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El Graderío de la Catedral

Tarde de domingo

Siempre he sentido una extraña simpatía por los teleoperadores, personas que en estos tiempos tienen la suerte de tener un trabajo y la necesidad de conservarlo pese a que diariamente no sea un oficio en que reciban muchos agradecimientos. Como cualquiera de ustedes conozco personas que han sido, son y tal vez algún día yo misma sea teleoperadora tal y como se presenta el porvenir.

Como he dicho, frecuentemente estas personas no reciben en muchos casos un trato muy amable, y por eso mismo yo intento siempre ser cordial, comprensiva con quien está al otro lado de la línea que no es el director de la empresa y con quien suele ser injusto que descarguemos nuestra furia. Ahora bien, lo del domingo por la tarde no ha tenido nombre ni lo tendrá, y durante mucho tiempo he olvidado mi empatía con alguna teleoperadora concreta.

Hace un par de meses que finalicé la relación más larga y duradera que he tenido, la que mantenía con mi compañía telefónica, y cuál es mi sorpresa que al llegar a casa hay en mi buzón una carta que resultó ser una factura de mi excompañía de un mes en que yo ya no era su cliente, o mejor dicho, su reclusa. Llevada por mil demonios cristianos y paganos que no me habrían arrebatado los nuevos exorcistas de Rouco, cogí el teléfono y llamé en busca de una explicación. Tras hablar con varias máquinas y aguantar repetidamente una canción absurda consigo hablar con la operadora que por supuesto no era de Chucena precisamente. El hecho de que no sea española no me molesta, el problema es que no sé en qué condiciones trabajan estas personas porque ¿hay una explicación para que suenen siempre como si de fondo hubiera una verbena? Cuando llamas a “Cita previa” no hay ese jaleo…

Tras pedirme mil datos mil veces, darme explicaciones absurdas e intuir yo un problema mayor como que llevan meses cobrándome cuotas que no son, empiezo a cabrearme aunque en ningún momento arremeto con la operadora, solo expreso mi descontento y mi incomprensión ante una situación que empeoraba por segundos. Pero sin haber ofendido, insultado o sobrepasado límites educacionales me colgó… lo peor es que no recordaba sus datos para poner una queja, ya puestos… Hablé con dos operadores más, uno que era del departamento incorrecto y una última que tras muchas vueltas, repetir mis datos hasta el infinito y ver como todo se volvía incomprensible por segundos, ha tramitado una queja que a saber dónde llega…

En el tiempo que me han tenido mareada con esto he deshecho la maleta del fin de semana, he vaciado, sacudido y ordenado mi bolsa de la playa, me he hecho un sándwich, me lo he comido, he vaciado el lavaplatos y paseado mucho, muchísimo… Soy de esas personas que no para de andar mientras está al teléfono y creo haber recorrido sin salir de casa una distancia similar a la del camino Sevilla Cádiz ida y vuelta…

Y esto es una tarde en España, un país donde es más fácil hacer la declaración de la renta que entenderte con tu compañía telefónica, y peor aún si no lo es, una compañía que imagino que te cobra lo que le da la gana cuando puede, de algo tendrá que vivir Urdangarín.

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Sobre el autor

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Mercedes Serrato

Técnica Superior en Integración Social, Graduada en Trabajo Social, Especialista Universitaria en Mediación, Máster Oficial en Género e Igualdad. Actualmente Doctoranda en CC. Sociales; investigadora irremediable, considera la escritura como una gimnasia obligatoria a la vez que placentera.

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