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El Graderío de la Catedral

Paseando del blanco al negro

Si algo no tiene Sevilla es término medio. Con un verano alargado, parece que vivimos ya el invierno, sólo interrumpido por alguna pausa estival encerrada en claritos de sol que nos resfrían a base de puro y brutal contraste térmico.

Nuestro Otoño es tan esquizofrénico como toda nuestra urbe y la gente que la puebla. Gente, que como cantaba el Lichis, te quiere o te mata, ‘gente pa tó’.

Por eso, en curiosos momentos de tiempo muerto de la vida, una cree que va a enloquecer escuchando y leyendo según que cosas, como el endiosamiento repentino de figuras de este rincón del mundo, que en su día salieron por pies, y ahora parecen ser reivindicados hasta el punto de tildar de ignorante a quien no los ponga en el más alto pedestal del altar pagano que todo el mundo parece tener en casa.

Con el tiempo, he llegado a la conclusión de que Chaves Nogales sufrió el mismo mal que Cernuda. Ahora, que están lejos y muertos, son aclamados, endiosados e incluso reivindicados por ese mismo sector de la sevillanía que en su día los habría apedreado de haber podido. Ese sector de esta ingrata ciudad que les hizo abandonar Sevilla y no querer o poder volver a ella.

Ahora esa gente, oportunista y novelera, nos mete el magnolio en la sopa, y según parece, aprendieron a leer con ‘A sangre y fuego.’

El reportero y el poeta son dos ejemplos representativos de una tendencia frecuente, repetida, hipócrita e ingrata. El odio a la descendencia díscola, el amor a la descendencia mitificada. Y ojo, que lo díscolo aquí es tan sensible y tan sutil como afirmar que Sevilla es mejor sin sevillanos, tolerando el masculino genérico por una vez.

Es tan irreal que pudiera existir esta ciudad sin habitantes, como delicioso fantasear con esa idea. Evidentemente, puestas a imaginar un destierro, sería placentero empezar por la panda de indeseables que forjan las separaciones que deben regir el ordenamiento afectivo de la ciudad del Betis.

Si en esta ciudad no hubiera un considerable número de gilipollas con la disposición necesaria de subirse al carro ¿qué nos quedaría? ¿espacio para el progreso real? ¿para la excelencia de verdad?

Pero la leña que arde es la leña que hay, y a estas alturas sabemos que la vida ni es rosa ni nadie va a sacarte a bailar tal cosa en medio de la calle Tetuán.

Al fin y al cabo, siempre se dijo que amor y odio tenían las mismas letras por algún motivo, como si la bipolaridad sevillana tuviera alguna explicación mística y mítica que se nos escapara de puro evidente.

La gente que te dice que ames a tal o cual, mañana podría decirte lo contrario, porque todo es levedad, moda, manía.

Con estos mimbres, Sevilla vive en el loco transitar del blanco al negro, sin querer detenerse en el gris.

Como consejo, aunque sea un suicidio social, intente permanecer con cierta asepsia a estas corrientes que te hacen tirar por la ventana libros de gente denostada que mañana podrían ser encumbrada. Es demasiado costoso intentar seguir la corriente de una sociedad que se mueve por capricho y pocas veces por criterios cartesianos.

Sobre el autor

Mercedes Serrato

Técnica Superior en Integración Social, Graduada en Trabajo Social, Especialista Universitaria en Mediación, Máster Oficial en Género e Igualdad. Actualmente Doctoranda en CC. Sociales; investigadora irremediable, considera la escritura como una gimnasia obligatoria a la vez que placentera.

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