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El Graderío de la Catedral

¡Qué pena!

Han pasado un par de días desde el pregón de Fernando Cano-Romero y puede que lo que despertó en mí se haya aplacado un poco, aunque no ha cambiado un ápice lo que pienso.

Si mi amigo Enrique Henares hijo  continúa fiel a su lectura semanal de este espacio, rechinará los dientes, pensando que ando en lo que algunos denominan “la Cruzada de los progres contra el pregón”, y es que este tipo de actos, por suerte o por desgracia, parecen no dejar indiferente a nadie.

No me gustó el pregón, no hay más forma de adornarlo o suavizarlo. No me gustó por muchos motivos. Su prosa no me enganchó, el hilo argumental era manido, alguna rima ripiosa, tópicos por doquier y hace años ya que “la bóveda celeste” el “Sevilla se hace niña” y la “azucena blanca” no me ponen la carne de gallina. Hubiera deseado conocer la mirada de un niño de Jeréz que se acercó a Sevilla y su Semana Grande, habría deseado no sentir un adoctrinamiento que además de no compartir, me parece innecesario e improcedente… Por desear, habría deseado que se cambie la fórmula de las marchas de presentación, sonando Amarguras en primer término y tras la presentación, la elegida  por el pregonero en cuestión.

Es lo malo de desear, que puede quedarse en la semántica  sin llegar a ningún lugar.  Y lo peor de todo es que tras el enfado inicial, pues no niego que me sobra algo de “mal pronto” que diría mi madre, ahora tengo una profunda pena. Pena porque algunos consideren que por estar en desacuerdo con las palabras de Cano-Romero no respeto la libertad de expresión que tiene cualquier persona que realiza alguna manifestación pública… Tengo pena por la oportunidad perdida de haberme emocionado, de haber vibrado con un brillante texto que arrancara trozos de los días por llegar, anticipando la más Grande de las Semanas… Siento pena como si fuera una pérdida, como si me hubieran quitado algo que realmente no tuve… Me apena que se frivolice con la excusa del malentendido concepto del “Compromiso Cristiano”  con temas tan importantes como la libertad religiosa de un Estado aconfesional, que se trate con ligereza el aborto obviando personas, causas y motivos que hay tras ello, que se opine sin criterio de urbanismo y estética, que no resulte evidente para quien sube al atril cual debe ser el tema central; que  como dice un amigo mío, con un pensamiento algo bizarro pero no menos cierto “No quiero que un pregonero que pregona Semana Santa me hable de aborto, igual que no quiero que se ponga a repartir condones desde el atril”, y que a tantos les cueste entender este razonamiento, me da pena de verdad.

Y ojo, hace meses escribí en la sección de Cofradías de este mismo medio un artículo ilusionado ante la perspectiva de este pregonero, del que esperaba mucho más de lo que encontré. Aprovecho para pedir perdón pues recientemente un comentarista aclara que confundí la ocupación laboral del pregonero. También, en esa misma sección realicé una crónica objetiva del acto, a petición del jefe de sección. Pero ahora, en mi espacio propio, libre de la obligación de informar confieso lo dicho anteriormente, que en el fondo de todo esto, el mayor sentimiento que despierta en mí el pregón del pasado domingo es ese, la pena.

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Sobre el autor

Mercedes Serrato

Técnica Superior en Integración Social, Graduada en Trabajo Social, Especialista Universitaria en Mediación, Máster Oficial en Género e Igualdad. Actualmente Doctoranda en CC. Sociales; investigadora irremediable, considera la escritura como una gimnasia obligatoria a la vez que placentera.

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