a los almohades; suceso que algunos historiadores consideran la primera piedra de la España moderna; la fundación definitiva, según los mismos historiadores, se produciría tras la conquista de Granada en la que, otra vez, participaron las tropas aragonesas, tras el braguetazo de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, que sin hacer un referéndum habían decidido por sí mismo unir las dos coronas. Después, fruto de la parentela real, vendrían los Austrias, con Felipe el “Hermoso” como fundador de la dinastía y tras ellos, la Guerra de Sucesión, “incivil” como tantas otras, porque el último austria, Carlos II, no tuvo descendencia; los catalanes en esta historia apoyaron al candidato austracista como rey de España y el resto de España al borbónico. Ganaron los franchutes y perdimos, por cierto, Gibraltar. Después siguieron ganando los franchutes con la llegada de la dinastía Bonaparte; con ella llegó la “Guerra de la Independencia” que fue de independencia porque durante varios años fuimos súbditos franceses al abdicar sus coronas Carlos IV y Fernando VII en Napoleón, que nombró a su hermano José Bonaparte como rey de España. A continuación llegaron las Cortes de Cádiz, que por cierto, como todas las anteriores cortes, no fueron elegidas por el pueblo; y tras la muerte de Fernando VII las “Guerras Carlistas”, otras guerras “inciviles” y otra vez a pelearse para apoyar al nuevo rey de España: vascos, navarros y el norte de Aragón y Cataluña apoyaron al infante Don Carlos y el resto a su sobrina la reina Isabel II. Y después…más historia y más historia.

Hace apenas un año escribí en este “Mirador” lo siguiente:

«Decía Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos, hace más de doscientos años que: “los vivos tienen la tierra en usufructo; y los muertos no tienen poder ni derechos sobre ella. La porción que ocupa un individuo deja de ser suya cuando él mismo ya no es, y revierte a la sociedad… ninguna sociedad puede hacer una constitución perpetua, ni tan siquiera una ley perpetua. La tierra pertenece siempre a la generación viviente: pueden, por tanto, administrarla, y administrar sus frutos, como les plazca, durante su usufructo. Toda constitución y toda ley caducan naturalmente pasados treinta y cuatro años».

Es verdad que la tierra pertenece a los vivos, como decía Jefferson y que no es bueno que las constituciones sean perpetuas, ni siquiera la nuestra de 1978, y que tanta legitimidad tenemos para cambiarla ahora como la tuvieron los que la redactaron entonces, porque entonces la tierra les pertenecía a ellos con todas sus circunstancias, como diría Ortega y Gasset. Hoy las circunstancias son otras y por ser otras tenemos la obligación de pensar en el futuro porque, cuando la cambiemos, condicionaremos la vida de los que vivirán de aquí a que pasen otros treinta y cuatro años».

Hoy quiero añadir, que tener la tierra en usufructo no nos hace dueños de ella, que nuestro usufructo es tan legítimo como el usufructo ajeno, que los hijos y los nietos de los Rodríguez o los Gómez que se fueron huyendo del hambre desde Andalucía a construir la Cataluña contemporánea, tienen el mismo derecho a decidir “libremente” su futuro que aquel Gabriel Mas o aquel Perot Forcadell que vinieron desde Cataluña a Sevilla a buscarse la vida, lo tienen para decidir el futuro de Andalucía.

La historia, de la que quizás abusé intencionadamente al principio de esta tribuna, sólo es historia, pero es bueno conocerla para aprender de ella y para no repetir sus errores. Heredamos un usufructo y nuestra responsabilidad comienza por conocer de dónde venimos y saber por qué somos como somos, antes de decidir a dónde queremos ir.

Sobre el autor

Manuel Visglerio

Hijo de un médico rural y de una modista. Tan de pueblo como los cardos y los terrones. Me he pasado, como aparejador, media vida entre hormigones, ladrillos y escayolas ayudando a construir en la tierra los castillos en el aire de la gente.

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