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El Graderío de la Catedral

La dignidad de crear

La creación debe ser un acto de respeto, un respeto de quien crea por su propia obra, y de respeto del resto hacia la obra en sí. Esta simbiosis rara vez se cumple, y no tanto por las críticas del público, sino por la primera parte no contratante de la cuestión.

Llegando a este punto, se hace complicado discernir entre lo que supone crear, y lo que es arte. Sin embargo, tampoco me hace falta tenerlo claro. Me rodeo de mucha gente que crea, de artistas, de quienes hacen creaciones artísticas y de quienes no. A la postre, casi diría que no importa.

Una disección de la materia nos permitiría valorar el arte otro día, y limitarnos simplemente al mundo de las creaciones, con sus creadoras y creadores.

La creación es merecedora de respeto siempre, ya se trate de Las Meninas o de un prospecto farmacológico; pero esto, no siempre se tiene del todo claro.

Parafraseando a la mítica película de culto, yo he visto cosas que no creeríais. He visto a gente defendiendo encarnizadamente a artistas a los que han criticado a maldad por la espalda. He visto a personas cambiar de chaqueta sin haberse limpiado las manos previamente. He visto a gente conocida y desconocida copiar desaforadamente ideas, conceptos y elementos literales de otras personas, a veces incluso me lo han hecho a mí. Tiene gracia que alguien tan insignificante como yo, con una microscópica aportación al universo creativo, haya sufrido estas cosas, y aún las sufra. Eso, además de enfadarme, me sorprende, y además de todo eso, también me apena. Me parece que la gente que hace esto se desacredita en su mismo acto villano. ¿Tanta es la carencia de su ingenio como para plagiarme a mí? Por favor, copien a García Márquez, o a Garmendia si quieren, pero busquen a alguien que no pueda asombrarse de ello, bien porque ya no habite entre nosotros, como el caso de estos ejemplos, o bien porque al menos vivían de su creación y eso les venía incluido en la remuneración.

Por supuesto, en mi caso, esta falta de respeto es más puntual que continua, hasta ahí podía llegar la broma… Pero a diario observo a personas que además de sufrir plagios, también padecen críticas por parte de mentes muy ignorantes o de criterio cuestionable, se encuentran con insultos personales que poco o nada tienen que ver con su obra, reciben ofertas absolutamente desventajosas que deprecian y casi desprecian su trabajo, y para colmo, aguantan pataletas y lloriqueos de algunos seres que se creen tocados de la mano divina de las musas y que a la larga, suponen una mala compañía en este viaje colectivo.

Picasso decía que cualquier niño (me gustaría pensar que incluía a las niñas en su afirmación) nace artista, pero que el problema venía en mantener esto al crecer.

Algo de razón puede tener el de Málaga, si bien aún concedemos que en la infancia ni se tiene maldad para copiar, ofender o ningunear el trabajo ajeno.

Ir creciendo nos redoma, puede hacernos generar un sentimiento individualista en que nada importa más que el beneficio propio, e incluso nuestra autoestima se ve asaltada por el cruento acto de admitir que codiciamos la idea que no se nos ha ocurrido, y que podemos tomarla sin más.

El respeto siempre empieza por una misma, y en este campo no es diferente. Luego, ya saben, está lo demás: las malas costumbres, la ligereza al opinar, las inseguridades que nos llevan a actuar de tal o cual manera…

Al final acabas agradeciendo el rigor absurdo del mundo académico, con todas sus normas que pueden saltarse a la torera, como en renombrados casos, pero que a fin de cuentas, tienen un rito, una regla, e incluso, una sanción.   

Sobre el autor

Mercedes Serrato

Técnica Superior en Integración Social, Graduada en Trabajo Social, Especialista Universitaria en Mediación, Máster Oficial en Género e Igualdad. Actualmente Doctoranda en CC. Sociales; investigadora irremediable, considera la escritura como una gimnasia obligatoria a la vez que placentera.

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