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El blog de la redacción

Duquesa sí, Duquesa no

Esta semana hemos contemplado cómo medios nacionales e internacionales hacían una cobertura informativa extensísima sobre la muerte de la aristócrata con más títulos del mundo, la duquesa de Alba. Al mismo tiempo, mientras miles de personas visitaban su féretro, otras tantas, sacaban el dedo acusador y comenzaban a criticar a la aristócrata y el tratamiento favorable y suave que los medios hacían de la catorce veces Grande de España. Comenzaba la tradicional separación de las dos Españas.

Siempre ocurre el mismo fenómeno. La muerte de una persona célebre, ya sea por sus hechos o por su estatus social, genera una controversia irreconciliable. En un lado, se posicionan los fervientes defensores, en el otro los ácidos acusadores. ¿Por qué? La muerte de la Duquesa de Alba ha vuelto a constatar el maniqueísmo de los españoles con la muerte de personas singulares.

Porque tenemos inserto en nuestro ADN que la muerte de un VIP supone, por naturaleza, posicionarte a favor o en contra. Ahora, con las redes sociales, esta decisión tienes que tomarla en minutos. Desde que conoces el hecho en Twitter, tienes escasos minutos para comenzar a ver cuál es el estado de ánimo de tus followers.  De momento callan. Dos minutos después aparece el primer tuit celebrando el fin de la opresión de las clases trabajadoras. 1-0. Más tarde, otro señala la importancia de la última jefa de la Casa de Alba y su influencia para Sevilla. Empate. ¿Qué hacer?

Hasta en un hecho tan humano, natural y profundo como es la muerte, sobre todo si corresponde a una persona con notoriedad, tendemos a enfrentarnos. Es cierto que los medios de comunicación ayudan a posicionarte en un lado u otro. Escuchar frases del estilo “la duquesa del pueblo” o “la aristócrata de los sevillanos” no hacen sino alimentar a los críticos. Por el otro lado, celebrar la muerte de una noble que ha conseguido proteger y poner en valor buena parte de su patrimonio para ponerlo a disposición de la sociedad, también deja que desear.

Es curioso cómo la mayor parte de críticas y alabanzas que recibe una persona lo hace cuando se muere. ¿Por qué tiene que ser esto así? ¿No tenemos la madurez suficiente como para plantear un debate serio teniendo a estos célebs vivos? ¿Acaso los medios no tienen la capacidad suficiente para inyectar en la sociedad los elementos necesarios que aviven un debate sano y constructivo estando el personaje en cuestión con vida?

Observar estos comportamientos genera un poso de tristeza porque supone constatar cómo el eterno enfrentamiento, la crítica fácil y la demagogia cobran cada vez más protagonismo en el discurso público. Ahora se ha tratado de la muerte de la Duquesa. Ayer fueron los políticos. Mañana, puede será Podemos. La cuestión es aferrarse o desprestigiar sin términos medios, aquello que, en ese momento, está en el candelero. Hay que estar con la tribu, aunque la tribu no carezca de argumentos.

Hay una frase popular en círculos económicos y poéticos que dice que no hay “nada mejor para enmascarar la ausencia de pensamiento que la profusión de palabras”. La palabrería fácil y el pesimismo continuado de todo y hacia todo hace plantearse si realmente, lo que nos pasa es que, en lugar de ser más críticos y enjuiciar todo acerca de la cosa pública, lo que realmente ocurre es que hemos perdido el juicio.

Sobre el autor

Alejandro Balbuena

Alejandro Balbuena

Nació en Sevilla y pronto supo que lo suyo sería la comunicación. Es licenciado en Periodismo en la Universidad de Sevilla y Máster en Marketing Digital por la Universidad de Málaga. Especialista en Comunicación Estratégica y Publicidad, es miembro de la Asociación de la Prensa de Sevilla.

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