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Lobo/José Luis en Flickr
El balcón

Baba de lobos

Se los conoce por su fiereza y porque cuando abren las fauces blanden sobre sus víctimas toda la rabia que llevan dentro cercenando, si pueden, hasta el último halo de vida. Así actúan normalmente los lobos. Es cierto, tanto como que deben la mayor parte de su valentía al hecho de permanecer unidos y, sobre todo, a su poder de sumisión al líder. No obstante, sirva esta descripción más como metáfora que como rendición de cuentas de una especie maravillosa del mundo animal.

Sean pues llamados lobos, o lobas, a aquel conjunto de seres que por su capacidad de liderazgo o por su condición de servil forman parte de manadas que buscan, más bien escondidas en la maleza, la pieza a la que atacar.

De un tiempo a esta parte, se han visto multitud de manadas deseosas de sangre fresca. Yo mismo, las veo desde el balcón, casi a diario. Manadas que enfurecidas por un lobo líder buscan cercenar a sus víctimas sin que estas tengan el más mínimo poder de respuesta, o sí. A veces, las loberas están llenas de muchos individuos dispuestos a lanzarse cuando el macho o la hembra alfa toca el silbato, pero ocurre en alguna ocasión que esos no están preparados para el contraataque y lo que no saben es que si no matan a la pieza y esta se hace fuerte volver al redil significa el repudio y la vergüenza, pues es más que probable que el lobo líder afee su deslealtad. Suele ocurrir de forma más habitual de lo que alcanza nuestro entender. Sin embargo, a cada envite, la manada se va quedando pequeña y el líder cada vez más cercado.

También es común ver como si uno de los lobos o lobas sumisos se quedan atrás, rezagados por un contratiempo, la manada sigue y lo abandona, pero ya es tarde para la clemencia de una pieza que de ser víctima pasa a jugar un nuevo papel en el tablero.

En tanto en cuanto el líder o lideresa apee cierta solvencia inicial no garantiza que la meta haya de ser benévola, máxime cuando el trono ve peligrarse y alguno de los sumisos cree que ha llegado su momento de gloria, algo que al feroz también lo hace temblar. Y pasa, créanme que pasa.

Y en la inmensidad de un llano, cual batalla, con unos lobos huidos, el líder cada vez más sólo, y los sumisos babeando para ver quién asume el descalabro del finado, aparece la pieza, la pieza cada vez más dura, más cerril y más segura. En ese momento, brillan los ojos de algunos y aunque su interior sea un tsunami de rabia y odio saben que han perdido fuerza de ataque, miran que han perdido unos por no estar atentos a labrarse un respeto y otro porque creía en la infinidad del trono y, sin embargo, nada es como al principio. Nada en absoluto.

Deseó entonces la primada víctima, no tanto ser indulgente, sino dar el sitio que merecían por méritos propios esos lobos, el de la huida con el rabo entre las piernas, sin necesidad de morder, ni de venganzas estúpidas. Ellos seguían siendo lobos, sí, pero la manada había desaparecido y ahora sólo se podían regocijar entre sus babas, esas babas de hambre de un poder que habían perdido precisamente por su espejismo de supremacía. Una manada que ahora aúlla sola y a falta de un líder o lideresa que los guíe.

Sobre el autor

Diego López

Diego López

Licenciado en Periodismo, cursó el Ciclo de Grado Superior de Producción Audiovisual, para terminar su formación académica en la especialidad de Periodismo Institucional y Político. Aunque ha trabajado en medios de comunicación, su labor periodística la desarrolla, fundamentalmente, en gabinetes de prensa políticos.

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