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El Graderío de la Catedral

La profesión que nadie entiende

Hace unos meses recibí un indignado correo de un lector que entre otras ofensas, cuestionaba que yo escribiera determinadas cosas que a su criterio eran indignas de una trabajadora social. Tengo asumido que los correos con halagos y parabienes le corresponden a columnistas de prestigio, pero sí me permito cuestionar que supone este lector que debe y no debe ser una trabajadora social.

Adoro el cine francés, y por eso tenía pendiente ver una conocida película del país galo; ‘Samba’. Me apasionaba el tema por mi breve experiencia cuasi profesional en el mundo de la inmigración, el asilo y el refugio, y cual no fue mi sorpresa que la protagonista femenina no era una trabajadora social, como yo había supuesto.

Era una voluntaria a cargo de una estudiante de algo indeterminado. Para colmo, los motivos que la habían llevado a ese voluntariado eran una serie de problemas personales y laborales.

No hace mucho también ví una cinta alternativa estadounidense, película que en castellano se ha llamado ‘Las vidas de Grace’. La susodicha Grace trabaja en un centro de menores. ¿Es trabajadora social? Por supuesto que no, y para colmo, en varios momentos de la película, critica a estas profesionales, que aparecen retratadas como mujeres mayores, burócratas e insensibles.

Grace por su parte no deja de ser una profesional de lo social, profesional que arrastra una larga ristra de traumas personales que la han llevado a desempeñar su profesión. Volvemos a lo mismo, hay que tener una serie de sufrimiento acumulado para que te entren ganas de ayudar al prójimo de forma profesional, o eso parece querer vendernos el cine desde varios países.  

No soy víctima del corporativismo absurdo y mal entendido, no niego que hay profesionales con los que solo comparto una denominación administrativa, y que incluso se dan casos como los que Grace no soporta. Probablemente es culpa de esta profesión dejar que trasluzca esta imagen, permitir que seamos quienes manejan la burocracia sin mirar a la persona que hay al otro lado de la mesa… Pero también hay otra realidad, otra cara que parece que no se va a ver en ninguna historia.

Esta no es la profesión de las damas caritativas aburridas, aunque en otro tiempo pudo serlo. No hace falta haber tenido una vida complicada para querer dedicarse a esto. No hay que tener una serie de problemas determinados, y tampoco hablamos de un hobbie. No se trata, aunque mucha gente dentro y fuera de la profesión lo desconozca, de ayudar a la gente o hacer el bien sin más ni más.

Es algo más filosófico y complejo. Como dijo mi querido profesor Manuel Flores, se trata de tener la única profesión que sabemos que debería no existir, porque si no existiera sería el irrefutable signo de que vivimos en una sociedad ideal de seres felices.

Pero el Trabajo Social existe como una demostración constante del fracaso social en que vivimos, como un parche que nadie está seguro de saber donde y como colocar. Existe pese a las discrepancias ideológicas, las reconceptualizaciones, los diversos enfoques.

Existe porque cada día es más necesario, aunque cada día el sentimiento de pérdida sea mayor. Existe, con sus profesionales administrativos, con quienes se consideran agentes de cambio social, y lo peor y más loco, existe con quienes pretenden dedicarse a la disparatada aventura de la investigación.

Las películas no lo cuentan, la mayoría de la gente no lo sabe, el alumnado lo desconoce y quienes se gradúan a veces tampoco lo tienen claro; es una profesión que de tan bella es inexplicable ¿alguien ha tratado de contarle a un niño o niña en qué consiste? Relatarlo sin caer en el drama o la compasión es realmente arduo.  

No somos las mejores personas del mundo, que a veces también es un lastre, pues todos suponen que es una especie de vocación religiosa del siglo XXI, lo cual te obliga a ser un alma cándida las veinticuatro horas del día.
Y es que nadie acaba de entender de qué va todo esto, a menudo yo tengo inmensas dudas, llamémoslas de Fe. Desconfío del sistema, de los mecanismos, de los paradigmas. Temo convertirme en un ser burócrata y gris que deje de pensar en las personas para pensar en las masas informes, y en este estado de cosas llegas al convencimiento de que nadie lo entiende y lo peor de todo, nadie va a entenderlo.

Sobre el autor

Mercedes Serrato

Técnica Superior en Integración Social, Graduada en Trabajo Social, Especialista Universitaria en Mediación, Máster Oficial en Género e Igualdad. Actualmente Doctoranda en CC. Sociales; investigadora irremediable, considera la escritura como una gimnasia obligatoria a la vez que placentera.

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