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El Graderío de la Catedral

Lo que se puede echar de menos

Cuando ya se ha emprendido la, no fácil tarea, de retomar la vida, devolviendo chaquetas a sus legítimos lugares, reordenando los restos de una semana, organizando la cotidianidad; en esa liza con la nostalgia, una se pregunta qué es lo que realmente extraña.

Desde luego, salvo las compañías elegidas, una se cuida mucho de echar de menos a la masa y su educación menguante. Y que no se me afilen las uñas quienes adoran cantar que vivimos un momento de pérdida de valores. Si los valores se pudieran perder, también se podrían encontrar; pero se trata de construcciones de carácter ético y moral que como decía mi profesor de Física, ni se crean ni se destruyen, sólo se transforman. Además, reniego absolutamente de esa gente que criminaliza a la juventud, pues tanto empujando, como comiendo pipas a destajo sin levantarse a la llegada de un paso he visto a gente de edad más que notable.

La poca educación más bien parece una plaga, y ni las señales anti sillitas ni las promesas policiales de impedir los asentamientos han logrado hacer nada contra el problema en que se ha convertido.

Tampoco echa una en falta al periodismo morado, sobre todo cuando continúa esa exhibición desaforada de la ignorancia desconociendo ciertas calles de ciertas hermandades. Y si creen que me tomo esta cuestión como algo personal, están en lo cierto, lo hago y lo voy a seguir haciendo.

Además de esto, una comienza a cansarse de lo manido, de los comentarios repetidos que no aportan nada, de los relatos vacíos que podrían ser de cualquier otro año. También es cansado ese peloteo a personajes de méritos más que dudosos, claro que combatir esto último ya es casi imposible por lo que retroalimentan la sarta de tópicos comentada anteriormente.

Tampoco entran ganas de extrañar el seno de muchas cofradías. Más allá del amor fraterno que puede unirnos a quienes han convivido largo tiempo a nuestro lado bajo  el amor a  ciertas devociones, no se puede echar de menos el postureo, el amiguismo, el compadreo, el invitar a la salida, la entrada o el cangrejeo a personas cuya afinidad con la corporación es más bien por la vía del gañote o la válvula que otra cosa. Porque sí, en las hermandades hay lo mismo que en la sociedad; hipocresía, envidia y algunos intentos de buena voluntad o solidaridad.

La climatología tampoco va a ser algo a extrañar, aunque admito, no sin pesar, que a ella debemos cierta tranquilidad; porque las nuevas medidas de seguridad no han sido las que han disuadido al público no interesado en los cortejos y sí en el folloneo. El frío y la lluvia han acobardado a esa gente, como pudimos comprobar los días de temperaturas llevaderas.

Y en este repaso de una semana celérica y extraña, hay una pequeña rama de azahar tardío proveniente de la Plaza de San Francisco muriendo en la masita de noche, reclinada en el vaso sueco de una vela sueca.. Eso, tal vez, lo justifica todo, lo explica todo.

Puede que ese sea el recuerdo más limpio, más puro; lo que puedo echar de menos sin un sentido pragmático, sin una pega, sin un pero.

Sobre el autor

Mercedes Serrato

Mercedes Serrato

Técnica Superior en Integración Social, Graduada en Trabajo Social, Especialista Universitaria en Mediación, Máster Oficial en Género e Igualdad. Actualmente Doctoranda en CC. Sociales; investigadora irremediable, considera la escritura como una gimnasia obligatoria a la vez que placentera.

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