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El Graderío de la Catedral

Tener opinión, ese revolucionario ejercicio

Igual que hay una máxima que afirma que la belleza reside en los ojos de quien mira, empiezo a pensar que la coherencia recae en la persona que comparte un post.

No sé si su círculo de amistades y personas conocidas en redes sociales se parece algo al mío.
Entre gente con la que en algún momento he compartido o comparto algo de mi existencia, hay personas más rigurosas que otras.
Sorprendentemente, puedo observar diariamente como hay un infinito abanico de sesgos a la hora de seleccionar información y, lo que es más grave, opiniones.

Como mucha gente, he sentido pena a la vez que enormes ataques de risa viendo como gente que conozco, algunas de esas personas con estudios superiores, comparten en sus muros noticias como que cierto grupo político va a prohibir las clases de religión, o que el terrorismo se financia con los salarios donados por otra formación política muy atacada en lo populoso. La cosa se agrava cuando ves que la procedencia de la información es de páginas surreales, desconocidas, y con un rigor periodístico muy cuestionable; dato que en ningún momento parece inquietar a quien comparte, como si por el simple hecho de rodar por internet, esa información ya fuera cierta e irrefutable.

Tenemos que combatir las fakenews, es obvio, y empezar por aplicar el sentido común más básico estaría bien. Por esta convicción, voy a pasar por alto a esa gente que asume como verdaderas cuentas fake de redes sociales, y aprovecha para criticar cuestiones que directamente, eran chistes. En serio, he visto a gente echando bilis por las teclas ante noticias de “El mundo Today”, como lo leen.

Otra cuestión, menos grave, pero también importante, es esto de compartir opiniones sin cuestionar más nada, sin hacer una reflexión sobre la reflexión, tal vez un meta análisis del tema, que dirían en mi campo. Y sí, absurdamente una persona que hace columnas de opinión, aunque lo bueno es hacer artículos (Burgos dixit), le pide a la gente que no comparta opinión sin más, sino que vayan un paso más allá.

Últimamente, en mi entorno, se está compartiendo un post de Emilio Calatayud sobre la desmedida proliferación y celebración de graduaciones.
El artículo tiene ya tiempo, mucho tiempo de hecho. Si optan por acudir a la fuente primaria y visitan la web del diario granadino donde publica con alta frecuencia el magistrado, verán que anda con temas más actuales, como la polémica en torno a la repetición de las pruebas de la Selectividad (como sea que eso se llama ahora) de la comunidad extremeña.

Pese a todo, no niego que las palabras de don Emilio puedan seguir siendo certeras. Al fin y al cabo, lo de bebés con birrete es un disloque y no se puede negar que el exceso parece imponer moda. Sin embargo, nadie parece ir más allá.

Calatayud señala una realidad existente, la describe, y punto final. No lo culpo, tampoco es científico social ni está obligado a eso. Es alguien que hace su trabajo, e incluso diría que en un alto porcentaje admiro “su obra”.
Pero de la gente a la que he visto compartir, muchas madres, algunos padres y mucha gente implicada laboralmente en el mundo educativo, no he visto ninguna evolución en lo descriptivo, cosa que sería más que posible y esperable.

Las graduaciones se están desmadrando, pero no es por que el alumnado sea gilipollas. Ni siquiera por el lamentable sistema educativo que tenemos. Tampoco las familias de alumnado graduado son imbéciles.
El sistema en que vivimos, capitalista, de meritocracia mal entendida, tiene un esquema claro de cómo es el éxito, de cómo se consigue, como se celebra y como se refleja. Al capitalismo le gusta que la gente gaste dinero, que vamos a hacerle, es así y es duro escapar de él.
Es lo mismo que está pasando con las comuniones, otro gran tema abordado por el juez, sin que este asentimiento social hacía sus opiniones haya generado un movimiento disidente de personas objetoras de asistir a comuniones pasadas de rosca.
Por lo general, nos vestimos bien, intentamos hacer un regalo bueno y participamos del sarao en cuestión; si acaso con cierta censura para nuestros adentros, pero poco más. También felicitamos a la gente que se gradúa y tan ricamente; al menos aún no se ha puesto de moda regalar nada por este motivo. ¿Por qué lo hacemos? Tampoco somos gilipollas, calma. Lo hacemos porque si algún poder tiene el capitalismo es el de conseguir que la gente pase por el aro para sentirse identificada, reconocida e incluso, legitimada en su estrato social.

Es sorprendente que esta tendencia de publicar la conformidad con un pensamiento ni modifique la realidad ni añada nada al pensamiento en cuestión.

Entre 2014 y 2016 me gradué tres veces en la universidad. Si bien en ningún momento reuhí de seguir la corriente y asistir al acto académico, ponerme mi beca y posar, al menos fui bajando la intensidad de las celebraciones, consciente de que había que relativizar la festividad de estas cosas; y tal vez por ello creo que e la breve reflexión del de Granada es superficial como para que quienes lo leen puedan desarrollar ideas propias sobre ello.

Si quieren y han llegado hasta aquí, paren de leer y busquen la web de Calatayud, o busquen los últimos artículos de Javier Cercas si quieren cambiar de estilo. Pero por favor, vayan más allá.
Es genial compartir publicaciones, a mi madre le llena el alma cuando ve a gente compartiendo las mías sin insultos; pero no se queden ahí. Denle vueltas. Pongan en relación sus opiniones prestadas y su día a día. Cuestionen porqué hacen y no hacen las cosas. Piensen quién dice qué y por qué. El sentido común es un arma cargada de futuro, que hubiera dicho aquel, sobre todo porque aún no han acabado las graduaciones.

Sobre el autor

Mercedes Serrato

Mercedes Serrato

Técnica Superior en Integración Social, Graduada en Trabajo Social, Especialista Universitaria en Mediación, Máster Oficial en Género e Igualdad. Actualmente Doctoranda en CC. Sociales; investigadora irremediable, considera la escritura como una gimnasia obligatoria a la vez que placentera.

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