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El Graderío de la Catedral

Sevilla, cuna del patchwork 

Sevilla es la tierra soberana del patchwork; rotos, descosidos, retales, recortes… Nuestro modus vivendi. Y ojo, no lo expreso como una crítica, al menos no del todo. Más bien, me causa una extraña fascinación ver esa versatilidad y readaptación de la gente de esta urbe para estar hoy aquí, mañana allí, y pasado, donde se tercie. 

Según fuentes consultadas (de dudosa rigurosidad pero de gran entretenimiento), el patchwork, que literalmente viene a llamarse trabajo de parches, es bastante antiguo, encontrándose restos de técnicas similares en el Antiguo Egipto o la China de hace cinco mil años, «ahí es ná». 

Con estos antecedentes sociohistóricos de la entretenida labor, e ignorando si la civilización tartesa gustaba de trabajarse el remiendo a base de parcheo, a la menda le entretiene pensar que alguna conexión hay, y que esta propicia que la técnica de costura haya cristalizado en nuestra urbe en su tejido social. 

No obstante, piezas bordadas a base de recortes son frecuentes por estos lares, y de ahí, podemos extrapolar casi cualquier cosa.

Por supuesto, tampoco estoy inventando yo ahora la pólvora. Ya de muy pequeña, recuerdo que hice mención a cierta cofradía que me gustaba, dejando caer que sería interesante pertenecer a dicha corporación. En estas, uno de mis mayores me respondió que no era una buena elección, pues se trataba de «una hermandad de recortes». Desconcertada por el término, pregunté qué significaba eso exactamente. La explicación era sencilla; gente que en su cofradía de origen no había logrado relevancia y recalaba en esa para conseguir la notoriedad negada anteriormente. 

Si los bordados de dicha corporación hacen juego con su componenda humana me lo reservo, por no dar pistas y herir sensibilidades. 

Y así pasa con todo: medios de comunicación, empresas de casi cualquier sector, círculos culturales y artísticos… 

Acabas viendo a la misma gente en todas partes, rotando, saltando, rebotando, o moviéndose de cualquier forma posible, pero siempre parcheando, colocando su pedazo de tela en cualquier posición que se tercie; encajándolo de cualquier manera, a costa de lo que sea. 

Incluso los secretos del corazón, de los que solo el corazón sabe, son susceptibles del patchwork. Te enteras de pronto de gente que se empareja de forma inverosímil aunque no inexplicable. En muchos casos son personas que se conocen de toda la vida, que han tenido parejas y que jamás te habías planteado que pudieran establecer una relación sentimental, pero un día, bien por aburrimiento, por soledad, por costumbre, por no encontrar nada mejor o por sinceros y nobles sentimientos espontáneos, resulta que sienten el flechazo de Cupido, y… 

Mi amigo Alfonso Guerrero, que es un hombre provisto de un curioso remanente de anécdotas pintorescas, me contó en una ocasión entre risas que años atrás, entre lágrimas, pronunció una frase lapidaria, de esas que salen espontáneamente en momentos de hundimiento personal. Derrotado anímica y emocionalmente, tocando fondo en confesión con un amigo le dijo: «Yo ahora, o me reinvento como Madona ¡o me muero!» 

Alfonso no murió, y Madona ahora según creo se ha mudado a Lisboa. 

La pena de la teoría de Sevilla y el patchwork es que no parte de la base del amigo Guerrero. No es tanto el reinventarse, que podría implicar mejoría, sino más bien recolocarse, en plan «sálvese quien pueda». 

El trabajo de parches se hace más con defectos que con virtudes, y frecuentemente cuando ves como, donde y de qué manera se ha recolocado el personal, casi sientes sorpresa de que aún les quedara una burra por vender… 

Incluso, en peores ejemplos, que tienen nombres, apellidos y domicilios fiscales; podemos advertir ya no que su aportación no sea novedosa, sino que empeoran proyectos que tampoco iban tan mal. 

Los grupos whatsapp de gente maligna, que yo no frecuento pero me han dicho que existen, tienen nutrida carnaza al hilo de estas cuestiones. Según cuentan, gran parte de su actividad natural es dar cuenta, diariamente, de donde se ubican ahora seres y personas de estos que van rotando de roto en descosido y tiro porque me toca… 

Y esta es nuestra ciudad. Una infinita sucesión de parches unidos, de telas coloridas, de mejor o peor calidad; desgastadas y nuevas… Piezas de ruán, damasco, terciopelo, merino, sarga y raso, cuando no popelín, plumeti, seda, piqué, crespón, algodón y encaje. 

Retales colocados con acierto y sin él, con talento o simplemente con apariencia y postureo. Nos guste más o menos, esta es nuestra ciudad, y detestarla o amarla no es lo importante. Lo importante es saberlo, para que no nos sorprenda, e incluso, para no conformarnos con la mediocridad, que en demasiadas ocasiones, la conforma y la transforma. 

Sobre el autor

Mercedes Serrato

Técnica Superior en Integración Social, Graduada en Trabajo Social, Especialista Universitaria en Mediación, Máster Oficial en Género e Igualdad. Actualmente Doctoranda en CC. Sociales; investigadora irremediable, considera la escritura como una gimnasia obligatoria a la vez que placentera.

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