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El Graderío de la Catedral

Con envidia rara

Resulta frívolo en estos días no hablar de algo serio.  Lejos de nuestras fronteras, pueblos y naciones parecen despertar de su obligado letargo, reclamando democracia, libertad, un pedazo de justicia.

Nosotros, que nos creemos modernos, occidentales y europeos, los miramos como con cariño, como un niñito que da pasos agarrándose a los muebles, expectantes al momento en que soltará las manos para experimentar el vértigo de caminar solo. Nosotros, que dejamos morir tranquilamente a un dictador fascista en su cama, miramos con condescendencia al mundo árabe, quizás con menos admiración de la que debiéramos.

Nosotros tenemos la memoria más débil que la arrogancia; nos encanta darnos golpes de pecho con la “ejemplar transición” que nos llena la boca y nos reconforta el espíritu. El pasado miércoles, mientras yo recordaba el día que nunca viví a través del periódico de mi abuelo, España recordaba y rememoraba ese día. Me llamó la atención el profundo elogio que todo el mundo dirigía a Adolfo Suárez. No voy a cuestionar la figura de don Adolfo, ni voy a emitir ningún tipo de opinión sobre él, pero si señalaré que me pareció curioso el hecho de que todos lo recuerden tan lindamente, cuando ese mismo hombre, hace más de veinte años, salió de la política por la puerta trasera…Abandonado por su partido, desplazado por todos esos que hoy día aplauden su gestión. Tenemos la memoria tan débil que da risa, o pena, o las dos a la vez.

Las noticias nos parecen interesantes, aunque nos lo dejan de parecer cuando el problema se mezcla con la dependencia energética que tenemos de los lugares en conflicto, y entonces, Rubalcaba, al que le toca bailar con la más fea la más de las veces, sale con un paquete de medidas de la manga, y empezamos a cabrearnos.  No voy a escribir aquí ni a favor ni en contra de dichas medidas, sólo diré que el comentario chufla de Fernando Alonso y las alusiones y comparaciones de la oposición con el comunismo soviético es lo menos que se podía esperar de un país como el nuestro. Tomarnos las cosas en serio nunca se nos dio bien, no vamos a cambiar a estas alturas…

Lo dicho, malos tiempos para la frivolidad, aunque a veces todo sea demasiado duro y no resistiríamos tomárnoslo en serio, y quizás, mi parte racional y más malvada me lleva de regreso al tema anterior  y no quiero pensar que en este país te reconocen los méritos políticos cuando mueres o tienes una enfermedad degenerativa.

No tenemos memoria,  no tenemos perspectiva, y yo en estos días siento una extraña alegría interior por todos aquellos solicitantes de asilo que conocí hace más de un año. Siempre sentí por ellos una extraña envidia, la envidia de tener ideales fuertes, algo contra lo que luchar, convicciones que estuvieran por encima de mi bienestar. Me acuerdo de ellos viendo las noticias, y otra vez, siento una rarísima envidia viendo como algunos no quieren que los dictadores mueran cómodamente en sus camas, a pesar de que esta idea les salga muy, pero que muy cara.

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Sobre el autor

Mercedes Serrato

Técnica Superior en Integración Social, Graduada en Trabajo Social, Especialista Universitaria en Mediación, Máster Oficial en Género e Igualdad. Actualmente Doctoranda en CC. Sociales; investigadora irremediable, considera la escritura como una gimnasia obligatoria a la vez que placentera.

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