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El Graderío de la Catedral

Un poquito iguales

Con el eco del estruendo de un #25N cada vez más reivindicativo, volvemos a la vida y la semana de un lunes gris, algo frío, en que como cada día, se cuestiona si las vindicaciones feministas tienen sentido, o son lícitas, o cuerdas…

Hace poco leí, y lamentablemente no recuerdo donde para plasmarlo con más exactitud, que según una macroencuesta, las mujeres se piensan dos veces sus publicaciones en las redes sociales por el miedo, y yo añado la pereza, de sufrir ataques machistas por todos lados.

Quien me conozca un poco, aunque sólo sea por leerme en mi pequeño espacio digital, puede hacerse una idea de la carcajada que me salió ante la noticia. Una ha pasado ya mucho como para no saber el carísimo precio de llamar machismo al machismo.

Pero aquí no se libra nadie. Mi Betis de mis amores y mis entrañas se empeña en atender “Al bético”, un sujeto omnisciente que pretendiéndolo o sin pretenderlo, eclipsa a una población bética femenina muy abundante, muchísimo si tenemos en cuenta que nos movemos en el ámbito futbolístico, el cual no se caracteriza por ser la Meca de la igualdad.

Entre las voces críticas a esto, encontramos la de Manu Sánchez y… sorpresa, el hombre recibe palos de colores, no sólo verdes y blancos.

El debate lingüístico suele ser el árbol que impide ver el bosque… Quizás sea por eso que la RAE tituló así aquel informe demoledor y absurdo (Informe Bosque) en que manifestaba su machismo estructural y cierre en banda a cumplir con su obligación de reflejar el modelo de sociedad que necesitamos quienes hablamos la lengua de Cervantes.

Antes de que la piara purista se me eche encima, aclaro que el informe toma su nombre del apellido del académico que lo redactó, pero que quieren que les diga, tenía que hacer el juego de palabras, igual que piara se escribe desde el cariño incondicional que la menda lerenda siente por los cerditos y su correspondiente aprovechamiento.

A estas alturas, imagino que me van a caer un par de “Feminazis” de esos que a mí me sirven de merienda cada día. A estas alturas de la película, poco supone ya, y menos que nada, una novedad. Al fin y al cabo, el término feminista también comenzó siendo despreciativo, un insulto ingeniado por Alejandro Dumas hijo de su padre, don Alejandro Dumas, y autor de La Dama de las camelias. El buen muchacho se inventó el término al ver las primeras reivindicaciones femeninas, y a día de hoy no sé si siento agradecimiento o penilla. Agradecimiento por ahorrarnos el arduo trabajo publicitario de acuñar una denominación; penilla porque imagino que la frustración de ser hijo de quién era y haber escrito sólo una obra conocida tuvo que ser un trago. Y ojo, una obra conocida, basada en una obra ya existente, y que alcanzó popularidad por haber tenido la suerte de haber inspirado La Traviata. Para colmo de males, una única obra conocida basada en otra e inspiración de una ópera que está centrada en una mujer de forma completa y rotunda. Una cortesana, sí, una mujer insultada por la sociedad y el autor, pero al fin y al cabo, una mujer a la que Dumas jr. deberá siempre su único best seller.

Y desde que se acuñó el término, así sobrevive el feminismo, pagando frustraciones ajenas y nutriéndose del insulto hasta que lo convierte en herramienta de lucha.

A Manu Sánchez, al igual que a tantos otros antes que él, lo han acusado de apuntarse al carro de la corrección política. Lo repito hasta que se me desgasten las teclas: Ojalá ser feminista fuera políticamente correcto, nos ahorraríamos muchos disgustos de parte de una sociedad correctamente discriminatoria.

Por lo visto, al nazareno parece que le espera recorrer el abrupto camino de los hombres feministas, ya saben, esos traidores, benditos sean.

Por mi parte, rogaría que “fea”, “feminazi”, “podemita”, “roja” o “gilipollas” no se me escriban esta vez. Ninguno de esos insultos me molesta especialmente, pero son tan repetidos que ya una se cansa y se aburre hasta de la mala educación del personal.

Y mientras una triste mayoría de la sociedad cuestiona el lenguaje inclusivo, la decencia y veracidad de las víctimas de violencia sexual y la belleza o fealdad de las feministas, aquí seguimos, aguantando el temporal, deseando simplemente que cada día, seamos un poquito más iguales, iguales como solo pueden serlo las cosas maravillosamente diferente.

Sobre el autor

Mercedes Serrato

Mercedes Serrato

Técnica Superior en Integración Social, Graduada en Trabajo Social, Especialista Universitaria en Mediación, Máster Oficial en Género e Igualdad. Actualmente Doctoranda en CC. Sociales; investigadora irremediable, considera la escritura como una gimnasia obligatoria a la vez que placentera.

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