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El Graderío de la Catedral

Nobleza que como siempre, nos roba

Quizás con demasiada frecuencia gusto de recordar que «el sol de la infancia» de Machado, ese que quedó inconcluso en sus últimos versos, es el mismo que el mío, el de la calle Dueñas, aunque el poeta y yo pasamos la niñez a diferentes lados del muro.

Según lo leído estos días, el huerto claro y el limonero están pendientes de una remodelación paisajística.

La prensa cursi de esta ciudad, e incluso de otras ciudades, se apresura a apostillar que los jardines del palacio sito en la machadiana memoria, sufren de abandono desde que la Duquesa de Alba falleció. Supongo que hay pocas plumas, o teclados, que puedan dejar pasar la oportunidad de recrear en el imaginario colectivo a una delicada aristócrata paseando entre su vegetación, cortando rosas con vehemencia y trasplantando esquejes a lugares más adecuados.

Total, que sin doña Cayetana aquello se estaba pareciendo más a un salvaje jardín del romanticismo que a otra cosa. Por otro lado, no están los tiempos para descuidar las propiedades, más aún cuando ahora se está regularizando la que durante muchos años fue una dudosa situación de bien patrimonial visitable, con sus convenientes condiciones fiscales y pocas visitas autorizadas. La industria del turismo, casi la única pujante en Sevilla, augura buenos tiempos para el palacio, pero no crean que eso ha animado a considerar que los gastos son inversiones, al menos, no todos.

Será por eso que buscando el ahorro o la precariedad, se han ofertado esas prácticas sin remunerar, pagadas con la infinita honra de poder decir que te dejaste las uñas plantando macizos de lilas en la casa de Alba.

No intenten venir a la cárcel a robar, por favor. Somos ya varias generaciones germinadas a la extensa sombra del precariado,  nos las sabemos todas. Pueden explotarnos, no pagarnos, hundirnos con responsabilidades dignas de alguien con contrato a tiempo completo, duplicarnos las horas pactadas, pedirnos café, tenernos horas fotocopiando, darnos los trabajos que nadie quiere hacer, amenazarnos con no firmarnos las horas, exigirnos, hablarnos mal, mandarnos al quinto pino, hacernos pasar frío y calor, putearnos d todas las formas y colores, pero nunca jamás lograrán engañarnos.

Por supuesto, ante el oprobio, han intentado hacer una chapuza comunicativa, que como ya he dicho, no cuela. Desde Dueñas dicen que no se especifica remuneración porque es a convenir… Eso es tan mentira como que hay gente que, interesada, se informó de las condiciones y se les aclaró que ni siquiera había alguna ayuda en concepto de transporte; además de que carece de sentido no especificar en la oferta la retribución, ya que haciéndolo habrían incentivado que se presentaran más candidaturas.

Desde la US, y esto si que da vergüenza, han defendido que es una gran oportunidad y que se valora mucho una experiencia de este tipo a la hora de la contratación… Daría lo que fuera por saber quien se ha atrevido a decir eso. Si en algún sitio se aprende a sobrevivir el toreo de estas cosas, es en la universidad.

Para empezar, porque las prácticas no remuneradas son las curriculares, es decir, las que, como su propio nombre indica, están integradas en el currículum de los estudios que se están realizando. Son prácticas que no tienen un desaforado número de horas, que tienen su correspondencia lectiva en el expediente académico, y que además llevan aparejadas ciertas condiciones didácticas, como realizar memorias, sesiones de tutorías, etc. Son un complemento formativo muy útil y necesario, donde, frecuentemente, se aprende y la explotación es casi inexistente.

Las prácticas extracurriculares, como las del citado palacio, son para profesionales con la formación muy avanzada, incluso con sus estudios concluidos, y por eso, es ya muy frecuente que tengan contraprestación económica, más o menos cuantiosa, pero algún dinero al fin y al cabo. Además, no sólo hablamos de pagar, también de dar de alta, por pocas horas que sean.

Lo del prestigio y el currículum personal es más burdo aún. Dejamos de creernos esa patraña cuando, tras pasar por más becariados sin becas de los que habíamos pensado, empezamos a buscar trabajo de verdad y ¡sorpresa! para demostrar tu experiencia incluso te piden la vida laboral… Vida laboral. Paladeen las dos palabras, por favor se lo pido. ¿Saben cuanta experiencia laboral tenemos sin reflejar en la Seguridad Social las generaciones actuales? Créanme; un par de años de nuestra jubilación los hemos regalado sin querer con este tipo de maniobras para que al final, nos salga el tiro de la experiencia por la culata del currículum.

Repasando nuevamente las condiciones del puesto ofertado por la noble casa y la categoría profesional exigida, una se da cuenta de que parece que estamos haciendo el tonto formándonos tanto. Tenemos tantas cosas, que pueden exigir gente altísimamente cualificada para realizar trabajos que, bien pensado, les estamos robando a profesionales de otras categorías. Pero claro, quien no paga, para colmo manda.

Aún no olvido cuando en primero de carrera me dí de bruces con historias que siempre había creído leyendas. Compañeras extremeñas, procedentes de regiones agrícolas donde la Casa de Alba posee ingentes cantidades de terreno. Me contaban la explotación, el sometimiento, y la vida de muchas familias que hasta hacía bien poco no tenían infraestructuras adecuadas de luz y agua en las casas que la noble familia les procuraba. Historias impropias del Siglo XXI que a nadie importan. En aquél momento, todo aquello tenía un tremendo matíz romántico de superación y justicia social. Allí estaban, contra todo pronóstico, en la universidad, para no tener que vivir en un futuro esa historia pretérita de luz que funciona con generadores.

Y entonces, cuando te crees a salvo, cuando parece que el mundo ha evolucionado y que las cosas a las que hay que enfrentarse son distintas, te das cuenta de que no, de que son las mismas, porque son las mismas familias de siempre intentando exprimir a la misma gente de siempre, pese a los siglos y los estudios; con el añadido del bochornoso apoyo, o al menos, con la justificación de una institución universitaria que debiera tener claro que su compromiso principal es para con el alumnado, si es que hemos superado los estamentos medievales.

Sobre el autor

Mercedes Serrato

Técnica Superior en Integración Social, Graduada en Trabajo Social, Especialista Universitaria en Mediación, Máster Oficial en Género e Igualdad. Actualmente Doctoranda en CC. Sociales; investigadora irremediable, considera la escritura como una gimnasia obligatoria a la vez que placentera.

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