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El Mirador

El arte de la amistad

Hace unos días el Sena estuvo a punto de desbordarse a su paso por Paris. Saltaron todas las alarmas y, como es lógico, las autoridades francesas se plantearon poner a buen recaudo las colecciones situadas en zonas inundables de los museos del Louvre y de Orsay.

Lo que a mí personalmente me llamó la atención de la noticia, fue un hecho que creo que ocurre en todas las grandes pinacotecas y museos de distinta temática; el hecho no es otro que la enorme cantidad de fondos que permanecen ocultos en los sótanos y almacenes de estas galerías sin que nadie pueda contemplarlos.

En el caso del Louvre la noticia hablaba de 220.000 obras; hay que tener en cuenta que solo se exponen 35.000 y que el conjunto de los fondos, incluidos los de las subsedes de Lens y Abu Dabi, asciende a 445.000 obras. El museo del Prado mucho más humilde expone 1.150 obras y cuenta con un fondo de más de 27.000 entre pinturas, dibujos, grabados y esculturas.

Todos estos datos abrumadores me llevan a hacer una pregunta: ¿cómo es posible que en pleno siglo XXI, parte de la historia del arte de la humanidad, duerma en los sótanos de edificios decimonónicos? Y otra, quizás más polémica por ser más local: ¿por qué tienen que estar ocultas en Madrid en los distintos museos nacionales obras de arte y piezas arqueológicas de toda España (el Museo Arqueológico Nacional posee 1.300.000 piezas y expone 13.000)? No sería más lógico que esos fondos ocultos se expusieran en las distintas comunidades de origen.

Hoy en día existen museos provinciales y autonómicos capaces de exhibir y mantener adecuadamente estas obras y acercar de esa manera el arte a la ciudadanía; y no planteo desmembrar el Prado o el Museo Arqueológico Nacional, pero lo que no es de recibo es que, por ejemplo, en el arqueológico de Sevilla no podamos contemplar los candelabros iberos de Lebrija y tengamos que ir a verlos a Madrid. En los tiempos que corren, lo mismo se tarda de Sevilla a Madrid que de Madrid a Sevilla, aunque eso no siempre ha sido así y no termina de serlo.

Por no hablar de la Inmaculada de Murillo que saquearon los franceses de su altar en el Convento de los Venerables Sacerdotes de Sevilla, hoy museo. Franco intercambió el cuadro con las autoridades de la Francia ocupada por los Nazis, pero no la devolvió al lugar para el que se pintó si no que se expone en el Prado. Hace unos años los Patronos del Prado tuvieron la gentileza con Sevilla de prestarle, por unos meses, “su” cuadro para que se expusiera en uno de ‘sus’ museos, concretamente en el mismo altar donde estaba antes de que lo robara el mariscal Soult.

Por cierto, habría que preguntar ahora: ¿para cuándo la ampliación del museo de “Bellas Artes”? Dicen que es la segunda pinacoteca nacional, aunque eso de nacional no lo parece por el trato que le dan aquí y allá.

Al hilo de todo lo expuesto, algunos dirán que hay que mantener a toda costa el centralismo en el arte, aunque nadie pueda ver la mayoría de las obras; a éstos yo les pediría que se dieran una vueltecita por Málaga y preguntaran cómo han conseguido que el Hermitage y el Pompidou, hayan decidido establecer una sede en su ciudad. Quién sabe, a lo mejor preguntando podríamos contar en el Bellas Artes de Sevilla con una delegación de la National Gallery de Londres y, con suerte, a lo mejor nos prestan “La Venus del espejo” de Velázquez o nos vuelven a prestar el ‘Autorretrato’ de Murillo igual que el Prado hizo con ‘La Inmaculada’, cuando se celebró en 2013 la exposición ‘Murillo y Justino de Neve. El arte de la amistad’. Y es que, cuando aquí no te hacen caso, hay que tener amigos hasta en el extranjero.

Sobre el autor

Manuel Visglerio

Hijo de un médico rural y de una modista. Tan de pueblo como los cardos y los terrones. Me he pasado, como aparejador, media vida entre hormigones, ladrillos y escayolas ayudando a construir en la tierra los castillos en el aire de la gente.

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