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El Graderío de la Catedral

No está loca, sabe lo que quiere

“Yo vengo de la Pablo de Olavide, la otra, la que no tiene un anillo con fecha por dentro, ni unos cuantos siglos de historia, y quizás, ni queremos todo eso…” Quizás ya conté alguna vez que así comenzó el Dr. Juan Blanco su intervención en una mesa redonda en la US, y creo que nadie ha dado nunca mejor definición de nuestra universidad.

Si se recorre la galería central del campus, llamado pomposamente “Pasaje de la Ilustración”, podrá hacerse un paseo entre populares caballeros del tiempo en que, según Pérez-Reverte, estuvimos en uno de esos momentos históricos en que este país pudo ser, y no fue. Estos detalles me resultan curiosos porque a menudo me pregunto si los conocen quienes con frecuencia se refieren despectivamente a esta institución, tildándola de determinados colores e ideologías que pretenden ser insultos.

Pues en Febrero de 2013, estaba yo soportando el frío del anochecer de esa galería, saliendo del Francisco de Goya camino del Francisco José de Caldas, cuando a mi espalda, alguien dijo mi nombre. Me giré y esperé un par de pasos a que me alcanzara.  Ya a mi altura, con el tono más cómplice que jamás le he visto usar desde entonces, se dispuso a hacerme una confesión. Media hora antes, en clase, aquella profesora nos había dicho que había decidido el que sería el título definitivo de su tesis doctoral. Esto, que parece baladí, tiene su peso específico para quien emprende este camino, lleno de pequeños momentos cruciales en que debes definir quién eres y cómo te posicionas ante ciertas cosas. En este caso, era un título original y ciertamente trasgresor; tanto, que cuando en clase habíamos pedido que lo compartiera se había negado con pudor, y que sin embargo, cuando me tuvo a tiro, quiso compartir conmigo, con una actitud fraternal entre tímida y rebosante de felicidad.

En aquél momento valoré el gesto en todo lo que valía, pero algo me desconcertaba; no supe porqué me había elegido a mí para contármelo, o tal vez sí. Tal vez ella me había reconocido antes de que yo misma me conociera. Quizás, con la intuición sabia de las brujas de Federici, ella supo que lo compartía conmigo porque mi camino acabaría uniéndose al suyo, porque nuestras luchas, nuestras pasiones, nuestras investigaciones terminarían siendo parecidas, y en cierto modo, las mismas. Es ñoño hablar del reconocimiento de las almas afines, pero no es casualidad que a día de hoy compartamos tantos espacios de la vida académica.

Antonia Corona Aguilar ha sido galardonada por nuestro consistorio,  con el XX premio de La Mujer. La forma en que me contó esto también sería para dedicarle un párrafo, porque la naturalidad y el pudor de Toñi ante determinadas cuestiones son parte de su encanto singular.

Pero que nadie se confunda. Sus reservas no son producto de los complejos, que nada tienen que ver con ella; sino más bien se relacionan con una profunda humildad digna, que sólo poseen las personas que saben que trabajan por lo que creen y no conciben otra forma de moverse en este mundo.

El premio, que en la modalidad asociativa ha recaído en la Asociación Azahar de Sevilla Este, es a toda una trayectoria profesional y vital, faceta que en su ejercicio de la docencia no nos era tan conocida. Toñi a menudo se relaciona con el alumnado a la manera de una jardinera del conocimiento. Da el agua que se necesita, sin atosigar pero sin descuidar.

En estos días, que he visto su currículum expuesto y glosado, he comprendido muchas cosas, y he sabido otras que sólo intuía. Eso me ha hecho pensar que mucha gente, que pasa por las aulas, aprobando, suspendiendo y cumpliendo con las E.P.D., lo hacen como yo lo hice en su momento, sin saber la trayectoria que hay detrás de esa profesora, y de este modo, sin poder aquilatar el valor del tiempo lectivo.

Sigo preguntándome si aquella fría tarde de pasaje ilustrado ella atisbó que un año después codirigiría mi Trabajo Fin de Grado, y que aunque fuera su única tutorización oficial sobre mí, ya nunca dejaría de tutorizarme informalmente. Incluso puede que predijera que eso incluiría que acabaría en mi defensa de Trabajo Fin de Máster codo a codo con mi madre, conteniendo las lágrimas igual que ella y apremiándola para que me grabara la intervención del tribunal que nadie esperaba.

Lo curioso ahora, es que yo sólo tengo un título provisional para mi tesis, que no me gusta mucho, lo que hace que envidie a la Toñi de aquella confidencia.

Esa es la Toñi que yo conozco. Conocía de refilón a la activista, y nada a la dinamizadora del asociacionismo feminista. Pero conocía a la profesora pasional, a la que se emociona porque la vida sin emoción de poco vale. Conocía a la que quiere visibilizar todas las formas posibles que hay de ser mujer y de vivir como tal. El frío de Febrero me dejó conocer a la Toñi que sabía que había mujeres que no estaban locas, sino que simplemente, sabían lo que querían. Incluso conocía a la que terminológicamente no coincide conmigo, y hasta esa diatriba es interesante con ella, además de que la sororidad siempre prevalece.

Un Salón Colón lleno hasta la bandera me demostró que había mucha gente que por edad, trayectoria o experiencia si que la conocían mucho, mucho más allá de lo que conocemos a la profesora Corona. Quizás, más que el premio en sí, lo bonito de todo esto ha sido ese instante concreto de reconocimiento real, de persona a persona, ese momento de pura sinergia. Eso quizás es lo más bonito de esta historia, no sólo que un reconocimiento sea justo y merecido, sino que llegue en un momento como este, porque créanme, no podía ser más ideal.

Sí, lo de Cataluña es muy fuerte, y lo de la Gurtel también, pero, la verdad, no me duele en prenda darle la razón a quien me acuse de que esta quincena, con tanto fuego en las calles, a mí me ha dado por teclear una columna personalista y probablemente, algo sentimentaloide. Les doy la razón, del mismo modo que me excuso en que en estas gradas salen mi firma y mi foto, por lo que, no queda otra… Y si no agrada, siempre se podrá leer a Carlos Herrera, que por algo es el comunicador del momento.

Sobre el autor

Mercedes Serrato

Mercedes Serrato

Técnica Superior en Integración Social, Graduada en Trabajo Social, Especialista Universitaria en Mediación, Máster Oficial en Género e Igualdad. Actualmente Doctoranda en CC. Sociales; investigadora irremediable, considera la escritura como una gimnasia obligatoria a la vez que placentera.

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