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El Graderío de la Catedral

¿Hasta cuándo?

Este panorama gris que nos rodea parece volverse algo monótono, no porque la terrible situación que padecemos me parezca aburrida, eso sería una barbaridad, pero empleando otra palabra como hartazgo o cansancio puedo decir que cada día se me hace más complicado soportar a la patulea incompetente que nos gobierna. Lo he dicho muchas veces, me repito, me canso yo y les canso a ustedes, mis reducidos y pacientes lectores.

Cuando yo era pequeña, estaba en un colegio segregacionista al máximo, sólo de niñas. Nuestro único contacto con el mundo masculino eran los albañiles de la obra del convento, pues las monjas siempre tienen alguna obra en ejecución, y el cura que cada jueves venía a darnos misa.

Cuando por las tardes el autobús del colegio me devolvía a mi casa, mi segregado mundo se abría algo más, relacionándome con más niños y niñas. En invierno, cuando el clima era más duro como para jugar en la plazoleta de debajo de mi casa, solía jugar mucho con mi vecino de al lado, que tenía un año más que yo. Este chico, además de muchos coches, tenía algo con lo que yo me maravillaba; una pantalla muy rudimentaria con un volante y algunos accesorios más que simulaba la conducción.

Yo siempre escogía ese juguete mientras que él se decantaba por mi cocinita. Y así pasábamos muchas tardes, yo jugando a que era una madre trabajadora que iba a mil sitios en su coche y él siendo un padre de familia responsable que preparaba la cena. Sobra decir que mi vecino iba a un colegio sólo de niños.

Es admirable que, pese a nuestros colegios, fuéramos unos niños casi adelantados a nuestro tiempo, unos precursores de los juegos no sexistas. Pese a esta entrañable historia, yo que luego pasé a otro colegio religioso pero ya mixto, puedo afirmar por experiencia propia que la separación por sexos no favorece en ningún sentido a la formación de los niños. Encima hay que escuchar al tertuliano de turno diciendo que si chicos y chicas son diferentes, no deben recibir la misma educación.

Yo no sé cuántas sandeces más podré escuchar; no es que existan diferencias entre sexos, es que cualquier ser humano es ya muy diferente a otro, independientemente de su sexo. Así que antes de decir una estupidez como esa, sería mejor que se quedaran en su casa.  No sé qué dificultad hay en asimilar que si uno quiere llevar a su hijo a un colegio que no sigue los principios básicos de la Constitución Española, debe pagárselo por sus medios. En muchos países de Europa tampoco se otorgan subvenciones a los colegios católicos o religiosos en general, pues se entiende que la obligación del Estado es simple y llanamente ofrecer una educación gratuita y laica, y si usted quiere más, pues lo que su bolsillo le deje, oiga.

Y hablando de bolsillos y sandeces, impresionante de verdad lo del señor  Guillermo Collarte. Creo que ha insultado más a los españoles que si se hubiera acordado de los difuntos más recientes de todos y cada uno de los ciudadanos de este país. Encima, el señor ha intentado disculparse y casi ha sido peor.

Como si no fuera complicado afrontar todo este plantel, tenemos el martirio añadido de encajar las estupideces que nos llegan de un lado y otro. ¿Hasta cuándo habrá que soportar este vapuleo extra?

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Sobre el autor

Mercedes Serrato

Técnica Superior en Integración Social, Graduada en Trabajo Social, Especialista Universitaria en Mediación, Máster Oficial en Género e Igualdad. Actualmente Doctoranda en CC. Sociales; investigadora irremediable, considera la escritura como una gimnasia obligatoria a la vez que placentera.

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