Editorial

La tristeza de una nonagenaria

María enviudó hace más de 30 años. Huérfana de madre desde niña, tuvo una infancia dura por las guerras y situaciones familiares. Tras pasar por Málaga y Valencia, se trasladó a la zona noble de la antigua Sevilla, esa Sevilla habituada a tener servicio y que este estuviese en un segundo escalón.

 Le despertaban las campanas de la Giralda desde su casa de Mateos Gago o la de sus tíos en la estrechez de Placentines. Acudía a misa a la Catedral tapada con su velo y sufría insultos y vejaciones de esa intolerable Sevilla, la misma que marcaba la puerta de su casa por tener una ideología distinta, siendo sólo una adolescente.

Desde hace unas semanas, la nonagenaria María está triste y con los ojos llorosos. No ha sufrido ningún drama familiar ni personal, pero sus manos y sus pies se marchan para siempre.

Tania dejó en su Paraguay natal cuatro hijos. Rechazó a verlos crecer, disfrutar de su infancia o a estar más de cuatro años sin darles el beso de buenas noches por ofrecerles un futuro mejor en un país en el que las clases menos pudientes no pueden acceder a la Universidad si no fuese por luchadoras como ella. Capaz de emprender una aventura hacia lo desconocido desde la ilegalidad en un país que cada vez se lo pone más difícil a aquellas que vinieron a ayudarnos desde el otro lado del charco.

Cuando el mes de noviembre comience a expirar, Tania, que apenas ha viajado, comenzará un camino de regreso que le reencontrará con sus orígenes. De Plaza de Armas a Barajas, de Barajas a Brasil y de Brasil a Paraguay, donde tras cuatro años podrá volver a experimentar lo que se siente al abrazar a un hijo.

Tania y María, María y Tania, tan distintas en sus orígenes, costumbres y convicciones primarias, que un día el destino unió y ninguna de ellas olvidará. María recordará hasta el final de sus días los cuidados y cariño que Tania le dio. Tania sabrá que gracias a su empeño y a la ayuda de una familia sevillana sus hijos tendrán en sus manos un futuro mejor.

Es la historia de dos mujeres, dos luchadoras, dos países, de ayuda mutua, de unos ciclos económicos que van y vienen. Nada nos impide considerar que nuestras nietas sean unas ‘Tanias’ en el futuro, igual que lo fueron algunas de nuestras abuelas.

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Sobre el autor

Ángel Vilches

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