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manuel-visglerio-14-junio-2016
El Mirador

¿Nos merecemos esto?

Una de las frases más sonadas de Susana Díaz, por rotunda, es la que pronunció cuando fue designada sucesora de Griñán: “seré implacable en la lucha contra la corrupción”. El problema de las afirmaciones grandilocuentes, en política, es que, cuando no van acompañadas de hechos, terminan convirtiéndose en proclamas vacías.

En los tiempos que corren, las promesas rimbombantes están haciendo un daño terrible a la política y a los políticos, porque al final todos los políticos expían las culpas de una minoría, por muy grande que esta sea.

¿Quiénes son los culpables de esta sinécdoque diabólica? Yo lo tengo claro, son los que proclaman frases pomposas al tiempo que buscan, hasta rizar el rizo, una excusa que salve a los miembros del clan que, en definitiva, son los que los han aupado, o las han aupado, al cargo. En esta espiral, a la postre, nadie entona el “mea culpa”, antes, al contrario, lo que funciona siempre es la estrategia del ventilador, o lo que es peor, la gradación de la corrupción: mi corrupto no es corrupto, o es menos corrupto que el tuyo.

Cuando empezamos a establecer categorías en los delitos según nuestra interpretación interesada, estamos empezando a poner en cuestión el propio estado de derecho. Si caemos en la simplificación, con argumentos torticeros como “no es violencia de género porque sólo le pegó un par de veces” o “no es violación porque no opuso resistencia”, nunca erradicaremos prácticas tan indeseables en la sociedad.

Para el prestigio de la política esta estratagema dialéctica es más peligrosa que la propia estrategia de las frases aparatosas. En ella está cayendo nuevamente la presidenta andaluza cuando, hace unos días, afirmó tras conocerse el procesamiento de Chaves y Griñán, que los expresidentes “son dos personas honestas que nunca se han beneficiado de los cargos”. Otros dirigentes socialistas pretenden convencernos también con el razonamiento irracional de que las corruptelas de los ERE eran daños colaterales de una labor encomiable que ayudó a muchos trabajadores. Vamos que el fin justificaba los medios; algo, por cierto, muy maquiavélico.

También cayó en esta dialéctica, aunque hace más tiempo, el presidente del PP andaluz, “Juanma” Moreno (por cierto, alguien debiera decirles a los dirigentes populares que para aspirar con seriedad a un cargo tan importante como presidente de la Junta de Andalucía, deberían empezar por darle seriedad al nombre de su candidato), cuando se conoció la imputación del alcalde de Tomares y de la alcaldesa de Bormujos; entonces sentenció que “no era igual la imputación por corrupción que por gestión administrativa”.

La RAE, sin embargo, establece el significado de corrupción como aquella práctica de los gestores públicos consistente en la utilización de las funciones y medios de la administración en su provecho económico o de “otra índole”. Está claro que no sólo es corrupto el que menoscaba las arcas públicas en su beneficio. ¿Acaso no es corrupto el presidente que, supuestamente, deja esquilmar a sus subordinados el dinero público en beneficio del partido, o el alcalde que para ganar unas elecciones malgasta, a sabiendas, en obras faraónicas el dinero de todos los ciudadanos?

¿No es corrupto un alcalde que permite que la fábrica de “un amigo” incumpla la normativa municipal de ruidos a pesar de que molesta a los vecinos, o el alcalde que arruina a una empresa, y condena al paro a sus trabajadores, porque no paga las facturas a sus proveedores y gasta ese dinero en ferias y festejos que tienen más rédito electoral? ¿Todos éstos no son provechos de “otra índole”? ¿No son, acaso, ejemplos claros de corrupción política? Yo lo tengo claro; pero también creo que responder a estas preguntas tampoco es un derecho que nos podamos permitir todos; porque después de un acto de contrición, ¿a ver quién es el guapo que tira la primera piedra? A lo mejor estas cosas ocurren porque, como ya dijo alguien, cada pueblo tiene los gobernantes que se merece.

Sobre el autor

Manuel Visglerio

Manuel Visglerio

Hijo de un médico rural y de una modista. Tan de pueblo como los cardos y los terrones. Me he pasado, como aparejador, media vida entre hormigones, ladrillos y escayolas ayudando a construir en la tierra los castillos en el aire de la gente.

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