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El Graderío de la Catedral

E-Democracia

Alguna vez he comentado con algún y alguna colega del columnismo de opinión minoritario, lo complicado que es esto aunque no lo parezca… Te pasas la semana viendo y leyendo cosas fascinantes y cuando te toca escribir a tí tu parrafada semanal, todo se ha dicho ya…

Recuerdo que una compañera llegó a resumirlo en una descriptiva frase que venía a decir algo del tipo que cuando te sentabas ante la temida página en blanco, de ordenador pero igual de temible al fin y al cabo, empezabas a ver que parte del cuerpo te picaba para poder hablar de ello… Más cruel fui yo  cuando hace poco comentaba con otro amigo, y ambos coincidíamos, que a veces te lamentas de que no muera alguien ilustre, que eso puede resolverte una papeleta como a Quiñones en sus mejores momentos comparsísticos…

Pero esta semana ni he pensado en picores ni en difuntos venerables, han tenido suerte los amables amigos que suelen leerme. ¿La semana fué extraordinaria?  Me temo que no, aunque están leyendo ahora mismo a una persona que hizo realidad el sueño de cualquier mujer sufragista, cualquier progre de moda y cualquier demócrata que se precie, todo a la vez… ¿Cómo es esto? Esta semana participé en lo que en parla luterana sería E-Democracy y en román paladín democracia digital.

La Olavide, pese a que esta semana mi querido amigo recuadrista quisiera proponer que «los comunistas» la cierren por ser último bastión y reducto del franquismo, ha vivido la incomparable y pionera experiencia de llevar la democracia a su máximo exponente contemporáneo, permitiendo que desde el ordenador, teléfono inteligente o tableta, cualquier alumno pudiera votar al Delegado General de Estudiantes;  así, como lo leen.

Quería haber votado en pijama, por aquello de llevar al extremo la paradoja democrática, aunque al final no coincidió esa circunstancia, pero si garantizo que voté tirada en el sofá, justo antes de echarme una pequeña siesta. Este es el siglo XXI señores, nada de romanticismos de papeletas y presidentes de mesa, todo comodidad y molestias mínimas. La experiencia me ha gustado ¿por floja? no, por demócrata, porque nunca he dejado de votar desde que tengo derecho para ello y esto ha llevado mi amor al sufragio a una nueva dimensión, la del sofá, que por frívolo que suene, me ha fascinado.  Puedo decir además que el sistema ha sido realmente sencillo, hasta una torpe como yo podía votar sin complicaciones.

Imagino que a la hora del recuento la cosa también fue sencilla… Que contraste con lo que ví hace unas semanas en la tele, Alfonso Guerra explicando como hizo las estadísticas y porcentajes de aquellas elecciones de 1982, pero claro, aquello era el arcaico siglo XX, nada que ver con la democracia del futuro, del presente en mi caso…

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Sobre el autor

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Mercedes Serrato

Técnica Superior en Integración Social, Graduada en Trabajo Social, Especialista Universitaria en Mediación, Máster Oficial en Género e Igualdad. Actualmente Doctoranda en CC. Sociales; investigadora irremediable, considera la escritura como una gimnasia obligatoria a la vez que placentera.

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