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El Mirador

¿Y ahora qué?

Después del nuevo escándalo que sacude al Partido Popular, en esta ocasión en la comunidad de Madrid en la que han detenido, por llevárselo calentito, al mismísimo expresidente tras pocas semanas de que otro presidente del PP, en este caso el de la Comunidad de Murcia, tuviera que dimitir acorralado por la justicia por presuntos delitos de corrupción, no sabe uno qué tiene que pasar en este país para que las cosas cambien.

Unos dicen que hay que dejar actuar a los jueces para que limpien el muladar y otros tiran por elevación y proponen cargarse al presidente del gobierno y del PP, planteando una moción de censura. Los que se amparan en los jueces se olvidan de que la justicia dirime las responsabilidades penales pero no las políticas. Los otros, los que lo apuestan todo a la censura sólo conseguirán un adelanto electoral y ese adelanto sería como volver  a la casilla de salida y, seguramente, las volvería a ganar el PP como pasó en las últimas elecciones.

En esta última posibilidad y ese probable escenario he estado reflexionando estos días. Al final llega uno siempre a la misma encrucijada: si después de tanta corrupción siguen los mismos, habría que hacerse, entonces, una pregunta inmediata: ¿cómo es posible que la gente vote a los corruptos? Esa pregunta llevaría a una respuesta que hemos oído hasta la saciedad: si el pueblo vota a los corruptos es porque es tan corrupto como ellos. Eso, al menos, pienso que dirían el resto de votantes, los votantes de los partidos de la oposición y, por supuesto, los que no votan porque están hartos.

Todo lo expuesto puede tener un nuevo punto de vista y generar una nueva pregunta, pero con diferente matiz: ¿por qué la gente, a pesar de la corrupción, sigue votando a los mismos?, y una respuesta que hemos oído poco hasta ahora: porque los votantes prefieren lo malo conocido a lo que creen peor.

Si este supuesto es cierto, la oposición debería hacerse ver si su estrategia es la que está fallando. Sirva para la reflexión un dato: Manuel Fraga el histórico líder de la derecha, intentó durante varias legislaturas llegar a la presidencia del gobierno y nunca lo consiguió, entre otras razones porque uno de cada tres españoles, según las encuestas, jamás lo votaría; unos por su pasado político y otros por su ideología.

Hasta que Fraga no dejó de ser el candidato, los populares no llegaron al poder. En base a este análisis, algunos líderes actuales deberían replantear su situación; si un porcentaje alto del electorado jamás los votaría, a lo mejor son ellos los que tienen que cambiar el paso. En situaciones de encrucijada política como la actual, a lo mejor algunos líderes debieran hacer como hizo Cánovas del Castillo y tirar de pragmatismo político: construir una alternativa renunciando a lo que saben que el pueblo no quiere, y construir un discurso admisible dentro de su propio ideario que se acerque más a la opinión mayoritaria. Algunos se empeñan en “sostenella y no enmendalla” y actúan como el fraile que pretende arrogar la pureza de la fe sólo en aquellos que se enclaustran en su convento aunque la mayoría no quiera conventos ni en pintura. Hay quien pretende que tomemos sopa y no se quieren dar cuenta de que la sopa sólo les gusta a ellos.

A lo mejor, si en lugar del “dame pan y dime tonto” que es lo que parece que dice hoy una parte importante del electorado, la cosa cambiaría si la alternativa electoral modifica su estrategia; muchos, siguiendo con el refranero, les están diciendo “no me digas tonto y dame pan”, y creo que debieran hacerlo, entre otras razones, porque no es conveniente “morder la mano que te da de comer” electoralmente. 

Sobre el autor

Manuel Visglerio

Hijo de un médico rural y de una modista. Tan de pueblo como los cardos y los terrones. Me he pasado, como aparejador, media vida entre hormigones, ladrillos y escayolas ayudando a construir en la tierra los castillos en el aire de la gente.

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