Queipo
El Graderío de la Catedral

Queipo

La recta final del COAC ha sido tan decepcionante para mí, que fue una auténtica suerte empezar la noche del viernes yendo a La Fundición para ver al genial Antonio Dechent con su particular visión de Queipo de Llano, magnífico no decepcionarse con lo visto en un teatro, para variar.

Dechent, entrañable y versátil actor, comienza mostrando a un Gonzalo agonizante, delirante en sus últimas horas, un momento desde el que hace una retrospectiva por la vida del militar. Su exilio forzado en Roma, sus peleas con Franco, la impotencia que siente ante lo que considera una traición por parte del Generalísimo.

La visión de la situación, con toda la simpatía que el actor le aporta al personaje, me hizo plantearme, con bastante miedo por mi parte, si no iría a caer en ese amor que Antonio Burgos siente por la figura de Queipo, al que defiende a capa y espada con el argumento de que fue el primer antifranquista de este país. A estas alturas de la vida, empatizar de este modo con un militar fascista es algo para lo que no creo estar mentalmente preparada. Pero la obra es fiel, fiel al personaje, a la verdad, a la crueldad.

La cronología de la representación sigue atrasando el reloj, llegando al Queipo de Julio de 1936, donde un enardecido militar, ciego de violencia y fanatismo, fomenta la matanza por la radio, borracho por la contienda y el alcohol, con discursos que ponen los pelos de punta a la vez que arrancan la carcajada cuando el beodo Gonzalo canturrea anuncios radiofónicos de inocentes cancioncillas, para, a renglón seguido, instigar a cualquier ciudadano a matar a tiros a cualquiera que se oponga a seguir sus directrices.

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También la obra repasa su particular relación con su hija Maruja, el marido de ésta y el Cardenal Segura, personaje que merecería una obra propia.

Las suscripciones populares para levantar y restaurar templos, las viviendas baratas para contentar al pueblo, las convocatorias a celebraciones y actos que suscribía en su nombre, sin aludir en ningún momento a Franco, pueden sostener el demagógico argumento de que este señor era antifranquista, cuando en realidad comenzó a hacerse fuerte al Sur de un país que para su desgracia no gobernaba.

Su figura de virrey de Andalucía se acrecentaba como sólo podía hacerlo un hombre que había sembrado el terror, imponiéndose años después al propio gobierno central. En una escena memorable, Franco le acusa de haber traicionado a todos los gobiernos a los que ha servido y le da a elegir entre dos cómodos exilios, por lo que el antifranquismo de Queipo aumenta como una llama con gasolina.

Cuando uno sale de la sala no hay margen de error. Queipo fue el primer antifranquista de España, pero no a la manera de Burgos. Lo fue porque un ser con una ambición ilimitada como la suya no podía soportar la traición que el caudillo le hizo despojándolo de poder, en gran parte, porque temía a Gonzalo, normal, un genocida que compite con Hitler en cifra de muertos no es de menospreciar.

Sin ánimo de destrozar la obra, es de lo más llamativo lo último que dice Queipo antes de morir, donde llegando al paroxismo de su delirio, afirma con vehemencia que será enterrado a las plantas de la Macarena, le pese a quien le pese. Desde luego, hoy día le pesa a demasiada poca gente; pueblo desmemoriado el de Sevilla que permite que cosas como estas, que serían impensables en cualquier otro país del mundo, aquí sean normales.

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Debo de aplicarme la sentencia de mi anterior graderío, para lo bueno y lo malo, esto es España… y más concretamente, esto es Sevilla, “casi ná”.

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Sobre el autor

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Mercedes Serrato

Técnica Superior en Integración Social, Graduada en Trabajo Social, Especialista Universitaria en Mediación, Máster Oficial en Género e Igualdad. Actualmente Doctoranda en CC. Sociales; investigadora irremediable, considera la escritura como una gimnasia obligatoria a la vez que placentera.

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