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Más allá de la vida; Eastwood reflexiona sobre la muerte (****)

Crítica. La nueva película del maestro del cine contemporáneo bucea en el incierto terreno de la muerte incorporando claves sobrenaturales a un discurso clásico, sosegado y de una incontestable elegancia.

Jesús Benabat. La muerte se antoja para el ser humano como esa insoportable incertidumbre suscitada por el no-estar. Esa asfixiante sensación de vacio infinito que acaba con nuestra actividad neuronal en una nebulosa imprenetable; una incógnita que enfrenta el raciocinio a la naturaleza finita del hombre; la locura de augurar qué seremos cuando dejemos de existir, cuando el pensamiento se extinga y el físico se corrompa. Todo desemboca en un implacable agujero negro colmado de preguntas sin respuestas que han originado una heterogénea pléyade de religiones, doctrinas, saberes paranormales, fundamentalismos y vendedores de certezas autocomplacientes. ¿Qué hay más allá de la vida? Ahí radica la cuestión.

Clint Eastwood, el maestro indiscutible del cine contemporáneo, no ha eludido el controvertido asunto y ha confeccionado en su nueva película, Más allá de la Vida, una interesante aproximación al mundo de la muerte y sus terribles consecuencias en aquellos que la padecen desde la consciencia. Y es que hemos de suponer el incipiente desasosiego que comienza a invadir el ánimo del veterano director, de 80 años, quien a lo largo de su larga carrera cinematográfica ha abordado la materia desde perspectivas más estoicas o épicas y que ahora opta por lo sobrenatural para reflexionar acerca de ella. Los interrogantes se intensifican en la misma medida que el ciclo vital se consume inexorablemente y, por ende, la necesidad de creer se hace imperiosa.

Para construir el andamiaje de Más allá de la vida, Eastwood recurre a una narración fragmentada (apoyada por el sólido guión del talentoso Peter Morgan) que focaliza la atención en tres historias unidas por un nexo común; la experiencia cercana a la muerte. Ya sea como superviviente milagrosa de una catástrofe natural, familiar de una persona prematuramente fallecida o individuo detentor de un extraño poder de comunicación con el más allá; los personajes que comparten la trama se encuentran atrapados en una vida que gira en torno a su inevitable desenlace, adocenados por las inquietantes dinámicas a las que les arroja la pesadumbre por la pérdida, la turbación por lo que han creído ver o la incapacidad para relacionarse con el resto. Huérfanos, en fin, de una existencia plena e independiente ajena a las dudas inherentes de la naturaleza humana.

Lo más remarcable de esta nueva y peculiar aventura cinematográfica de Eastwood es su capacidad para narrar una historia con evidentes tintes sobrenaturales de un modo clásico, sosegado, repleto de matices e incluso plausible para la descreída mentalidad occidental. Es precisamente en este punto donde hallamos la verdadera virtud de un director que guía la cámara como Dickens (referencia omnisciente en la cinta) regía su pluma, con un gusto entregado por el retrato profundo de los personajes, insertos en un cosmos personal que los influye e impulsa a actuar de una u otra forma, aunque con una coherencia interna irrenunciable.

Así pues, más allá de que los hechos puedan ser aceptados o repudiados por su verosimilitud cuestionable relacionada con la creencia en lo ‘sobrenatural’, la película se nos presenta como un discurso congruente, emotivo, de un atractivo obvio, y deudor de un estilo cuya elegancia entronca con los patrones del clasicismo cinematográfico, aunque ello no haya sido óbice para ofrecernos una de las secuencias más sobrecogedoras filmadas en los últimos tiempos que recrea el tsunami que azotó el sureste asiático hace algunos años.

En Más allá de la vida Eastwood recurre de nuevo al siempre eficiente Matt Damon (tras Invictus) para dar consistencia a un personaje atormentado y lleno de aristas al que la cámara disecciona en el lúgubre espacio vital que compone su rutina diaria; ya sea cenando en soledad, escuchando la voz de Derek Jacobi como narrador de Dickens, o intentando en vano iniciar una relación sentimental con la luminosa Bryce Dallas Howard. En el lado opuesto, Cecile de France (dando un apreciable toque europeo a la cinta) como una perspicaz periodista traumatizada por una experiencia mística cercana a la muerte que siente cómo su posición en la sociedad se degrada al tiempo que su sinceridad le impele a contar lo que ha vivido.

No podemos obviar que Más allá de la vida cuenta con evidentes y ocasionales deficiencias de ritmo, algún que otra duda en torno a la conformación final de la historia-puzzle, o ciertos problemas en el desarrollo de los personajes; no obstante, el resultado final sobresale como una muestra más del talento sempiterno de Eastwood, ante quien este cinéfilo se rinde una vez más por su capacidad para embaucar al espectador en una historia que, a priori no deja de resultar anecdótica e incluso ridícula, pero que finalmente deviene en todo un ejercicio de estilo cinematográfico profundo y emotivo que reflexiona acerca de ese destino tan irrebocable como incierto, la muerte.

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Sobre el autor

Jesús Benabat

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