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Comida sana, en cuerpo sano

Comer sano como filosofía de vida. En los últimos años, las costumbres y los hábitos alimentarios de la sociedad actual se han transformado de forma notable, hasta el punto de convertirse casi en un mantra, no sólo para los jóvenes, sino también para las personas de más edad. Y es que no basta con llevar una dieta equilibrada y hacer ejercicio regularmente, ahora también se busca el cuidado de la salud, la concienciación ecológica y un mejor sabor de los alimentos. Particularmente, en la provincia de Sevilla hay iniciativas en este campo, como el Centro Ecológico Gaia y la Cooperativa La Ortiga, que llevan funcionando más de un cuarto de siglo, y que protagonizan el crecimiento de esta apuesta social por comer bien.

¿Pero tenemos claro qué son los mercados ecológicos? Aún existe una confusión generalizada entre una terminología muy parecida y que no deja de agrandarse conforme se evoluciona en la materia. No es lo mismo hablar de productos ecológicos, consumo local o comercio justo, aunque los tres guarden relación entre sí. Los productos ecológicos, orgánicos o biológicos se producen con una mínima cantidad de pesticidas; el consumo local es la preferencia por comprar bienes y servicios del mismo entorno; y el comercio justo es un sistema comercial alternativo que lucha contra el hambre y la pobreza. Del equilibrio entre estos tres factores depende la verdadera apuesta por la transformación social y la protección ambiental. Al igual que en la cocina, también se debe hablar con fundamento.

En la provincia de Sevilla, la oferta es creciente. Al Centro Ecológico Gaia y la Cooperativa La Ortiga de la capital hispalense, hay que sumar los incipientes mercados que la COAG (Unión de Agricultores y Ganaderos de Andalucía) organiza en municipios como Gines, Olivares o Sanlúcar La Mayor. Cada uno tiene sus particularidades en la forma. Por ejemplo, el mercado de Olivares se celebra los últimos sábados de cada mes o el de Gines funciona a través de una asociación –La Regüerta Ecológica– sin ánimo de lucro y que se compromete a realizar compras colectivas a los productores cada cierto tiempo. Pero todos tienen un objetivo común: la venta directa del productor al comprador, de un producto local, de temporada, libre de pesticidas y respetuoso con el medio ambiente, que mejore el estado de la salud y las condiciones del planeta, apostando, de esta manera, por un modelo de economía más justo y sostenible.

El dinamismo de estas asociaciones y colectivos no termina en la mera compraventa de bienes y servicios. Su vocación va más allá de cualquier transacción comercial. También hay una importante tarea de concienciación social y participación ciudadana. Proyectos como los Ecohuertos de Gines, en el que se realizan actividades formativas y lúdicas al aire libre para que los mayores enseñen a los más pequeños a cuidar la tierra, o iniciativas como la de La Ortiga, que disminuye el precio de sus productos cuanto mayor sea el número de socios, ayudan a fomentar la implicación de los vecinos.

En definitiva, la proliferación de los mercados verdes es un hecho en las grandes ciudades de un mundo cada vez más concienciado con el desarrollo sostenible. La implicación de los ciudadanos y la voluntad altruista de colectivos y asociaciones son esenciales para que estas iniciativas puedan materializarse y se atisbe un futuro esperanzador respecto al medio ambiente y a la corrección de las desigualdades. Aunque solo sea por el satisfacer el egocentrismo de uno mismo de cumplir a rajatabla aquel mandamiento romano que ya se ha quedado corto: Mens sana in corpore sano… y buenos alimentos.

Sobre el autor

Pablo Núñez

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