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El Graderío de la Catedral

La ciudad estación

Siempre defenderé, sin tregua ni cuartel, que Sevilla alcanza su máximo estado de belleza en otoño, aunque la lírica, la publicidad y el regionalismo defiendan a ultranza la ciudad en Primavera.

Cuando en el entorno de la Torre de Los Perdigones los operarios se afanaban en recoger naranjas, se sabía que aquello tendría la recompensa del azahar de estos días. Sevilla es rutilante en Otoño, pero vive pensando y preparando la primavera. Es por eso que vivimos esta estación antes de que llegue, recortándole jornadas a un Invierno que, en este rincón del mundo, tiene una disposición diferente.

En este tiempo de mañanas frías y mediodías sofocantes, la urbe se acomoda a su estado natural. La euforia se enreda con la melancolía, las calles que jamás se vaciaron rebosan por los cuatro costados, y los encuentros que nunca se planifican no dejan de sucederse en cada esquina.

Sevilla no espera que la primavera llegue porque tal vez Sevilla sea la primavera. En estos días alguien me dijo que es empírico el hecho de que se agraven trastornos mentales, y sinceramente, no me extraña. Esta ciudad en sí misma es un trastorno mental, con sus adoquines centenarios que impiden echar raíces a nuevas formas de hacer las cosas, con su tráfico incomprensible, sus críticas provincianas y sus nevadas de azahar en los coches.

En este estado de cosas y sentimientos, acabas enredándote de manera inverosímil por la collación de San Lorenzo, recorriendo de forma nueva los lugares más viejos, los recuerdos más arrugados que aún no se secaron tras las últimas lluvias. Ciertos problemas de la mente sólo se compensan con elementos nocivos a la vez que contrarios.

El ritmo primaveral nos impide parar. Todo el mundo por aquí se prepara para algo, ya sea con flecos y flores, con capirotes bajo el brazo de paseos apresurados o con cualquier atuendo que las etiquetas de la sevillanía requieran. Incluso quienes planean su emigración en las fiestas venideras andan con intranquilidad, recorriendo calles que empiezan a cercarse con el montaje de gradas y palcos. El laberinto del callejero se siente y se presiente, como un cortocircuito programado, como una mutilación decidida a medias.

La primavera cruza el Puente, el único de este municipio que no necesita apellido, apodo o arquitecto francés que lo matice. Ceres aparece por allí, y florecen hasta los carteles. Las horas menguan, y esta columna, de la que alguien te habla, aún no está escrita. Imploras un tema, obtienes una respuesta: Una ensoñación trianera.

¿Existe tal cosa lejos del atril de los pregones? Probablemente no, porque Triana es Primavera también, y dicho eso, no queda más que decir.

Faltan días para que el hecho se produzca de forma oficial, faltan neuronas que soporten todo lo que no hemos vivido aún. El ambiente te lleva al llanto y la risa, a mandar un mensaje proclamando cuanto echas de menos a quien está al otro lado…

Esta ciudad es una estación, aunque esa no sea la que más la embellezca. La Primavera en Sevilla nunca se va, sólo se echa a dormir a ratos, pequeñas siestas que nos dejan languidecer de otra manera, sufrir por otros males y penar con otras penas.

Es por eso que la enfermedad mental se hace necesaria para vivir el día a día, para sobrellevar la sinusitis y la alergia, para combatir la nostalgia y para admitir que extrañamos a quienes no aparecen en los encuentros fortuitos.

Sobre el autor

Mercedes Serrato

Mercedes Serrato

Técnica Superior en Integración Social, Graduada en Trabajo Social, Especialista Universitaria en Mediación, Máster Oficial en Género e Igualdad. Actualmente Doctoranda en CC. Sociales; investigadora irremediable, considera la escritura como una gimnasia obligatoria a la vez que placentera.

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