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El Graderío de la Catedral

Moore, tan lejano como Ceuta

Adoro el arte en la calle aunque luego se quede en lo anecdótico; adoraba el polémico culo de Mitoraj, las repetidas meninas de Valdés o mis favoritas, las esculturas de Ripollés, que ya es mala suerte que tus favoritas las cree el mejor amigo del mafioso creador del súmmun del minimalismo, el aeropuerto sin aviones…

Ahora gozamos en los aledaños de la Metropolitana, cerca de sus gradas como no podía ser de otro modo, de la obra de Henry Moore.

Las enormes esculturas de Moore ofrecen lo más significativo de su obra, figuras inspiradas en lo humano, reclinadas, madres con su hijo, arte moderno, abstracto y público. Las reacciones de la gente ante estos elementos siempre son curiosas. A veces cuesta reconocer lo que la abstracción del artista se llevó a su particular mundo de interpretaciones… ¿cómo vamos a reconocer la abstracta  representación de una madre con su hijo si a duras penas reconocemos a otro ser humano en muchas ocasiones?  y es que en estos días  me «reprendieron», desde el cariño, por no pensar en los quince años o más que lleva sucediendo lo que sucede, excusen la redundancia, en Ceuta. Nada nuevo bajo el sol, o entre las aguas… Se manda a un grupo de hombres uniformados a que resuelvan la ingrata papeleta de la cual nadie, ni gobierno ni ciudadanos, quiere saber nada; «Limpie aquello, mantenga relaciones cordiales con las autoridades marroquíes y no armen jaleo, por lo que más quieran»

San Weber lo dijo y se quedó tan pancho, y desde que lo leí me lo repito como esa explicación que no me debe faltar nunca: «El estado es aquél organismo que posee el monopolio del uso legítimo de la violencia sobre la población de un territorio concreto.» Blanco y en botella señores, aunque mejor decir ya en tetrabrick. Así de simple, así de duro y así de cierto; legitimamos al partido de turno para que se haga cargo del estado y el legítimo uso de la violencia cambia de manos pero no de destinatarios ¿qué vamos a hacerle?. A estas alturas, con el fango llegándonos a las rodillas no van a venir a distraernos  de nuestra ristra de quejas diarias con que si la Guardia Civil, a saber con qué órdenes, tira pelotas de goma a gente que nos es ajena, a un buen puñado de kilómetros de nuestras vidas de clase media frustrada…  Esas personas nos resultan tan indiferentes como las que representan los bronces de Moore, con rostros irreconocibles e historias que no son las nuestras…

Y entonces ocurre lo que debe ocurrir para que a una no se le quiten las ganas de seguir respirando. Dos niños pequeños corretean entre los bronces, juegan en la escultura, se meten por ella, se persiguen, se suben, se encaraman, bajan y trepan. Henry Moore creía en el arte público, cercano a la gente. Probablemente habría disfrutado de esa escena; y quién sabe, tal vez, si a esos niños no les resultan tan ajenas esas piezas el día de mañana, cuando sean mayores y vean la porquería de mundo que les hemos dejado, puedan ponerle freno a la imparable teoría constatada de Weber, rebelarse ante el monopolio de la violencia  y ver al resto de seres humanos como personas por las que vale la pena preocuparse…

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Sobre el autor

Mercedes Serrato

Técnica Superior en Integración Social, Graduada en Trabajo Social, Especialista Universitaria en Mediación, Máster Oficial en Género e Igualdad. Actualmente Doctoranda en CC. Sociales; investigadora irremediable, considera la escritura como una gimnasia obligatoria a la vez que placentera.

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