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El Graderío de la Catedral

Después del ensayo

La vida es una representación, aunque dentro de ella sea un pequeño porcentaje de gente la que se gana las papas representando, concretamente, un 8%, de la Torre dixit.

La satisfacción de que en ese 8% tan duro y complicado esté una amiga hace que vayas al Lope de Vega con una alegría especial, tanta que casi te olvidas del 21% de IVA, los recortes en cualquier cosa que huela a cultura, las censuras y ataques a la creación artística, y todas esas cosas por las que acabas pensando que un día será delito que te quedes en casa leyendo.

“Después del ensayo” es esa clase de obra de teatro en que si pestañeas, te pierdes. ¿Qué te pierdes?  Te lo pierdes todo, porque en esa obra casi no ocurre nada en general y pasa de todo en particular. Pasa la vida, no sólo para quienes se dedican a la interpretación, pasa la vida de la gente que respira, que se enamora, que no encuentra su vocación, que llora, que tiene adicciones, que tiene pasado, que ve borroso el futuro, que habla de política y juega al ajedrez.

Ana, el personaje de mi querida Rocío Peláez llega a decir en cierto momento esa verdad tan simple y universal: Las mujeres lo tenemos peor, de niñas, peor aún. Siento un pinchazo. Mañana, cuando el relajo del domingo esté lejos, volveré a levantarme, a trabajar, a investigar, a escribir, leer, luchar y llorar por lo que ligeramente ha dejado caer Peláez vestida de rojo.

Después de  “Después del ensayo” sigue la misma vida que se congelaba en las tablas. El vino, que paradójicamente calla cuando nos invita a hablar sirve para celebrar que escuchamos aún campanas, sepamos o no dónde. Brindamos por los encuentros, los reencuentros y la lección universal que Sebastián Haro nos enseñó a toda una generación, la valía del papel de plata, auténtico tesoro de los bocadillos.

Generaciones anteriores, las que apreciaban el teatro a través de las ventanas que les habría “Estudio 1” no pueden evitar hacerse una foto con Emilio Gutiérrez Caba, que con toda la dulzura del mundo deja que tu madre en su halago lo llame… digamos que veterano, o eso me pareció a mí.

En ese ambiente de patatas moradas, la complicada elección de otra botella de vino y repasado el currículum de la actriz natural de Priego, con anecdotario colateral incluido, las conversaciones  derivan en lo subversivo que parece hoy en día hacer obras de teatro que en los ochenta habrían pasado sin más. El actor que no debe ser nombrado, no vamos a buscarle un lío, pregunta si creemos que la Sevilla franquista sigue viva. Esta duda lanzada al aire se hace, irónicamente,  en “La Raza”, la única, la pura… Lo unívoco del concepto te hace pensar que tal vez esa ciudad de la dictadura nunca acabó de irse, aunque el recinto hostelero sea anterior a la llegada de la Era del Caudillo, y admitamos que rebautizar el sitio como “La Etnia” le haría perder gancho.

Por otro lado, aunque esta ciudad siga minada de banderas patrias, no deja de tener un aire de  Berlanga; con esa gente corriendo a la tienda china más cercana para hacerse con un trozo de tela que su patriotismo no les había acuciado a comprar antes.

Pero incluso en estos momentos de pesimismo instantáneo, la vida no parece desagradable del todo. Acabamos de salir del teatro, venimos de soñar otras vidas durante hora y media, y estar en los momentos que importan compensa todo, incluso destierra la necesidad de hacer fotos, aunque acabes llamándolo fotos mentales y Antonio de la Torre te acabe llamando a ti “intensita”. A un hombre que es aún más adorable a este lado de la pantalla y atesora unos cuantos cabezones se le pueden consentir estas cosas, aunque él desconozca que es un concepto robado de la serie Friends.

“Después del ensayo” sigue rodando. No pierdan oportunidad de verla si se la cruzan por el territorio nacional, banderas a un lado. Podría volver por algún rincón de nuestra provincia, pero eso lo dirán los presupuestos.

En cualquier caso, permítanse ensayar, vivir, actuar, fallar, ir al teatro para vivir otras vidas y desafiar a un sistema que no quiere que pensemos, por miedo a las conclusiones que podamos sacar.

Sobre el autor

Mercedes Serrato

Mercedes Serrato

Técnica Superior en Integración Social, Graduada en Trabajo Social, Especialista Universitaria en Mediación, Máster Oficial en Género e Igualdad. Actualmente Doctoranda en CC. Sociales; investigadora irremediable, considera la escritura como una gimnasia obligatoria a la vez que placentera.

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