Opinión El Graderío de la Catedral País de fachadas
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El Graderío de la Catedral

País de fachadas

Si cuando yo tenía dieciséis años mi padre hubiera sido Presidente del Gobierno la foto habría escandalizado como la de las hijas de Zapatero o algo por el estilo. Servidora no era gótica, pero como todos, ha pasado por etapas, fui “grounch” pareciéndome a Miércoles, de la Familia Adams, y el gris marengo era lo más claro que había en mi armario, luego fui hippy, llevaba pantalones estampados y el pelo de henna. Hoy en día no sé lo que soy, pero al fin y al cabo la adolescencia es una época de preguntas y búsquedas, y hasta se busca la personalidad.

Mercedes Serrato. Conocía a un chico que sacó más de un ocho en Selectividad, estudiaba una carrera no falta de complejidad, y la llevaba bastante bien. Era un buen tío, simpático, inteligente, alegre… Su madre no veía nada de esto y afirmaba estar al borde de la depresión porque el chico entre tantos pecados, tenía el de ser rapero. Siempre pensé que su madre era idiota por no valorar la gran persona que era su hijo y quedarse en algo tan absurdo como su ropa o su música.  Algo parecido me ocurre cuando veo y leo a los esperables despotricando  sobre dos chicas a las cuales no conozco de nada, pero que imagino inocentes de cualquier tipo de delito, salvo según muchos, de escoger una personalidad, tribu urbana o forma de ser, da igual como lo quieran llamar, no es políticamente correcto ser gótica en España, porque aquí la fachada importa, y mucho.

Recuerdo lo cateta que me sentí  la primera vez que pisé Londres y me maravillaban las calles y los parques, repletos de los ejecutivos más elegantes, los hippys más hippys, las mujeres con burka, los indios de traje y turbante, los mods y las personas mayores. Nadie se miraba, nadie se extrañaba del aspecto del otro, compartían asiento en el metro o bancos en Kensington Garden. Sólo los mirábamos quienes creíamos conocer la libertad, y vimos que allí tenía otra dimensión, que el respeto puede ser una palabra plena y tu ropa no te impide trabajar en un banco o servir hamburguesas.  Parecido  me pareció el ambiente de Amsterdam, y quizás esos países tienen un contexto sociocultural diferente al nuestro, y eso es un condicionante que puede que no nos deje evolucionar; aunque por suerte nuestra diversidad también hace que mucha gente no se escandalizara por un hecho, que quitando la cuestión del pixelamiento de las caras que no se hizo, para mí no debería tener mayor trascendencia.

Mi madre lavaba las toallas que mi pelo desteñía por la henna, no hacía comentarios sobre los trapos negros con que me vestía y acompaña a mi hermano a las tiendas raperas donde él compra su ropa. Por suerte para mí, en mi casa se han respetado los estilos y las personalidades, dejando que cada uno esté a gusto con su aspecto, su personalidad, sin amenazas de depresión por los vaqueros anchos; y tal vez esto es lo que ha hecho que no me escandalice de ver a dos niñas góticas, igual que no me escandalicé en su momento de ver a Alonsito Aznar con sus camisitas y jerseys.

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Sobre el autor

Antonio Campos

Antonio Campos

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla, empezó en la comunicación local y actualmente trabaja para Canal Sur TV. Máster en Gestión Estratégica e Innovación en Comunicación, es miembro de la Asociación de la Prensa de Cádiz y del Colegio de Periodistas de Andalucía.

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